Dicen que uno de los síntomas de que te estás haciendo mayor es la incapacidad para asombrarte: al alcanzar cierta edad, decimos que nos resulta extraño sorprendernos “a estas alturas”, porque parece que ya venimos de vuelta de todo, y pocas cosas, o ninguna, nos dejan pasmados.
Al hilo de aquel artículo donde les hablaba de “Pagar con la cara” en el que me refería a cómo la biometría por imágenes estaba incorporándose a los contratos y a las operaciones más rutinarias, he leído hace unos días que la banca March se convierte en la primera entidad financiera española en disponer para sus clientes de un sistema de biometría por voz para validar operaciones.
Les confieso que este tipo de noticias me produce cierto vértigo, como el que sufrimos algunos con la altura o al sobrepasar ciertos límites de velocidad, porque es como esa ansiedad que nos entra cuando no acabamos de asimilar una innovación y ya hay otra nueva que la ha sustituido por haberse quedado anticuada.
Probablemente sea algo personal, y tenga que ver con mi dificultad para subirme al carro de las nuevas tecnologías: fui de los últimos clientes de mi tienda habitual de fotografías en abandonar los carretes de 36 fotos y comprar una cámara digital, y también ingenuo de mí, hubo una época en que pensaba en que no caería en la trampa de hacer del teléfono móvil algo imprescindible en mi día a día.
Viene al caso todo esto que les digo, a raíz de la lectura de un reciente artículo en el que se nos venía a decir que los hologramas van camino de eliminar al zoom (skype, nacido en 2003, ya nos parece algo obsoleto), esa aplicación que se ha popularizado tanto con la pandemia, tanto en la vida familiar como en la práctica docente.
La holografía es una técnica fotográfica que permite obtener una imagen con un efecto óptico tridimensional mediante el uso de un rayo láser, imagen que conocemos con el nombre de holograma, y que nos recuerda a algunas películas de fantasía o de ciencia ficción, como “La guerra de las galaxias”, “Desafío total” o “Iron man”.
Pues bien, el negocio de los hologramas ya facturó más de 600 millones de dólares anuales en 2020, y se calcula que alcanzará los 1.800 millones en 2025, razón por la cual grandes compañías como Microsoft, Google y Facebook se dan prisa por controlar una negocio que apunta a ser un filón de aquí a pocos años.
Sus aplicaciones industriales, militares y sanitarias ya son una realidad, y firmas como Lockheed las usan en la construcción de naves espaciales; Mercedes para asistir remotamente a sus mecánicos; el ejército estadounidense para examinar zonas abruptas de difícil acceso, y hasta los médicos del hospital Monte Sinaí de Nueva York han podido colaborar con cirujanos de Uganda asistiendo en directo a las intervenciones quirúrgicas. Resulta cuanto menos paradójico que se nos venga a decir que las impresoras 3D van a quedar obsoletas cuando la gran mayoría de la población no las ha utilizado en su vida.
Hasta ahora se necesitan gafas especiales para poder ver un holograma, pero ya se está trabajando en la creación de dispositivos de telepresencia y contenidos holográficos de alta resolución, que permitan entablar una conversación con un interlocutor virtual en tiempo real sin necesidad de usar lentes.
Los que creemos que como el trato personal no hay nada y que una conversación con un holograma no deja de ser un sucedáneo, debemos saber que ya se está investigando la posibilidad de tocar los hologramas, para ganar en sensación táctil, así como de incorporar olores y variaciones de temperatura.
Los científicos, con el apoyo de las grandes tecnológicas, que ven un gran negocio en la implantación de este modo de comunicación, están acelerando esta nueva forma de interacción con el entorno, así que posiblemente antes de que termine la década de los veinte de este siglo forme parte de nuestra vida cotidiana, y podamos abrazar a esos seres queridos que se hallan muy lejos de nosotros… mediante hologramas.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





