La moción de censura de VOX es una estrategia ganadora, aunque aritméticamente no salga adelante. Es ganadora, digo, para los intereses del partido, porque le sitúa en el centro del escenario y le otorga la posibilidad no sólo de evidenciar lo obvio, que está en contra de este gobierno Frankenstein a martillazos, sino que le concederá la posibilidad de exponer sin límite de tiempo su programa de gobierno sin la intermediación (y manipulación) habitual que vemos en los medios de sus propuestas.
En esta ocasión creo que Abascal también será respetuoso con lo que estipula la Constitución, que consiste en que las mociones de censura sean propositivas, en el sentido de que ha de presentar un programa de gobierno que trate de convencer al resto de miembros de la Cámara y no, como fue el caso de la anterior, la de Sánchez, a recopilar las razones por las que el gobierno de Rajoy no le gustaba y debía marcharse, pero sin explicar nada de cuál era su intención.
Es verdad que habría dado igual lo que explicase Sánchez en aquel momento sobre un eventual programa de gobierno, habida cuenta que todo lo que hubiese dicho se lo habría pasado por el forro del mismo modo que viene haciendo desde entonces. De hecho, a lo único que se comprometió sobre su acción futura fue a convocar elecciones de inmediato y no cumplió ni eso, porque estuvo casi año y medio montándose en el Falcon y tirándose por el tobogán de la piscina de la Moncloa… a mayor gloria de sí mismo.
Y se ve que quienes apoyaron aquella moción de censura tampoco tenían el menor interés en conocer nada de las intenciones de Sánchez, sino sólo que el PP se fuese para tener a su merced a ese corcho capaz de vender a su propia madre por mantenerse a flote.
Lo cierto es que cuando quisimos despertar a unas nuevas elecciones, Sánchez, como el dinosaurio, seguía allí…, sólo que con el baúl repleto de embustes y con un pacto con Podemos que en la campaña electoral prometió que jamás haría. Y luego, a todo ello, por si fuera poco, le añadió un despelote de apoyos del fascioparticularismo, del fascioterrorismo y del fasciocomunismo. Si eso no es polarizar la política española, que baje (mejor que suba, porque andará ese canalla en el infierno) Largo Caballero y lo vea.
Casi no hay día que no escuchemos a un tertuliano o a un ministro calificar de «extrema derecha» o acusar de «fascismo» a la formación de Abascal, cosa absolutamente impropia desde cualquier punto de vista; es decir, que se trata de un escupitajo al ojo y no puede revestirse de análisis ni de reflexión lo que no es sino un intento hiperbólico de faltar al oponente sin rigor alguno. Tan es así, que por el mismo pasapuré tratan de colar los susodichos al PP y a C’s, como podrían hacerlo con Churchill y con JFK.
Pero que un comunista tache de fascista a quienes pactan con VOX es materia muy risible después de revisar el pacto de Hitler con Stalin, entre Ribbentrop y Molótov, que se mantuvo hasta casi dos años después de iniciada la Guerra y que contenía cláusulas secretas que se descubrieron al terminar la contienda, aunque Stalin siempre lo negó… Hasta que, al fin, en la Nochebuena de 1989, el Congreso de los Diputados del Pueblo de la Unión Soviética condenó aquellos protocolos cuya existencia habían ocultado los viejos diplodocus pese a las flagrantes evidencias encontradas por las fuerzas británicas tras la toma de Berlín.
La hipocresía y el cinismo de esta gente no tiene parangón y ya Lenin había hecho su elogio de la mentira al declararla «un arma revolucionaria». La segunda técnica del comunismo es que cuando te descubran en el embuste, lejos de reconocerlo o hablar de ello, emplees tus energías en descalificar a tu oponente y «si las malas noticias no puedes negarlas, inventa otras que desvíen la atención». Díganme si coincide o no con lo que vemos a diario, que no hay quien descanse con tanto embuste y tanto disparate, porque cada mañana necesitan tapar alguna mentira o algún disparate anterior.
El PP tendrá que posicionarse y luego tendrá que explicar y hacer valer su justificación, pero dará igual lo que haga, porque les van a seguir tachando de ser la ultraderecha con la misma gratuidad y les asestarán los gorrazos que ya vemos se pongan de espaldas, de frente o de perfil. Sea como fuere, quien no va a precisar justificación alguna serán Santiago Abascal e Ignacio Garriga, que tendrán todo el tiempo necesario para sacar los colores al gobierno y para presentar sus propuestas ante la Cámara y ante los ciudadanos. Al menos, hasta la hora de los telediarios, cuando empiecen a parir su manipulación…
He dicho.





