Este artículo escrito en junio de 2016 para el desaparecido Diario XYZ me sirve hoy, 24 de noviembre de 2018, para reflexionar sobre estas elecciones andaluzas. Voy a volver a votar lo mismo, exactamente lo mismo. Imaginen a quién, porque el voto secreto hoy día no es un derecho, es una auténtica necesidad para no ser apaleado por tus creencias.
¡INÚTIL!
Llegan otra vez la elecciones. Las mismas de hace unos meses, repetimos el estribillo. Es lo único que se sabe todo el mundo, «ne me quite pas… lalala». El resto de la canción sólo la cantan cuatro y el de la guitarra, porque la letra es incomprensible. Los cuatro que durante este tiempo han jugado de un lado a otro como en un tablero de parchís con los colores cambiados, del amarillo al naranja y del verde al morado. Los clásicos son clásicos. Una campaña electoral en la que aún nos piden que votemos en nombre de la utilidad. Por ello esta vez voy a usar mi voto más inútil, si cabe. Porque el último que introduje en la urna fue de una incapacidad desmesurada. Un papelito como esos que me echan al buzón ofreciendo alarmas, albañilería, leña, pizzas, tapizamos mecedoras, descalzadoras… El voto útil pasó a la historia allá por 1977. Como mi abuela y Napoleón. ¿De verdad creen que hay que votar a los capaces de conseguir una mayoría en el parlamento? Si ni por esas gobiernan (*véase el Ayuntamiento de Sevilla). Algunos dirán que la oposición tiene que ser fuerte, que la pluralidad es buena, que el bipartidismo tiene que acabar… Y yo de acuerdo con todos. ¡Qué más da! Pero estas elecciones voy a votar a conciencia. Conciencia no es un pueblo de Huelva, es lo que escasea en política y en España. Mi humilde papeleta la han usado para jugar al Monopoli, ese juego de acumular patrimonio que nunca se acaba. ¿Alguien ha sido capaz de terminar una partida? Yo jamás. ¡Qué metáfora política! Porque empiezo a pensar que en otros cuantos meses volverán las oscuras urnas y a votar. Porque en el fondo, mientras hay gobierno y no, aquí seguimos de pandereta. Las consecuencias ya vendrán, sin duda. Ya están llegando y dejándonos sin norte y sin sur. Se desmantela un país. Patas arriba de moral, creencias, dignidad, pudor, respeto y por supuesto economía. Por ello voy a votar con la conciencia de que no sirve para nada, al menos no me sentiré idiota. Saber lo que estás haciendo te quita el calificativo. Y hoy, reflexionando, reflexiono que mañana cogeré mi sobre, meteré mi voto, iré al colegio electoral y en el mismo momento de abandonarlo en la urna voy a gritarle con todas mis fuerzas: ¡INÚTIL! Y me iré cantando aquello de Welcome to the Hotel California… lalala. Porque ya es hora de emigrar.





