Me echo las manos a la cabeza cuando leo que don Pablo Iglesias y doña Irene Montero –«ellas», según significó la señora de la casa, supongo– consultan a las bases para corroborar o no sus decorosos puestos, y todo porque se han hecho de una casita que van a pagar, a años vista, con sus emolumentos. ¿En serio don Pablo y doña Irene (o don Irene y doña Pablo –tanto monta monta tanto–), tienen que realizar tal dispendio de democracia para poder vivir su amor en una casita de campo? Decir chalé le hace perder encanto.
Doña Pablo y don Irene, (o doña Irene y don Pablo), parece que no estén sujetos al protocolo al que está aferrado cualquier español de manual. Sí, sí, ha leído bien: de manual. Porque los españolitos tenemos un vademécum esencial que nos va guiando sobre lo elemental y lo esencial para el bien vivir, y por tal me refiero a esa siempre citada dignidad: casa, coche, pagas extras y merecidas vacaciones en verano y por navidad. ¡Ay, ideológica crueldad! ¿O es sentido común quizás?
Don Pablo y doña Irene, de largos hidrostatos musculares en sentido figurado, han cometido el error de querer ser como el resto de esa gente –de esa «Gente» con derechos de autor– que corean consignas de opciones y de igualdad; continuando con cumplida cuenta con aquel dicho compendio: hipoteca, currar como un esclavo y llegar a fin de mes con una mano delante y la otra detrás. Pero, ¡ay, ideológica crueldad! ¿O es sentido común, quizás? ¿Cómo pueden pretender doña Pablo y don Irene cumplir con lo que su pensamiento político y social les dicta –curiosa esta última palabra– y señalar a aquellos, vaya, que sus dineros se gastan en lujos por mera vanidad humana? ¡Pues consultándolo a sus mesnadas! Y ya hay voces, palabra, que se han promulgado, caso de necesidad monetaria, asegurando que les echarán una manita con la mensualidad de la casa.
No veo mal ni critico, aunque parezca lo contrario, esta ilusión de la parlamentaria pareja; a mí también me gustaría hacerme, aunque no sea en Galapagar, me sirven el Zaudín o en la Motilla, con una choza tal. No echo más cemento del que ellos se han cubierto dejando en calzones su escuela, por mucho que sus más insignes allegados hayan querido, con tretas de trabalenguas, asirles la mano.
Al final, como en el cuento del rey que se paseaba desnudo delante de su pueblo creyendo que vestía primoroso atuendo, así han desfilado delante de todos; y aún, como aquellos súbditos admitían contemplar tan esplendoroso ropaje, todavía hay quien les alaba y les complace que los Iglesia Montero (o Montero Iglesias), vivan a cuerpo del protagonista del andersiano relato. Y los entiendo; los comprendo. Porque representa la kafkiana victoria de que el ideal que arengan es capaz de hacerse con el del capitalista modelo. ¿Ven como sí se podía? ¡Pues claro! ¡Si todo es ponerse a ello!
Ahora les reflexiono en serio. Serio como el rictus que se me queda cuando contemplo cómo es posible que haya pueblo tan ciego y monarcas tan sinvergüenzas que señalando las veleidades ajenas hagan precisamente lo que aquellos. ¿En serio? En serio. Aparte de versiones, de pareceres y de movimientos, ¿todo vale depende del quién? Pues parece ser que sí; a esto podríamos llamarle «hipocresía del pensamiento». Y no lo digo por ser los líderes (o lideresas) de Podemos; esto lo resalto para cualquiera que se sirva del ruin acto de vender humo, mentiras y traición a su electorado. ¿Eh, don Mariano? Aunque, por supuesto, siempre existirán borregos que balen al son del pastor que las dirija con su cayado.
Disculpen, eso sí, y ya finalizo, que con esto de que los protagonistas de este escrito hacen uso y gala de la lengua como les place en el alma, don Pablo y a doña Inés me confundan con su idioma igualitario. Pues eso, doña Pablo y don Inés, que sean ustedes felices con el casoplón agenciado, pero cuando hablen al pueblo, recuerden, no todos son corderos.





