Involuntariamente oímos un anuncio, de los que se repiten incesantemente, martilleando con su refrán, y aunque no le hayamos prestado atención, curiosamente esta vez nos quedamos con un cierto deje no desagradable…
¿Le hacemos publicidad gratuita? Es una marca de jamón, y se anuncia con diálogos más o menos cómicos; el último, al que me refiero, dice “¿Pero para qué quieres un jamón? Pues para sobornar al profesor- ¡Hala! Tu jamón…, y ¡todo aprobado!”.
¿Deja esto un halo diferente a la banalidad habitual? Pues sí. Resulta que se ha colado un mini soplo de libertad. Un respiro en esta época de políticamente correcto, no hay que ofender a este ni al otro, ni caer en tópicos, ni nada que aluda a ningún “colectivo” ni a ninguna profesión… nada que se interprete como que señala a una raza o a una minusvalía o a un oficio…
Hay un viejo tópico, al que se alude mil veces en clave de humor, según el cual el modo de aprobar una asignatura difícil es regalarle al profesor por Navidad un buen jamón. Y sorprendentemente, en pleno 2021, una empresa no ha tenido miedo de hacer uso de ese chiste para su publicidad, sin que, hasta el momento (¡crucemos los dedos!), el “colectivo” de profesores y maestros y maestras haya formulado una indignada y mojigata queja, lamentando que pervivan tópicos tan espantosos, y que eso daña su prestigio y su dignidad y su honor… y entonces salte la noticia de la queja y los periódicos se llenen de artículos de opinión “defendiendo” la impecabilidad de “nuestros magníficos profesores” y su buen nombre y su profesionalidad y su dedicación… todo por un chiste inocente.
¿No vivimos tan inmersos en esa mojigatería que hoy lo que destaca es una aislada excepción a la misma?
Hasta hace no muchísimos años, al acervo popular pertenecían infinidad de chistes relativos a las diversas profesiones. El médico era el “matasanos”. Del abogado o leguleyo circulaban múltiples caricaturas. Esto no desprestigiaba a nadie, le ponía un toque de humor a la vida. Era frecuente ver, en la sala de espera de un dentista, un cuadro que reflejaba la cruenta labor de un sacamuelas de antaño. Hoy día los han retirado de casi todas partes, ostentosamente para no herir sensibilidades (y no armonizan, además, con los salones de belleza en que se han convertido los dentistas), pero sobre todo, y esto no lo dicen, porque la actual mojigatería de prestigio y dignidad y honorabilidad y no sé qué más, no admite nota de humor alguno…
(¿No indica más bien una falta de seguridad, cuando de algo no se admiten chistes… algo tan connatural al ser humano?)
Muchos abogados colgaban en sus despachos reproducciones de antiquísimas sentencias en las que se animaba a huir de… los abogados (Ibn Abdum, siglo XI). Esto podría indicar mil cosas. Un respeto por la Historia; la misma crítica severísima indicaba que es una de las profesiones más antiguas del mundo (sí, ésta también), y por tanto difícilmente prescindible. Podía servir de advertencia para el propio abogado; o incluso para acallar, por anticiparse a ellos, los posibles recelos del cliente… Pero en fin, por acudir a lo más simple e indiscutible, es que funcionaba como el cuadro del primitivo sacamuelas en la consulta del afamado odontólogo: una pequeña ironía, un sano reírse de sí mismos, un sentirse eslabón en la cadena de la Historia (es decir, parte del género humano, y no por encima del mismo…)… y en cualquier caso, a nadie dañaba, ni al médico ni al paciente, ni al cliente ni al abogado, una imagen irónica sobre las paradojas de la vida.
Y se podrían citar inacabables ejemplos. La vida estaba llena de chistes, caricaturas, refranes, referidos a esto y a lo otro; de mejor o peor gusto, pero se podía hablar…
En la actualidad, cualquier conversación ligera se hace difícil; hablando con una enfermera que comentaba que su hija estaba estudiando Medicina, al decirle inocentemente: “¡Anda! ¡Qué bien! ¡Todavía más”, me corrigió con severidad:
– No es “más”. Es “diferente”.
Es diferente. Sí, es verdad.
Pero acabemos con otro soplo de libertad – al fin y al cabo, es más rápido enumerar los ejemplos de libertad que los de “corrección”; resulta más grato y terminamos antes. Antes de llegar a La Línea de la Concepción, en la pedanía del municipio de San Roque llamada Campamento, el atónito viajero desde su automóvil puede ver un letrero anunciando una…
“¡RESIDENCIA DE ANCIANOS!”
No de “mayores”, sino de ancianos. Como se dice en el lenguaje popular, que en este caso coincide plenamente con el más exacto de los diccionarios.
¡Viva Campamento, donde mora la única Residencia de Ancianos de que tengo noticia que no se avergüenza de ser tal!





