Hay temas que escapan a un articulito, no íbamos a tocarlo, es demasiado, es excesivo… el respeto, el dolor, la indignación no caben en un comentario. Mejor centrarse en otros asuntos.
Pero de repente por descuido saltan unos minutos de telediario (viernes noche), y sin querer se oye, ¡cómo no!, algo sangrante antes de mandarlo callar. Ante lo cual ya no se puede callar…
Desde siempre, el relato de uno que alardea de haber sobrevivido a una catástrofe donde otros murieron, el tono triunfante y gozoso como de haber ganado la lotería (a veces incluso haciendo esta misma comparación), pues eso ha resultado muy chocante, por decir poco, para las personas sensibles.
Ya el experimentar ese sentimiento incluso en el fuero interno es algo poco noble (inevitable y humano tal vez, sí; pero poco noble). Supone el sentir una “alegría” justo por haberse librado del luto de otros.
“Schadenfreude” sería el vocablo para designar esta emoción oscura e inconfesable (por una vez, acaso es buena señal que en castellano no tengamos un vocablo para eso. ¿O es al contrario…?). Palabra alemana, muy usada en inglés… y que habrá que empezar a usar aquí. Al menos el emplearla indica conciencia de que la emoción muy noble no es (literalmente significa “alegría a causa de desgracia ajena”).
Porque lo estremecedor, lo terrible, no es ya el experimentar un sentimiento que puede ser involuntario, sino el expresarlo, y contarlo a otros con tanta frescura y hasta casi alardeando de la propia “suerte”.
¿Cómo puede darse esta falta de sensibilidad?
Pero si lo pensamos bien, esta tremenda carencia de humanidad data de antiguo. Muchos recordarán de su infancia aquellas catequesis o reflexiones seguramente bien intencionadas, en las que se nos conminaba a dar gracias a Dios por la suerte que teníamos, siendo niños del primer mundo, “ya que hay muchos niños que se mueren de hambre, mirad estas fotos, y otros que les falta un brazo o una pierna, y otros que tienen la lepra, ¡qué suerte tenéis!”. ¿Teníamos suerte? Los dotados de una capacidad de empatía (palabra que ignorábamos, y que nos hubiera ayudado a explicarnos un poco esa amalgama de sentimientos, aquella desazón) pues después de que nos detallaran tanto aquellas hambres y aquellas mutilaciones que padecían otros, no éramos más felices, sino lo contrario: nos sentíamos peor. Pero parece que se nos conminaba a alegrarnos…
Para las arengas a los soldados, o para los discursos ante los niños, se puede apelar a motivaciones altas o bajas. Invitar a la alegría porque otros sufren más, se pongan como se pongan, es une motivación innoble.
Volviendo a la terrible “actualidad” de estos días. Sí, ya resulta de poco gusto comentar “qué suerte he tenido” en un círculo íntimo, cuando la suerte, ¿cuál es? ¿te han ascendido, has ganado un premio, te ha tocado una rifa? No, tus circunstancias son las mismas, pero algunos seres humanos que tenías justo al lado han muerto de repente – esa es la “suerte”.
Sentirse mejor porque otros están trágicamente peor, bueno, acaso sea a veces un sentimiento humano inevitable, pero no debe ser fomentado (como decían los moralistas antiguos, cargados por cierto de sabiduría, no hay que “consentirlo”). Y ya el colmo de los colmos, la deshumanización absoluta, es presentarlo como “noticia” en un telediario, ya con titulares oficiales: “la suerte que tuvo Fulanito, que por casualidad se fue a otro vagón y no le pilló, entonces qué alegría, qué suerte, ha vuelto a nacer”. Oficializar que eso es una buena noticia objetiva… es habitar ya otros mundos, otros mundos alejados de lo que siempre hemos considerado humano.
Pero, ¿qué vamos a esperar? Cuando la máxima autoridad del Estado suelta las palabras que ha soltado (“¡Siempre habrá accidentes, por bien que estén las infraestructuras!” , ¡dicho en ese momento y lugar!)… es que hemos dejado de habitar en lo que creíamos que era el mundo.
Y “tenemos mucha suerte”.





