A veces El De Arriba juega sus cartas de un modo sorprendente, dejándote con las patitas colgando y haciéndote entrever que Él tiene un sentido del humor insuperable para guiarnos en nuestra vocación, como quien no quiere la cosa.
Una de estas ocasiones me la ha contado Manuel Murga, amigo y compañero desde niño del Colegio Portaceli. Les confieso que me he quedado de pasta de boniato. Pero feliz de veras por tan fascinante historia.
Él encontró su camino viendo películas de John Wayne. Sí. No es coña marinera. Como suena.
Manolo es Ingeniero Técnico Agrícola y le apasionan el campo, la naturaleza, los bichos y todo lo que suponga combinar con inteligencia estos tres elementos para ponerlos en rendimiento al servicio de la humanidad.
Les cuento…
… en Sevilla llega por la noche del curro y se distrae con alguna película del gran Wayne.
Manolo ha forjado mente y corazón en la cosa agrícola y en la madre tierra. Por ello, más que en la trama de vaqueros, sheriffs y cuatreros, se fija en los arbustos, animales, vías pecuarias y ranchos que aparecen en el filme.
La mujer ya está harta de oírle decir lo de siempre …
— «Esos árboles centenarios son encinas. Encinas originarias de España».
Las ve allí contínuamente. En las películas que su héroe del Oeste rodó por las sureñas tierras de Estados Unidos que antaño conformaron la Nueva España: California, Arizona, Texas, Luisiana…
Lo piensa. ¡Vaya que si lo piensa…! Aquellas encinas deben llevar allí la friolera de, al menos, cuatro siglos. Y si hay encinas hay bellotas. Y si hay bellotas debió haber cerdos. Pero … ¿dónde se han escondido los guarros?
Lo que ya termina de mover su ánimo es la película de «El Álamo», nombre de una antigua misión española, que aparece trufada de encinas.
La hispana tradición porquera se le antoja evidente. Husmeando por el sevillano Archivo de Indias lee que el propio Cristóbal Colón llevó un puñado de cerdos en su segundo viaje a América. También Pizarro había sido porquero antes que colonizador del Perú.
Ahora … ¿ahora le toca a él? Se le ponen de corbata, pero lo cierto es que en sueños se le presentan millares de encinas belloteras, seguidas a trote cochinero por los gloriosos patanegras.
Con mas fe que Abraham, se lo comenta a ella …
— Necesito saber si en Norteamérica ha habido explotaciones de puercos a lo largo de su historia.
— Estás como la jaca de La Algaba, Manolo. Eres jartible tela. Pues vete allá y me dejas tranquila unos días de tanta encina, de tanta bellota y de tanto gorrino.
Manolo se va a los USA. Cual amerindio explorador observa el rosario de misiones del Camino Español, desde El Paso hasta Arkansas. Con la encina detrás de la oreja.
Y llega al convencimiento de que los antiguos religiosos españoles, vivos como el hambre y muchos de los cuales habían sido porqueros antes que frailes, sabían de veras que el buque insignia de la colonización, el protagonista indiscutible de la pervivencia de poblados hispánicos, era el patanegra. Auténtico y único. Nuestro cochino de España.
La indeleble huella hispana le arrolla a pie de campo. Pero… ¿qué fue de los gorrinos?, ¿por qué las encinas permanecieron pero se perdió el rastro de ellos?
La respuesta la recibe en las infinitas llanuras de Texas. Porque este nombre proviene de «Tayshas», que significa «aliados» en el idioma de los indios Caddos, que así llamaban a los españoles que los defendían de otras feroces tribus enemigas.
Está claro. Comanches y Apaches no tenían una pluma de tontos. En sus frecuentes incursiones de saqueo a los poblados de la Nueva España, que venían a ser para ellos como ir de shopping a lo indígena y a lo bestia, lo primero que trincaban de las granjas era el jamón a cuatro patas. No, no eran tontos. Que así se ponían púos en sus fiestas de Manitú, con la consiguiente notable merma de la población gorrina.
Para colmo, al retirarse después España de aquellas tierras, se perdió la costumbre de criar cerdos.
Ahora está seguro. Cierra los ojos. Escucha y huele. Se retrotrae a la época de los primeros colonos, venidos de Extremadura, y de Cartagena, y de Huelva… Asentados en unos lares con un clima y una orografía que bien podrían ser las de Jabugo o de Corteconcepción.
Y en su imaginación aparecen. Orondos y felices. Hinchándose de bellotas.
–«¡¡Estuvieron aquí. Los cochinos estuvieron aquí!!».
Al regresar a Sevilla ya ha trazado su insobornable plan. Ha contactado con un grupo de inversores dispuestos a aventurar sus cuartos en cierto rancho de Texas.
Manolo también desbroza su cuenta bancaria y va allanando el terreno con sus niños … ya veréis lo chulo que es aquello y tal.
La mujer, que tiene los pies en el suelo, es más dura que el iceberg que hundió al Titanic …
— ¿Y cómo piensas llevar a los guarros?, ¿los vas a embarcar?
— Tú lo has dicho.
Manolo recibe una llamada de la sección de embarque aeroportuario de la empresa de aviones Jumbo.
— ¿Mister Murga? Mí not understand. En contrato de embarque poner 150 ibéricos. Yo suponer que ser gentes de Spain and Portugal …
— No. No son people de Iberia. Son cochinos ibéricos de patanegra.
— What?
— Pues eso … 150 puercos, guarros, cerdos, gorrinos…
— Pigs?
— Yes. Pigs.
— Oh! My God!
Ella es más dura. Expone sus lógicas objeciones. Pero Manolo le pide que le acompañe a verlos partir antes del embarque en el avión.
Se dirige a varios ejemplares hermosos, de dieciséis arrobas cada uno …
— ¿A qué es verdad que queréis volar hasta Texas y que queréis ser gringos?
La respuesta es contundente. Palmaria. Evidente. Inapelable. Clara como el agua clara, despejando de toda duda a la mujer…
— ¡¡OINK!! … ¡¡OINK!! … ¡¡OINK!! …
Veo las fotos de la dehesa con nuestros paisanos patanegras en la mismísima Texas y se me ensancha el alma de orgullo colegial, por el valor y el arte gitano de mi compañero de aula y pupitre y de su mujer.
Me alegro de veras porque el legado de España vuelve a los encinares de América, en forma de buscadores de bellotas, «Acornseekers» en english, que así se llama su empresa.
Enhorabuena a él, a su familia, a su socio Sergio Marsal y demás compañeros de riesgo aventurero y de jamón.
Y a los patanegras también, claro. Faltaría más, compadres. Enhorabuena. Oink.
Pepe Rodríguez Hervella: perrogrifon1965@gmail.com





