En el libro titulado “El hombre y la gente” (son unos títulos un poco aleatorios, los de los pequeños volúmenes recopilatorios de sus escritos…), Ortega y Gasset habla de períodos de “insolencia de la cultura” y de otros de “beatería de la cultura”. ¡Qué curioso el leer estas cosas escritas hace casi un siglo, ahora en 2025!
“Insolencia de la cultura”. No hubiéramos empleado esos términos, pero sin duda los que fuimos estudiantes a finales del siglo XX, muy especialmente en el ámbito de las Humanidades, sí vivimos un ambiente muy peculiar, en el que se respiraba una especie de continuo cinismo. Todo era “desmitificar”, darle a las más bellas obras de arte una explicación socioeconómica. Esto no quita el haber tenido buenos y aun excelentes profesores, ni indica haber carecido de buenos compañeros. Pero digamos que los que realmente apreciábamos ciertas cosas pues formábamos una especie de pequeña islita; y además había que estar siempre como a la defensiva. Porque el conjunto del entorno, algo que flotaba en todas partes, adquiría un tono despectivo –en el mejor de los casos benevolente – al referirse al arte barroco, y a la poesía de los Siglos de Oro, y ya por extensión a las costumbres tradicionales, a la celebración de la Semana Santa, de la Navidad. La mayoría de los que vivieron en aquella época lo habrán tal vez olvidado (¡tan rápida es la adaptación a las nuevas corrientes!), pero vivíamos continuamente rodeado de frases cínicas. “Pues yo nunca he celebrado esto, nunca he celebrado lo otro”, “Pues este es un sevillano que nunca ha salido de nazareno y que no va a la feria”… Se presumía de lo que no se hacía, de estar por encima de los tópicos. Y no se podía contemplar una capilla lateral de la catedral sin oír de fondo a un “entendido” explicándole a otro: “Y esta es la familia que pagó la capilla, la que la pagó, la pagó” (como si el dinero solo explicara la belleza o la armonía).
Y hénos aquí en los años veinte del presente siglo, y diríase que nos despertamos en otro planeta. De “la insolencia de la cultura” hemos pasado a “la beatería de la cultura”. O dicho en palabras más actuales: hemos pasado de la cultura del cinismo a la del buenismo. Entendiendo esta vez por buenismo la exaltación de cada elemento de nuestras tradiciones, el elogio desmedido a cada elemento de la misma, la casi idolatría a los artistas, la profesión generalizada de apego a cada elemento que otrora se ridiculizara.
Ahora nadie declara pomposamente, como dándoselas de superior, que “yo no celebro la Navidad”; al contrario, todos se recrean en cada uno de los detalles típicos, que fotografían y exhiben… Y quien dice la Navidad dice todo, todo. Ya no hay críticos despectivos; ya sólo hay adeptos acérrimos. ¿Qué diremos de la Semana Santa?
¿Es mejor esta situación que la anterior? Bueno, sí; sin duda es más humana, más grata. Quien ha sufrido en un entorno de cinismo siempre preferirá esto. Pero aquí se advierte algo que tampoco es natural. (Ortega consideraba ambas tendencias, la de la insolencia y la de la beatería, como aberraciones)
¿Cómo se ha producido este cambio, por qué? Nadie lo explica, es más, pocos parecen advertir la transformación. ¿Son las redes sociales, la urgencia de publicar cosas, el instinto de elogiar para que a uno le elogien, y el “me gusta me gusta me gusta”, y qué gran artista y qué poderío, y vengan alabanzas exaltadas y todo una pura exaltación…?
Insolencia de la cultura, beatería de la cultura. Del cinismo al “peloteo”.
En los años noventa, al entrar con respeto en una iglesia con un altar de cultos repleto de velas, había que escuchar (¡no fallaba!) el comentario agresivo de alguien que se ponía a despotricar en plan: “Qué vergüenza, el dinero que tiene la Iglesia, con el hambre que hay en el mundo”. De susurros así no nos librábamos. Hoy entramos en el mismo sitio, y se oye, con el mismo tono agresivo desafiante: “Mira qué increíble, increíble, este altar es buenísimo, es una obra de arte”, y vengan fotos, vengan fotos… A todo el mundo le interesa muchísimo. Antaño, una se sentía como despreciada por disfrutar de aquello; hoy se siente despreciada por no parecer que lo aprecia lo bastante (saborearlo en silencio y sin hacer fotos, eso no cuenta).
“Mejor” lo de ahora que lo de antes, sí. Pero algo suena a falso.
Los elementos de una cultura pierden algo cuando incesante y obsesivamente son elogiados, ensalzados y fotografiados, elogiados ensalzados y fotografiados… elogiados, ensalzados…
Algo empieza a chirriar.
Pero pensemos en lo bueno; alegrémonos del fin de la era de cinismo, esa sí que era deshumanizadora.





