A José María Velázquez Gaztelu.
Hay lugares donde uno no mira el paisaje. Hay rincones donde el paisaje es el que termina mirándolo a uno. Me ocurre cada vez que me siento en la terraza de la Venta Gaspar, entre arenas y cañaverales. En esta raya invisible donde Chipiona empieza a despedirse y Sanlúcar comienza a encontrarse, o viceversa, siempre recuerdo la figura de José Manuel Caballero Bonald.
Desde aquí, cuando la mañana va dejando paso a la hora bendita del mediodía, basta dejar que los ojos crucen hasta Montijo para entender que algunas geografías nacieron para convertirse en literatura. El aire trae sal, un lejano olor a pino y ese rumor del agua que nunca se sabe si proviene del mar o del Guadalquivir, dando sus últimas boqueás. Las cosas de Sanlúcar.
Entonces pienso en él y me parece imposible separar al hombre del territorio que fue escribiendo durante toda una vida.
Hace cien años nació en Jerez de la Frontera —en la calle Caballeros, donde se encuentra hoy en día la fundación que lleva su nombre— un hombre que descubrió muy pronto que la verdadera patria no siempre coincide con el lugar donde uno abre los ojos por primera vez. Hay patrias que se eligen despacio, caminándolas, respirándolas, dejándose conquistar por ellas.
La suya, sin olvidarse de su Jerez y de los madriles, fue Sanlúcar. O quizá algo aún más amplio: ese espacio donde el río deja de ser río y el océano todavía no ha terminado de llamarse mar. Ese lugar sin fronteras donde él levantó Argónida, un territorio hecho de palabras, de memoria y de luz.
Mientras, entre cerveza y cerveza, contemplo la línea verde de Doñana. Me gusta imaginar al muchacho que llegó a este paraíso fascinado por el horizonte abierto. En estas tierras descubrió el mar como quien descubre un idioma desconocido. No tardó en querer estudiarlo todo sobre él.
La náutica fue, seguramente, la primera forma de intentar entender aquel misterio. Después vendrían la poesía, las novelas, los ensayos, los premios… Pero sospecho que antes que escritor fue un aprendiz del viento, un alumno de las mareas, alguien que entendió que el agua nunca repite exactamente el mismo camino, que jamás navega los mismos rumbos.
Hay mediodías en las que este paisaje habla muy bajito. Hay que guardar silencio para escucharlo. Las marismas de la otra orilla respiran, las aves dibujan lentas caligrafías sobre el cielo y la luz va cambiando de color como si alguien estuviera pasando las páginas de un libro muy antiguo. En esos momentos comprendo que Caballero Bonald no inventó Argónida. Lo que hizo fue escucharla antes que nadie y darle un nombre para que no desapareciera.
Confieso que cada vez que paso por Bajo de Guía busco sin querer la calle que lleva su nombre. Me gusta pensar que no es solo una placa de azulejos. Es una forma de seguir conversando con él. Sanlúcar lo nombró Hijo Adoptivo porque supo reconocer algo que los pueblos sabios distinguen enseguida. Hay personas que nacen lejos, pero pertenecen para siempre al lugar que aman.
Desde esta mesa de la Venta Gaspar el tiempo parece detenerse. Llegan las acedías fritas y, mientras la vista se pierde hacia Montijo, donde tantas veces encontró refugio, donde el verde protagoniza el momento. Y uno acaba entendiendo que la literatura no siempre nace entre cuatro paredes. A veces nace exactamente aquí, donde el levante mueve los eucaliptos, donde la arena cambia de dibujo con cada marea y donde el Guadalquivir ensaya, desde hace siglos, la misma despedida hacia el Atlántico.
Quizá celebrar el centenario de José Manuel Caballero Bonald no consista solamente en recordar al Premio Cervantes, al poeta o al novelista. Tal vez la mejor manera de honrarlo sea quedarse un rato quieto frente a este paisaje, dejar que el viento nos roce la cara y comprender que la belleza también necesita testigos. Porque mientras alguien siga mirando estas orillas con el asombro con que él las miró, Argónida continuará respirando.
Y mientras avanza la tarde, con la luz dorándose sobre el Coto y el río confundido con el mar, llega la tarta de la abuela que tanto le gusta a Antonio. Y tengo la extraña certeza de que hay escritores que no se marchan nunca. Permanecen escondidos en la claridad de un horizonte, en el olor de la sal, en el vuelo de una garza o en el silencio que queda después de nombrarlos. Caballero Bonald sigue aquí. No porque lo diga una calle, un homenaje o un aniversario, no. Sino porque este paisaje continúa pronunciando su nombre cada vez que el viento vuelve a escribir sobre el agua.





