Seguramente usted, amable lector, tenga un hijo o un sobrino o un conocido que curse alguna carrera universitaria, aunque el problema empieza bastante antes. Si se interesa usted por el contenido de sus estudios, cosa que es muy recomendable, se enterará de que, en el casi cien por cien de los casos, al menos en el ámbito universitario, los alumnos deben cursar forzosamente una asignatura centrada en “el género”, disciplina que se aplica a la materia objeto de la carrera con mayor o menor fortuna. No olvidemos que la “perspectiva de género”, por más imaginativa que parezca, pretende abarcar incluso ámbitos como el de las matemáticas o la botánica o la ingeniería en todas sus ramas. Parece significativo que esta sea la única ideología con ínfulas de pretender alterar el lenguaje ordinario, tanto el académico como el coloquial, en contra incluso de las directrices que marca la Real Academia Española. Ni la Gestapo ni la KGB se atrevieron a tanto.
Y si les preguntan a esos estudiantes, descubrirán que una parte de ellos -no sabría cuantificar qué proporción- comparten los planteamientos propios de esa perspectiva de género, bien porque llevan años de inmersión en esta ideología y se identifican con ella, bien por convencimiento propio, que de todo habrá.
Otro importante sector del alumnado diríamos que no tiene una idea claramente formada del asunto y lo aborda desde una posición acrítica, como una asignatura más que debe aprobar y olvidar cuanto antes, como tantas otras. Los estudiantes son personas muy jóvenes que muchas veces no tienen una formación intelectual y moral suficiente como para tener una visión del mundo propia y madurada; y, en consecuencia, estudian las asignaturas que les echen y en los términos en los que se les ordena, sin hacer planteamientos críticos.
Pero existe un sector juvenil -que desgraciadamente no es mayoritario en nuestro país- que sí tiene ideas claras de rechazo justificado a esa ideología de género que se ha convertido en la religión oficial en España. En efecto, el pack formado por la ideología mencionada, el alarmismo climático y el globalismo multiculturalista se ha convertido en el dogma incuestionable de una verdad oficial ante la que no cabe disentir.
De modo que esos estudiantes de ambos sexos se ven obligados a cursar una asignatura que tiene unos planteamientos filosóficos y antropológicos que no comparten, que tienen muy escasa relación con las materias elegidas y ante los que no se les permite la menor discrepancia. Conozco varios casos en los que el estudiante, tras realizar a lo largo del curso una matizada y razonada labor crítica que contradecía la única “respuesta acertada” que esperaba la docente, recibió como calificación un suspenso.
En cambio, otros trabajos académicos, más mecánicos y chapuceros, que aceptaban el diagnóstico pretendido en la asignatura -a saber, que vivimos en una sociedad heteropatriarcal y represiva que oprime de forma sistémica a las mujeres y a los que se salen de las orientaciones sexuales tópicas- han recibido la máxima calificación. Como si en Historia o en Filosofía se aprobase o suspendiese a la gente según su grado de aceptación de una ortodoxia y no por sus conocimientos críticos.
Tengo la edad suficiente como para haber estudiado FEN, Formación del Espíritu Nacional, y aunque recuerdo que mis profesores eran unos fachas, unos franquistas redomados, al menos eran conscientes de que su asignatura era una maría, y nadie aprobaba presentando un churro de trabajo que alabara al Movimiento Nacional. En cambio, sí recuerdo haber recibido la máxima calificación criticando algunas de las Leyes Fundamentales del Reino. Cosas del tardofranquismo.
Lo cierto es que, en el caso del género -en esta España tan “democrática” en la que nos quejamos de vicio- esos alumnos conscientes y críticos se ven obligados a disimular, a pasar por el aro, a decir “sí buana” a todo lo que mande la feminista profesional que los adoctrina, para poder así aprobar y seguir adelante en sus estudios. Recordemos que lo de pasar de curso sin aprobar todavía no ha llegado a la universidad y, aunque todo se andará, a este tipo de asignaturas adoctrinadoras no creo que les apliquen las rebajas de junio.
El planteamiento que hacemos nosotros es sencillo: como la ideología de género es discutible, es decir, no se ha demostrado como una verdad empírica, autoevidente y compartida por la inmensa mayoría de la población, debería ser una asignatura opcional o, al menos, un ámbito de estudios en el que cupiera un cierto pluralismo. Creo que no es tan descabellado. En cambio, el planteamiento de la izquierda progresista (es decir, desde el PP a Podemos) es que la ideología de género es absolutamente científica y que los que la discuten son solo “negacionistas”, peligrosos extremistas que deben ser tratados como fanáticos o terraplanistas. Recuerden que también el marxismo pretendía ser científico hasta que un día alguien se cayó del burro.
A veces, las feministas clásicas como Lidia Falcón se indignan contra las modernidades de Irene Montero, y la prensa progresista se queda desconcertada, como Chiquito de la Calzada en lo alto del escenario, y no sabe a quién aplaudir; aunque parece claro que las dos a la vez no pueden tener razón. Yo creo que no la tiene ninguna de las dos. Pero no importa: al radicalismo se le llama sensatez; y la prudencia es la virtud de los ultras, como definió Orwell.
En el corpus doctrinal de la perspectiva de género -si es que se puede hablar de eso- encontramos ocurrencias anticientíficas o paracientíficas verdaderamente notables, tales como decir que existen mujeres que están atrapadas en cuerpos de hombre -y viceversa-; que la mujer es un constructo social determinado por la autopercepción; que el amor para toda la vida es un mito romántico que hay que combatir… Y que “la ideología de género” -no se ría usted- es “un concepto académico tergiversado por los conservadores”. Al final, nosotros somos responsables también de haber parido este engendro ideológico.
Cuantas más molestias se toman en hacer obligatorias una serie de “verdades oficiales”, a cuál más peregrina, más demuestran la mentira y la manipulación que encierran sus objetivos. Y recuerde, amable lector, que son miles las personas que viven a costa de su bolsillo y a cuenta de la “industria de género”. En definitiva, usted es el machista, el violador, el culpable, el que pone a sus hijos y el que paga la fiesta. Y al que no se le consiente protestar.
Pues bien, sepa usted que contra toda esta manipulación de las conciencias y contra todo este “parasitismo educativo”, como en tantas cosas, solo queda VOX.





