El alba del 26 de julio, día de Santa Ana, madrugó. No se demoró con la dulzura antigua que acostumbraba, pues había nacido, a las cuatro y media, en el Palacio de Dueñas, donde las buganvillas aprendían el idioma del verano y los patios guardaban la memoria del agua, Antonio Machado Ruiz.
Decían las viejas criadas que, aquella mañana, las campanas no repicaban: respiraban. Y que los naranjos, al sentir el primer llanto del niño, dejaron caer un puñado de azahares fuera de estación, como si el tiempo hubiera olvidado obedecer al calendario.
Era también el santo de su madre, y el aire olía a jazmín, a cal húmeda, a mortero para el gazpacho y a pan recién hecho. Sevilla, que conoce el secreto de conversar con los fantasmas amables, recibió al recién nacido con un murmullo de patios, de rejas abiertas y de golondrinas que parecían escribir versos invisibles sobre el cielo.
Muchos años después, cuando la memoria quiso retratar aquella infancia, resonaron los primeros versos de un poema que ya pertenece a todos: «Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, / y un huerto claro donde madura el limonero…». Versos que parecían abrazar la niñez, porque los patios no entienden de autores cuando conservan la risa del niño que persigue sombras entre macetas.
Desde entonces, cada limonero de Dueñas siguió floreciendo como si aguardara el regreso de aquellos pasos. Los abuelos, con sus manos llenas de historias, enseñaban que los árboles recuerdan mejor que los hombres. Quizá por eso, en el Día de los Abuelos, basta cerrar los ojos para escuchar otra vez el eco de aquellas voces mezcladas con el canto de una fuente.
La guerra dispersó los caminos de la familia, pero jamás consiguió borrar el perfume de la Sevilla antigua. Dicen que, en las noches de levante, el Palacio de Dueñas aún escucha una pregunta que atraviesa los años como una saeta: «¿Cuánto queda para llegar a Sevilla?». No es una distancia; es una nostalgia.
Y cuando el destino alcanzó a Antonio en Collioure, hallaron en el bolsillo de su gabán aquellas palabras que parecían abrir una ventana hacia la infancia compartida: «Estos días azules y este sol de la infancia». Desde entonces, cada vez que julio regresa con el calor de Santa Ana, el limonero vuelve a perfumar los patios de Dueñas. Porque hay ciudades que no terminan nunca de abandonarnos, y Sevilla —con su luz antigua, sus abuelos, sus patios y su memoria— sigue naciendo, una y otra vez, en el corazón de quienes aprendieron que la poesía puede vencer al tiempo.





