A veces me sorprendo al ver cómo recuerdo detalles de la niñez o de la adolescencia que me vienen a la memoria de forma involuntaria cuando parecía que los tenía olvidados, aunque creo que eso nos ocurre a todos alguna vez. Me pasó recientemente con la escena de una película que vi siendo pequeño en el extinto cine Delicias, “Los dientes del diablo” (1960), protagonizada por el fallecido actor Anthony Quinn, en la que un oso polar se alejaba de su manada porque dada su edad y el estado de indefensión en el que se encontraba, optaba por emprender la marcha hacia un lugar desconocido y morir solo.
Esta conducta también se observa en otras especies animales, como en el elefante y en el cóndor, sin que podamos calificarla de suicidio según los estudiosos de estas cuestiones del reino animal.
Les decía que me vino este recuerdo a la mente cuando leía un interesante artículo de Pablo M. Díez, periodista corresponsal en Tokio, sobre los hikikomoris, una figura que desconocía y con la que se califica el trastorno del comportamiento que sufren algunas personas, consistente en encerrarse en casa, a menudo en una sola habitación, y no salir de ella durante un periodo de tiempo prolongado.
Al pronto pensé que era una secuela más de la dichosa COVID 19, pero quedé sorprendido cuando vi que se trataba de un fenómeno que ya se diagnosticó con este nombre a principios de la década de los noventa del pasado siglo, cuando el sistema de “empleos para toda la vida” quebró en Japón por el estallido de la burbuja inmobiliaria y dejó una legión de parados; desde entonces, el número de hikikomoris no hace más que crecer cada año.
La ciencia médica lo describe como un fenómeno psicopatológico y sociológico en el que las personas se retiran completamente de la sociedad durante al menos seis meses, y se recluyen en el hogar con el objetivo de evitar cualquier compromiso social como la educación, el empleo y las amistades.
Podemos pensar que la causa de ello estriba en la fuerte competencia y sentido del deber que existe en la sociedad nipona, que lleva a sentir vergüenza ante una fracaso laboral o en los estudios, o por el mero hecho de no cumplir con las expectativas sociales tras haber terminado con los estudios universitarios.
No crean que se trata sólo de un fenómeno propio de jóvenes adolescentes: según los últimos cálcúlos del gobierno japonés, hay ya cerca de un millón y medio de hikikomoris con edades comprendidas entre los 15 y los 64 años, y se estima que uno de cada cinco ha aparecido a raíz de la COVID 19.
Hemos citado la vergüenza como posible causa, pero también observan los analistas que una mala relación con la familia, sobre todo con el padre (figura central autoritaria en la cultura japonesa) puede ser el detonante, así como lo es el llevar los valores de Confucio (respeto a los mayores, cumplimiento de la tradición, …) al extremo.
Si una familia tiene un hikikomori en casa, suele ocultarlo y no solicita ayuda psiquiátrica, a pesar de que muchos padecen una clara depresión, desórdenes alimentarios y agorafobia, para no ser mal vistos en el trabajo o no tener problemas a la hora de entablar relaciones, ya que nadie quiere un problema así en su hogar para el resto de su vida.
Hasta aquí el diagnóstico de la situación, que, a buen seguro, ya ha llegado en muchos casos a nuestro país, pero ¿cómo tratarlo? En una época en la que el individualismo está causando tanto daño en nuestra vida cotidiana, los terapeutas nos hacen ver la importancia de la red social: no hay nada como la seguridad que nos aporta una familia unida ante las dificultades, y qué decir de los amigos.
En este sentido, el psiquiatra Robert Waldinger, profesor de la universidad de Harvard y coautor del best seller “Una buena vida” (Ed. Planeta), afirma que el secreto de la felicidad radica en tener salud y contar con buenas relaciones personales: “si tienes buenos amigos, vas a gozar de mejor salud, envejecerás mejor y vivirás más, pues la longevidad viene determinada en gran medida por las personas con las que te relacionas”.
A sensu contrario, vivir solo equivale a fumar diez cigarrillos diarios; la soledad es un detonante del estrés, mientras que la atención al otro es las forma más básica del amor. La atención es un regalo que hacemos. Todos sabemos que quien no pierde el tiempo con los amigos, acaba perdiendo los amigos con el tiempo.
En los momentos actuales, cuando parece invadirnos a todos la fiebre de la “propensión al logro”, en la creencia de que nuestra existencia se valorará por el número de metas alcanzadas, nos solemos olvidar de que la vida no es la suma de objetivos conseguidos, sino el camino que hemos recorrido hasta alcanzarlos o no.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





