Ante la sinrazón de este nuevo Stalin del siglo XXI que es Putin, no debemos dejarnos llevar por la resignación. Uno tiene el derecho y el deber de hacer valer la libertad del soberano pueblo de Ucrania, aplaudir el buen hacer de Polonia y de Hungría, abriendo sus fronteras a los millares de personas que abandonan su país y poner como ejemplo a quienes, desde las entrañas del monstruo en el que se ha convertido Rusia, se manifiestan en contra de la guerra y se niegan a rendir pleitesía a Putin y sus adláteres.
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