Ya es hora de poner pie en pared con el acoso escolar. Es hora de negarnos a seguir cediendo antes las canallas exigencias de esta sociedad del “aquí mando yo” —pero sin compás, ni arte ni gracia—. Hay que parar esta escalada de los abusos, que existe aunque usemos, por activa y pasiva, lo de “presuntos”.
Creo, con toda mi alma, que ha llegado la horita buena de comenzar a poner normas en negro sobre blanco para se acaben, de una vez por todas, estos casos que penas y desgracian llevan a tantas y tantas familias. Puede ser que aún estemos a tiempo de arreglar algo. Es posible que aún no se nos haya ido de las manos del todo el cuidado de nuestros menores.
Esto ya no hay quién lo aguante. No hay quién lo soporte. No puede ocurrir ni una vez más que una niña —una niña de catorce años— se quite la vida porque le hagan la vida imposible en el instituto.
—O en el colegio, o en el trabajo, o en la calle…
Pues sí. Porque el acoso es acoso, aunque le pongamos el apellido del bulling o del moobing. Que el acoso existe en la vida escolar y en el trabajo. Y en la calle, que cuando tres cagones se juntan —que solos no valen un duro— se creen que pueden atropellar a quien les venga en gana. Ya está bien. Esto tiene que acabarse ya, sí, sí o sí. Ya hay que dejarse de discursos estúpidos y sibilinos, y pararle los pies a los que deciden quién es del “grupi” y quién no lo es, quién viene con “nosotros” y quién no, a quién le damos el día o de quién nos reímos hoy.
El acoso escolar, o bullying, se define como un “maltrato psicológico, verbal, físico o social, o a través de medios digitales (ciberacoso), que es reiterado en el tiempo por un estudiante o grupo de estudiantes sobre otro alumno, generando un desequilibrio de poder y una intención de dañar a la víctima”.
El acoso es —se haga donde se haga y se sufra donde se sufra— acoso, sin necesidad de acudir a anglicismos: maltrato físico y psicológico —que es el más peligroso, porque cuesta más verlo—, intencionalidad de herir, desequilibrios —porque como son “grupis” o “nosotros” tienen más fuerza que el individuo solo—, humillaciones, faltas de respeto, intimidaciones, canalladas emocionales…
No tenemos más que echar una miradita a nuestro alrededor para verlo. No sólo en el colegio y en el trabajo. También, por ejemplo, en las bodas en las que la listilla de turno decide quién va en su mesa y quién no, aunque la intención de los novios sea otra. O el listo que, usando a otros del “grupi”, ordena quién tiene derecho y quién no a pertenecer a tal o cual grupo o asociación. Este no es un problema solo de los niños. A los niños los educamos los padres y nosotros somos los primeros que usamos estas malas artes.
Hay que proteger a los niños ya. Luego, seguimos con los mayores. Pero los niños son lo primero. Creo. No valen más justificaciones, no se puede dilatar más este asunto, no se puede mirar más a otro lado. El que sea un abusón, que se vaya a su casa a abusar de los que lo han enseñado o se lo han permitido. El que no sea capaz de convivir en una sociedad educada, que se vaya al rincón de pensar. No valen lloros ni rechinar de dientes. Estaremos salvando vidas. En muy poco tiempo hemos pasado del “gafitas cuatro ojos…” a palabras gruesas, que es lo que tenemos día a día, desde la familia al congreso de los diputados, desde la televisión a las redes sociales…
Mientras sigan ocurriendo estas canalladas somos una sociedad fallida. Repito: somos una sociedad fallida.





