Escribo estas líneas a las pocas horas de saberse el resultado aproximado de las elecciones autonómicas en esta Andalucía de nuestros pecados y cuando ya poco puede variar.
Hay un hecho en esta intensa e inédita campaña electoral que la ha hecho diferente a todas las anteriores, sin duda: que un partido como Vox, con apenas cuatro años de vida, escasos medios económicos, una infraestructura de partido mínima y casi amateur en muchos puntos de Andalucía, que ha provocado que hayan de acudir simpatizantes y afiliados de Madrid o Zaragoza a echar una mano para cubrir el mayor número de mesas posible con interventores y apoderados, y que además ha soportado antes, durante y seguro que después de esta jornada electoral, ataques descalificadores de prácticamente todos los partidos, unos en mayor y otros en menor medida, llegándose incluso a la imputación de supuestos delitos (recordemos a Maroto haciendo insinuaciones, sobre las “presuntas”, claro, irregularidades en la financiación del partido, o a Susana Díaz acusándolo, increíblemente, de justificar la violencia contra las mujeres…), haya protagonizado toda la campaña electoral, pues todas las agrupaciones políticas, sin excepción, se han referido a él, en la mayor parte de las ocasiones para intentar infundir el miedo en los votantes, como si viniera el lobo o algo peor, con acusaciones e insinuaciones falsas, como digo, ya hubiera tenido un mérito enorme, pues nadie desconoce que, en un principio, muchos de los propios dirigentes de ese partido eran reacios a concurrir a esta cita electoral pues no consideraban la maquinaria electoral afinada aún para ello.
Finalmente se adoptó la decisión de presentarse a las elecciones para no dejar huérfanos de su derecho al voto a tantos y tantos andaluces que no disponían de un partido que los representara y al cual votar. Y la decisión, ya no cabe duda, se ha demostrado acertada. No sólo han revolucionado la campaña electoral haciendo una estelar entrada en las encuestas desde un primer momento sino que, a estas horas, es muy probable que consigan al menos doce representantes en esa Cámara andaluza que, si por ellos fuera, desaparecería.
Pueda o no seguir gobernando en Andalucía el PSOE de Susana Díaz, cosa que a esta hora se antoja casi imposible y que cuando ustedes lean estas líneas estará ya confirmado, con un pacto, que sería una trampa, con los comunistas de Adelante, el resultado de ambos ha sido un fracaso absoluto, más aún en el caso de la actual propietaria del sillón presidencial. Ojalá pueda formarse una coalición que arrebate el poder a los que llevan tantos y tantos años actuando como si Andalucía fuera su cortijo particular, pero, en cualquier caso, lo ocurrido en esta jornada nos proporciona una enorme y alegre sorpresa: que, por fin, haya un partido en las instituciones, pues esto es sólo el comienzo, que represente lo que una gran cantidad de votantes, en su mayoría decepcionados con las políticas blandengues y condescendientes en muchos temas del Partido Popular y su dejación de funciones y perdida de principios ideológicos así como con su corrupción y peleas internas y, por otro lado, que aún respetando y compartiendo muchas de las actitudes de Ciudadanos en el contencioso catalán, no comparten esa línea socialdemócrata de muchas de sus otras propuestas, quieren para España y para su región.
Lo importante ahora es que hagan buen uso del mandato que los andaluces les han otorgado y que no se desvíen ni un milímetro de sus postulados, por los que la gente les ha votado y que deben seguir defendiendo si no quieren a pasar a engrosar la cada vez más numerosa lista de partidos “del sistema”, aquellos que prometen lo humano y lo divino en campaña, para luego olvidarse de todas esas promesas al minuto de resultar elegidos. Esperemos que Vox, también en esto, sea diferente. Que no se amilanen, que no den razones a los que continuamente intentan demonizarlos otorgándoles etiquetas descalificadoras y que hagan como hizo su líder nacional en el mitin de cierre de campaña en Sevilla ante las asombrosas, si no vinieran del personaje de las que emanaron, palabras de la ministra Calvo, tachándolo de partido inconstitucional, que, lejos de arrugarse y sucumbir a los cantos de sirena de la corrección política, plantó cara y rebatió, citando una a una sus principales propuestas programáticas, dicha infame imputación, para terminar con lo obvio: que no hay partido más inconstitucional que el que pacta con los que quieren destruir España (sí, también su Constitución) para continuar en el poder.
A estas horas de la noche del día dos de Diciembre de dos mil dieciocho ha dado comienzo una nueva etapa en nuestra política. Por primera vez desde hace muchos años, hay muchos miles de andaluces, también españoles, sinceramente ilusionados, esperanzados y, casi yo diría, emocionados, al ver que no todo está perdido, que aún cabe un resquicio, que por una rendija se cuela el optimismo. Porque aún hay infinidad de españoles que aman a su patria, que creen en su indisolubilidad, que está orgullosa de su historia, que no reniega de nuestro pasado, de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que podemos volver a ser, de nuestras tradiciones y creencias, y que están dispuestos a defender sus principios donde sea, sea en los Tribunales contra los golpistas, sea en las instituciones contra aquellos que quieren darle la vuelta a este país como un calcetín con las armas de unas leyes injustas que van contra la igualdad, contra la moral y contra la libertad de cada uno de nosotros para pensar y expresar lo que nos dé la gana, como la de Memoria histórica, las leyes LGTBI o la de violencia de género.
Por eso, esta noche del dos de diciembre de dos mil dieciocho, como en la noche del cinco de enero de todos los años, cuando la Cabalgata de Reyes pasa por las calles de cualquier ciudad o pueblo, un palpito de ilusión recorre también los corazones de muchos andaluces, de muchos españoles. Como si los Reyes de Oriente, adelantándose a su fecha, les hubieran traído el presente de que, al fin, haya alguien que les defienda.





