(Exracto)
El eco de mis éxitos en Valencia llegó hasta Sevilla, y Calderón, que andaba, como siempre, por las tertulias taurinas diciendo que yo era un verdadero fenómeno de la tauromaquia, me pidió que le mandase cincuenta periódicos de aquellos que decían lo del diamante en bruto, para refregárselos por los hocicos a los que no querían creer en mí. Hubo también un vendedor de patatas del mercado de la Encarnación que me vio torear en Valencia, y se fue a Sevilla diciendo que yo era un torerazo.
Así fue haciéndose ambiente en favor mío, y llegó el momento en que Calderón me avisó para que fuese a torear en Sevilla. Organizaban entonces las hermandades sevillanas unas novilladas, cuya finalidad era recaudar fondos para las procesiones de Semana Santa. Se contrataba para torear en estas corridas a dos novilleros de cartel, que arrastrasen al público con su fama y el tercer puesto se cedía a algún torerito, poco o mal conocido, que se comprometiese a colocar entre sus amistades un crecido número de localidades.
En este humilde lugar entré yo a formar parte del cartel que confeccionó la Hermandad de San Bernardo para el 21 de julio de 1912. Mis amigos don Francisco Herrera y don Carlos Vázquez, que tenían dinero, y Antoñito Conde, que no lo tenía, cargaron con las localidades que era necesario tomar para que yo torease. Yo quería entrar en Triana como un señorito, y antes de salir de Valencia, con el poco dinero que tenía, me hice un traje de verano, muy llamativo, y me compré unos zapatos de color rojo, que entonces llevaban los elegantes. Los amigotes trianeros, que ya tenían noticias de mis éxitos en Valencia, me recibieron con gran entusiasmo y yo estuve presumiendo de torero entre ellos con mi terno claro y mis zapatos rabiosos. Me echó un jarro de agua fría uno de aquellos gandules insobornables de la pandilla que, cuando estaba yo en el Altozano contando mis triunfos, me dijo: —Todo eso está muy bien y tú estarás hecho un gran torero, pero ya te puedes quitar ese traje de cómico y esos zapatos de cupletista, si no quieres que te corran los chiquillos de la Cava como si fueses un inglés.
Entonces empecé a darme cuenta de mi incapacidad para postinear y a resignarme a no ser nunca un tipo petulante y llamativo. Aparte petulancias, yo estaba decidido a que me aplaudiesen en Sevilla. Hay una carta que por aquellos días escribí a mi camarada Riverito, en la que, según parece, expreso de manera bastante convincente la heroica resolución de triunfar que me animaba. La víspera de la corrida estuve paseando por Triana, muy engallado y dándomelas de torero de cartel. Mi gente vivía aún en una casa de vecindad, y aquella noche me llevaron hasta allí Calderón y los cinco o seis admiradores que me daban escolta.
Había a la puerta de mi casa un puesto de melones, y Calderón, tan hiperbólico como siempre, advirtió solemnemente al melonero:
—¡Eh, amigo! Quite usted mañana de aquí los melones, si no quiere quedarse sin ellos.
—¿Por qué voy a quitarlos? —gruñó el melonero.
—Porque mañana van a traer en hombros al matador —sentenció Calderón— y la gente, que vendrá ciega de entusiasmo, se los va a pisotear.
Me miró el melonero de arriba abajo y se encogió de hombros despectivamente, pensando seguramente que éramos unos ilusos.
Al día siguiente, como Calderón le había pronosticado, la muchedumbre, que me llevó en volandas desde la plaza, no le dejó un melón al pobre melonero.






