No sólo en época navideña se advierte la confusión reinante que asocia “el cristianismo” a los vagos ideales buenistas del mundo; ni es este un fenómeno reciente, sino casi viejo ya; pero aun viejo, no da señales de fenecer. Seguramente tenemos equívoco para rato.
Otro día podemos comentar esos ideales de “paz, amor, solidaridad”. Pero centrémonos hoy en uno, en uno de los mantras del mundo contemporáneo, cuya equiparación a un ideal cristiano resulta particularmente errónea. Me refiero a la “Igualdad”. Y sobre todo en el sentido de igualdad en el amor a los hijos, una igualdad exigida con verdadero fanatismo y exacerbada por las leyes actuales tan invasivas de lo más íntimo. Es una idea demasiado arraigada como para discutirla; sólo osamos comentar que del cristianismo no procede.
El Antiguo Testamento es una larga historia de predilección hacia un hijo en vez de otro (y apartemos ya el hecho de la existencia del “pueblo elegido”). En ningún momento aparece este hecho como “injusticia”, sino como algo digno del mayor respeto. En la historia del José del Génesis, es conmovedor cómo los hermanos mayores interceden por el pequeño Benjamín, al que el “virrey” de Egipto quería quedarse como esclavo. “Es el preferido de mi padre, si no se lo devolvemos mi padre morirá de dolor, deja que me quede yo como esclavo en su lugar”, suplica uno de los hermanos (y eso que era uno de los “malos”, los que por envidia habían cometido antes un gran crimen). Con toda naturalidad acepta que su padre “morirá de dolor” sólo en un caso y no en otro. Era la realidad.
A su vez, es curioso que la procedencia genealógica del Mesías sea de la tribu de Judá (¿por qué no de la de José, que era el “bueno”, el predilecto?). Pues a una predilección sucede otra. No hay otra explicación.
Pero es que el Nuevo Testamento sigue la misma línea. Aquí no hay dicotomía, no hay “superación”, no hay una ley que suplante a otra. Cuando se habla de amor, se habla también de predilección. Las parábolas del Hijo Pródigo, la de los trabajadores de la viña, se nos han presentado siempre, de manera apresurada, como un puro alegato contra la envidia (son más aceptables así, pues todos están de acuerdo en que la envidia es mala); pero se pasa de largo, se hace la vista gorda sobre el tema fundamental, que es esa diferencia de trato, o digamos, diferencia de la función y misión de unos y otros, y además como algo que se debe aceptar y no presentar objeciones.
Y ya indiscutiblemente está la figura de San Juan Evangelista, el santo del 27 de diciembre, el discípulo amado. (Entendemos que al leer “el discípulo a quien Jesús amaba” querrá decir “al que amaba más que a otros”). Predilecto, ¿por qué? Porque sí. Como para discutirle sus predilecciones a Dios.
En una sociedad en la que los cristianos, ya mayoritariamente, han recibido primero el dogma del igualitarismo, y a continuación, algunas nociones del catecismo, la actitud inevitable es la de adaptar este último de modo que encaje en lo primero. Con el “amor solidaridad”, etc, todavía puede pasar. Con la “paz”… es más difícil. Pero con el igualitarismo se estrella.
El Nuevo Testamento sí menciona la libertad, y mucho. “La libertad de los hijos de Dios”. “La Verdad os hará libres”.
La verdad es que la predilección, en el corazón humano, existe.





