Hace unos meses no salía de mi asombro a leer una noticia que decía que se había traducido al andaluz la famosa obra de «El principito», de Saint-Exupéry. Lo cierto es que me interesé en buscar qué era de aquella otra de trasvasado lenguaje que firmaba un señor de nombre Juan Porras (en andalú , Huan Porrah).
Tras leer el desatino, me quedó muy claro que hay mentes –con títulos oficiales y todo colgando en sus paredes– que han perdido el norte con tal de crear un hecho diferencial que nos distinga de lo español. Y miren ustedes, después de escocerme los ojos con parte de la lectura de esta ignominiosa burla a mi lengua andaluza, que no es sino la española pero con la gracia de un acento tan peculiar como distinto según la provincia, me acordé de nuestros escritores y poetas insignes –¿hace falta nombrarlos?– que utilizaron una de los más bellos y completos idiomas para crear verdaderas maravillas inmortales de la literatura.
Desde Almería hasta Huelva, ¿han escuchado ustedes la sonoridad del habla nuestra? No importa si es de Jaén, de Córdoba o Granada. Igual da si es de Sevilla, Cádiz o Málaga. ¿No han notado la dulzura, el donaire, la luz de las palabras de este idioma mío cuando un andaluz lo trata?
El andaluz, señores y señoras, es el más hermoso hijo de la vieja lengua castellana. Dicho queda y quede escrito, que de esto no se arrepiente y así lo firma este que suscribe, quien ambas en una ama y habla.
El andaluz, señoras y señores, que ha servido de chanza, que se imita para hacer la humorada y señala al que lo usa como un cateto de la profunda España, es como un rico edén de expresiones; tantas como pueblos blancos visten la verdura de esta tierra de santa paciencia y tan maltratada. Que si aquí convertimos las zetas en eses y las jotas en haches, es porque hay arte para convertir el insigne idioma del Quijote de Cervantes en la plástica lingüística de la Poncia lorquiana.
El andaluz es el versión más universal del español, así como se lo digo; tanto como el flamenco se ha convertido en la expresión artística más representativa de este país. No, no crean que me haya dado un ataque de andalucismo patrio –matrio, le dicen algunos tan perdidos como el autor de «Er Prinzipito»–. Lo que digo es la realidad patente de la importancia de este pueblo mío, que tanto sirve a algunos de ejemplo del buen vivir y el mal cumplir. Mala es la envidia que no es sana.
El andaluz, como seña de identidad de la cultura a todos los niveles posibles, deja también la impronta de la poesía que lleva implícita en su ser. A usted, que me honra al leerme, que utiliza el mismo acento que los hermanos Machado, Altolaguirre, Pemán, Ganivet, García Casado o de Loxa, y hace uso de esta lírica, quizás sin saberlo, quiero hacerle una propuesta: Escúchese leer. Lea en voz alta un texto de Bécquer, de Villaespesa, de Juan Ramón Jiménez… Si no, detenga sus oídos en las conversaciones comunes que se dan en la calle; esas de medidos tonos, sin estridencias. Note cómo, de esta suerte de dialecto en el que nos comunicamos, se enamoran las palabras.
No se echan en falta las perfectas grafías acústicas que están establecidas sino, al contrario, como una mujer en un mantón de preciosa tela, así se envuelven en la voz andaluzada.
Sin tener vergüenza de nada, yo hablo andaluz. El andaluz de mi tierra gaditana que tanta gloria diera a las letras, como el de aquel marinero en tierra. Yo hablo andaluz, como español de esta tierra sureña, con orgullo de servirme del uno y del otro: mi acento y mi idioma. Mi andaluz es el de Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Julia Uceda, Luis de Góngora, Carlos Edmundo de Ory, de García Lorca. Ese es el andaluz que yo hablo: el que embarga.





