Por fortuna, ya se oyen quejas sobre el tema de cómo muchas iglesias y catedrales, a fuerza de parecer museos, han perdido su esencia, han “perdido el alma”. Han tardado, no obstante estas quejas. Sospecho que muchos de los que ahora lamentan esa pérdida de alma son los mismos que hace unos años abogaban por las señalizaciones, las visitas guiadas…
¿Por qué hago esta afirmación? Bueno, es sólo una sospecha. Los que amamos las iglesias, catedrales y conventos somos una minoría-importante y destacada, pero minoría. (Lo que por cierto también se puede decir de los amantes de la música e incluso, aunque los medios de comunicación hagan creer otra cosa, de los amantes del deporte, incluído el fútbol). Cabe pensar que las señalizaciones se introdujeron precisamente por personas que se preocupaban de las iglesias. Al constatar el auge del turismo, incluido el turismo cultural, el que hace largas colas y paga entradas para ver exposiciones (exposiciones, que no “exhibiciones”), seguramente éstos pensaron: “Pues las iglesias también ofrecen mucho material; sean creyentes o no, miren estos cuadros, estas esculturas… Esto es de interés general”. Y empezaron las señalizaciones. No “Santa Rita” ni “Santa Rosa” (eso a quién le interesa) ni “patrona de esto ni de lo otro” (a quién le vamos con esos cuentos), pero sí mucho “Siglo XVIII – escuela de Fulanito – taller del otro…”. Los bienintencionados amantes de iglesias querían demostrar que lo que hay en ellas es de interés cultural para todos, que las iglesias forman plena parte actual del mundo de hoy, están insertas en el nuestro estilo de ocio, de consumo de cultura, de redes sociales…
Jamás pretendería convencer a nadie de la inconveniencia de esas señalizaciones; es más, ni siquiera llego a “criticarlas” (alguna vez me he beneficiado de ellas). Sólo digo que constituyen un elemento más de la museificación de iglesias y catedrales, con la consiguiente pérdida de su esencia. Y a diferencia de los otros factores de este proceso (el turismo de masas, los vuelos baratos, la especie de obligación de tener que irse de viaje cada fin de semana,… y por supuesto la descristianización), éste sí es fácilmente evitable. Basta con no poner tantas señales ni explicaciones.
Los que no son creyentes ni les tienen un especial afecto a las catedrales –pero las visitan, porque es una de las cosas que hoy día se hacen– no verán problema alguno en la multitud de indicaciones, en el didactismo y la catalogación. Y como son mayoría, pues casi todos contentos.
Pero los que, por fe o por una sensibilidad especial, aprecian cuándo una iglesia produce una impresión bella como tal, y cuándo no; y llegan a lamentarse de esta museificación y “pérdida de alma”, éstos sí podrían reflexionar sobre qué se puede hacer en vez de lamentarse. La descristianización y el turismo de masas son difíciles de detener, pero el dejar una iglesia tal como está, sin inundarla de letreritos culturales didáctico-explicativos, eso es factible.
Es frecuente acercarse a una iglesia de pueblo a hora intempestiva, y en la cerrada puerta del templo no ver la menor indicación de horarios de misas ni de apertura (aunque la iglesia esté “en activo”, no me refiero a las desacralizadas), pero sí advertir un letrero que dice: “Techumbre mudéjar. Retablo principal, siglo XVIII”. Pues qué bien. Vendremos otro día a hacerle una foto.






2 Comments
Como a casi todas las cosas de este mundo, a las iglesias también les llegó el mercantilismo.
Amén.