Poco y mal se informa en los principales medios sobre los terribles, salvajes disturbios en Francia en los últimos días. Pero ciertos hechos saltan a la vista: violencia extrema, y regodeo en la violencia, asaltos a tiendas, saqueos, incendio de coches y autobuses (llamativo es el esqueleto de un autobús destinado a realizar pruebas gratuitas de salud cardíaca), incendio de bibliotecas, ataques especialmente deliberados hacia policías y alcaldes… en fin, la barata y terrible embriaguez de la violencia puesta en marcha.
Muy aventurado es opinar sobre sucesos de otro país, desde la distancia. Pero algunos hechos son indiscutibles: hay miles y miles de detenidos, y una enorme proporción de ellos tienen entre trece y dieciocho años; al parecer, hasta de doce años había incendiarios. Policías heridos, hay centenares, y los destrozos, a nivel de cuando hay guerras.
La violencia, los saqueos, las guerras son parte habitual de la historia del mundo. Pero lo que acaso sea nuevo es la reacción de los gobernantes. Aquí, alguna de las reacciones oficiales y gubernamentales… sí, son en serio:
Les ruegan a las aseguradoras que se den prisa en pagar a los miles y miles de perjudicados.
Les ruegan a los bancos que sean comprensivos con los impagos que es de esperar se produzcan.
Y llaman “a la responsabilidad de los padres” para que tengan a sus hijos en casa, los quinceañeros no deben estar en la calle a las cuatro de la mañana.
Así reaccionan.
Una se pregunta, ¿y para qué queremos a los gobernantes? Se limitan a pedir que los ciudadanos nos las arreglemos, nos dejemos robar, que las aseguradoras no nos pongan pegas y nos paguen. Y en cuanto a los jóvenes delincuentes, al parecer basta pedir a los padres (¡a estas alturas!) que no permitan que los hijos salgan de noche.
Suponiendo que uno de los padres de los detenidos no esté de acuerdo con la conducta de su hijo (que es mucho suponer en este caso), ¿qué herramientas de autoridad tiene? Hace años que un bofetón a un hijo está penado con cárcel y retirada de patria potestad. Hace años y decenios que los Estados “educan” a los niños a su modo – decretando impunidad absoluta para todas sus acciones, quitando autoridad tanto a los padres como a los profesores, eliminando todo sustrato ético y religioso de la enseñanza, inculcando más bien el libre seguimiento de impulsos sin responsabilidad alguna. Y romper y destrozar, para un adolescente en cuya cosmovisión no entra castigo alguno, ni humano ni divino… pues no deja de ser “divertido”. Es un impulso primario. Más primario incluso que otros, en los que tanto insisten que “no hay que reprimirse” (como si la civilización no consistiera, ante todo y muy básicamente, en reprimirse los impulsos).
Pero en fin: que los padres tengan a los hijos en casa (¡no me digan!), que las aseguradoras paguen, y por favor que reine la calma, que “la violencia es mú mala, anda por favor, calmaos”.
¿Eso son gobernantes?
Recuerda un poco a las perlas de Yolanda Díaz desde la pandemia, que alguna llega por más que los sensibles procuremos por todos los medios no oírlas. ¿Que hay desempleo porque los negocios quiebran? “Huy, se prohíbe despedir”. ¿La economía de las familias es precaria? “Huy, por favor, subid los sueldos”. Que los ciudadanos se las arreglen. Pues muy bien, pero, ¿para qué queremos entonces a los gobernantes? ¿Cómo nos saquean tanto y tan continuamente, para financiar el qué – si luego los problemas dicen que los resolvamos nosotros? ¿Y para qué dejarnos regular hasta la asfixia, con qué fin?
Padres, tened a los niños en casa.
Entretanto, los gobernantes, en España y presumiblemente en todas partes, siguen y siguen adulando y premiando a los jóvenes por el hecho de serlo. Los cuatrocientos euros de regalo de cumple, los transportes de regalo añadido. Y, en una época donde se admite hasta que un hombre se transforme en mujer, pues eso de que un treceañero “es inimputable” se considera como la única verdad natural absoluta e inmutable, como si sólo en eso no se pudieran cambiar las leyes
Cuando jueguen a vándalos, ya se recomendará a los padres “que no los dejen pasar la noche fuera”.
Y tan contentos.






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