Hoy hace diez años de la muerte de Lina Morgan. No me atrevo yo a decir que llevamos todo ese tiempo sin ella, porque de un modo u otro siempre se puede sentir la presencia de quienes, como Lina, se nos quedan en películas o en archivos de la tele. Es la agradecida memoria que perpetúa la viva imagen de tantas apariciones inolvidables. El primer recuerdo que tengo de Lina Morgan es junto a Juanito Navarro, participando en las galas benéficas del Teatro Calderón, aquellas campañas de Navidad presididas por doña Carmen Polo. Después Lina fue convirtiéndose en la tonta del bote. Y en las últimas décadas de su vida fue la propietaria del Teatro la Latina, en el que ella era en sí misma la mejor representación que se podía ver y la cita obligada si pasabas por el Madrid más castizo. Su serie televisiva por excelencia fue «Hostal Royal Manzanares». Había elevado el humor a la categoría celestial de una nueva bienaventuranza: la de los que nos hacen reír, no de ellos, sino con ellos. Sus facultades personales e intransferibles la hicieron irreemplazable, una especie que se extinguió con ella. Y dejó una manera de gratitud cantada y tan inequívoca que siempre que unos a otros nos decimos «gracias por venir», hay un eco de voz de Lina a la que yo le digo, en este décimo aniversario de su partida, gracias por existir.





