Tiempos prebélicos en España. El inconformismo del bando perdedor trasmitido de padres a hijos, va a intentar apoderarse de un país, para ellos incomprensiblemente pacífico. Son como una bacteria que se alimenta de la tragedia de sus compatriotas, la digiere y la vomita sobre cuerpos extraños que necesitan de su mierda para proliferar. Ellos son los malos: los rojos, los anarquistas, los chupópteros, los oportunistas, los carroñeros. Y cuando uno de ellos consigue coronar pisoteando peones, derrocarlo es tarea casi imposible. Como acabar con los piojos o erradicar a la cucaracha común. El ser humano fascista, progresista o socialcomunista, lo mismo da que da lo mismo, siempre se va a «arreguinchar» de la capa del tirano, se va a vender al mejor postor y va a amigar con el judas templadito. Su objetivo es vengar un escalafón con el que no comulga (porque su narcisismo no entiende de podios de plata o bronce) y aspirar a un oro, falso pero oro al fin y al cabo.
Pero son tan necios y «pollinaceos» que no se quitan las anteojeras ni para dormir, limitándose a perseguir la zanahoria del poder a toda costa… y es ahí donde entran los buenos, a galope, al más puro estilo Currojimenezco para salvar lo que queda del Fuerte, del Alcázar, del pueblo. Otra vez la contienda, la respuesta y el remedio. Y es que contra las cigarras que no acopiaron en verano, las hormigas que sí lo hicieron ya no son tan benévolas. Ahora no se ajusticia ni se fusila en la tapia de una iglesia. Ahora, la ultraderechísima mano diestra, viene esgrimiendo libertad y contra eso, queridos miembros y miembras, no hay cruces rojas ni oenegés en vinagre que temer. Habéis agitado el hormiguero, vuestro putrefacto hormiguero y eso tiene consecuencias.





