Si las personas enfocáramos nuestra energía solo en aquellos que valoran nuestra presencia y nos aprecian por lo que somos, el mundo avanzaría a pasos agigantados. Cuando ya vamos de vuelta y somos conscientes de lo corta que es la vida, valoramos nuestro tiempo como oro, y nos damos cuenta de que no merece la pena invertirlo, como tampoco nuestro esfuerzo, en quienes no nos corresponden. Debemos centrarnos en quienes nos hacen sentir valiosos y nos apoyan; solo así andaremos con determinación, sin tonterías, el camino.
Meditaba estas ideas ajenas hace unos días cuando, en nuestra Proclamación de los Reyes Magos, Melchor nos recordaba que la meta, en realidad, es el camino. Mi meta no era 2029; quién sabe si viviremos. Mi meta era abrir camino.
La vida, y sin duda las numerosas papeletas que compré, me dieron la oportunidad de liderar el viaje; ya he tenido suficientes experiencias de liderazgo en la gestión universitaria como para saber que la esencia del éxito, que es recorrer el camino, estriba en trabajar con quien quieres, en crear equipos ilusionados, coherentes, proactivos, lúcidos, conformados por personas honestas, mental y emocionalmente inteligentes, apasionadas, trabajadoras, gratuitas, empáticas, generosas y transparentes.
Carecer de equipo, de mi equipo, y encontrar personas, más cerca de mí de lo debido, que no solo no valoran mi presencia, sino que carecen de absolutamente todos los ingredientes que en mi opinión son esenciales a una buena persona y ya no digamos a un gestor público, son causas más que suficientes para dar marcha atrás y volverme a mis cosas, que son las que yo he decidido que conformen mi vida, sin ataduras políticas y desde un ejercicio libre de mi conciencia ciudadana, en la que mis éxitos han sido solo resultado de mi esfuerzo y mis fracasos de mis errores.
No era cuestión de desavenencias, sino «de razones de índole no personal», que podían «sintetizarse en sentirme desasistida de forma reiterada y desde diferentes instancias para el ejercicio de mis funciones». Hubiera sido tan fácil como apartar a esas personas de mi camino; posibilitar la creación de mi equipo; un equipo que además de eso aportaba profesionalidad y conocimiento. Pero parece que no era posible. O al menos no obtuve respuesta. No precisaba fondos, ni cobré por mi trabajo; todo vendría rodado. Solo un equipo solvente y capacitado con luces largas y amplitud de miras y sobre todo con conocimiento de la envergadura del proyecto. Esa era mi gente, un equipo capaz de contagiar, entusiasmar y sumar. Lo único que hacía falta.
Provengo de una institución de la que me enorgullezco; me estimula la conciencia de pertenencia institucional; me ofende cuando veo gestos indebidos por parte de personas de mi institución porque siento que formo parte de ella. En este nuevo entorno en el que me imbuí, encontrar personas que actúan de mala fe, desde la mala educación y desde la más absoluta falta de empatía, sin conciencia de que cualquier individuo (sea -y hablo en términos genéricos- alcalde, teniente de alcalde, gerente, director, secretaria o auxiliar) representa a una institución me genera no solo incomprensión, sino pena y repulsa. Será por ese sentido de pertenencia institucional que, en otro ámbito, he desarrollado.
Eso sí, regreso habiendo aprendido creo que bastante de la dignidad y la indignidad del gestor público y de la generosidad y excelencia de muchas otras personas. La mejor forma de que el mundo avance es aprovechar la experiencia de cada oportunidad para crecer como persona. En eso estoy. Gracias a todos, en especial a los valientes, generosos y gratuitos y a los agradecidos, porque recordemos que es de bien nacidos ser agradecidos. De esos parece que en nuestro entorno tenemos menos de los que nos creemos.





