“Se Venezia muore” (si se muriera Venecia…) es el título de un interesantísimo ensayo, publicado originalmente en 2014; su autor es el profesor italiano (el “studioso” como ahí dirían, equivalente a “scholar”: una mezcla de académico, profesor, pensador… en fin, un sabio) Salvatore Settis, de quien se advierte que escribe como el que siente de verdad un tema, que le duele y le llega al alma. Lo más alejado de la pedantería y la erudición vana. En ese librito, Settis demuestra su inmenso amor a Venecia, y es más, a la civilización misma. Si dejamos que esa ciudad singular se muera, decía en 2014, habrán perdido todas las ciudades europeas; sería el fin de un tipo de vida, el de la ciudad occidental.
No era el único, evidentemente, preocupado por la supervivencia de Venecia en cuanto ciudad, tratando de evitar su metamorfosis en parque temático de sí misma. Desde el siglo XX había iniciativas para intentar retener a sus habitantes, dar facilidades a las familias, poner un freno a los hoteles y apartamentos turísticos. Es más: En 2019 se anunciaron medidas específicas para favorecer la apertura de tiendas con productos buenos, artesanales, de calidad (en respuesta a la invasión de bazares chinos con “recuerdos”, en una ciudad que se había distinguido por la abundancia y riqueza de sus telas, encajes, terciopelos, sus infinitas librerías, imprentas, mapas, atlas… multitud de pequeñas y genuinas joyerías), y restringir los letreros y signos estridentes…
Diríase que después de la pandemia acaeció lo que popularmente se llama tirar la toalla. Desapareció todo esfuerzo, todo intento de aminorar su “disneyficación”. (Esto ya no lo dice Settis, que escribía en 2014. Esto lo puede constatar cualquiera). Es más, casi parece haber como una consigna de “puestos a morir, pues cuanto antes mejor”; ahora se favorecen, ¡se favorecen!, las macroestructuras de hoteles gigantescos, totalmente invasivos, se han multiplicado en poquísimos años los establecimientos alimenticios agresivos, con luces y música estridente rompiendo la paz de los canalitos; se alquila continuamente el Gran Canal al mejor postor, sin que nada importe el tener cortada esa arteria fundamental de transporte para sus ciudadanos (funciona muy bien la mentira de “esto le dará dinero a la ciudad”; es decir, “a cambio de quedarte sin ciudad, tus ediles contarán con aún más dinero para seguir destrozándola a su gusto…”).
Pero volvamos a la perspectiva aún esperanzada de once años atrás, al libro de Settis que está lleno de observaciones interesantes, y aplicables a otros lugares. El autor habla de la falsa Venecia de Las Vegas, e incluso de otras imitaciones que hay, en Macao y en Dubai. Se puede ironizar mucho sobre estas copias (que en principio, antes de que llegaran a lo grotesco, no serían especialmente “censurables” – de ese tipo de recreaciones, de savia nueva sobre nombres viejos, está hecha toda la historia del mundo). Pero lo grave, lo tremendo, no es que existan copias “kitsch” del palacio de los Dogos como curiosidad comercial en otros continentes. Hasta ahí, no resultaría algo tan dañino.
Lo terrible es el efecto que dichas imitaciones ejercen sobre el original. Es decir: aunque parezca increíble, lo que en realidad sucede es que el original (la Venecia real) inconscientemente se pone a imitar esa caricatura kitsch de sí misma que resplandece en Las Vegas y en Dubai. La ciudad imita la versión chillona y simplificada de sí misma.
Y ahora hablamos de Sevilla. En este caso no se puede decir que imitemos otras reproducciones físicas de la ciudad (aunque, como cabría esperar, existan localidades de ese nombre en varios lugares de América y aun de Asia). Pero, ¿no estamos, con esta furia de selfies y de redes, como imitándonos continuamente a nosotros mismos?
La misma mujer que hace unos años se engalanaba por estas fechas, como cosa normal y que ni se discutía… hoy día a veces siente como que se disfraza. Las más sensibles lo perciben. Antes simplemente se vestía para ir a la feria. Ahora se siente como la actriz que se maquilla entre bastidores antes de salir a un escenario ante miles de desconocidos y de fotógrafos. Se siente parte del decorado que hemos dispuesto para el turista.
Claro que esto no ocurre sólo en Sevilla ni sólo en Venecia.
Seguramente esa sensación la estarán experimentando los más sensibles de los cardenales ahí en la Capilla Sixtina (entorno que ha perdido ya todo su misterio). Cuando todo es una pura entrevista y grabación y retransmisión, ¿qué queda ya de la vida privada, íntima, de la verdadera vida? Cuando sabemos que cada movimiento de nuestro dedo meñique lo estarán viendo hasta en Waikiki, ¿qué somos sino actores?
¿Dónde está nuestra alma, dónde nuestro misterio?
No vivimos, actuamos.
(Alguien dirá tal vez que muchos filósofos han comparado ya desde hace siglos la vida humana a un teatro (¡“El gran teatro del mundo”!), y que la misma palabra “persona” deriva de la máscara teatral… es cierto. Pero estas son reflexiones a otro nivel. No se refiere a la indescriptible banalidad contemporánea de actuar como sinónimo de posar para la foto y nada más, con cero contenido – y a esa miseria sacrificar nuestras costumbres y nuestra alma misma).
Nos imitamos a nosotros mismos.





