Decíamos que no se reacciona apenas ante los múltiples incendios que ocurren en los aparatos eléctricos que nos imponen; con lo que la cobertura exagerada y sensacionalista del brevísimo y casi inocuo fuego del sábado en el atrio de una iglesia de Sevilla (acusando a “las velitas en las iglesias” de ser peligrosísimas y ya clamando por su total eliminación) resulta de una desproporción nada inocente.
Pero, para que veamos lo injusto e interesado de estas voces que ahora claman “contra las velitas”, no tenemos ni que sacar a relucir los incendios de coches eléctricos o similares. No hay ni que salirse del asunto “velas”. ¿Quieren que hablemos sólo de velas? Pues hablemos de velas.
Todo lo que el mundo católico fue descartando desde los años setenta (acaso desde antes), todo lo que fue desechando como “cosa de viejas”, en su ansia por ser muy moderno… pues todo eso, años después, volvió a aparecer, pero, eso sí, puesto de moda por el mundo de los psicólogos, autoayudas, coaches, y además figurando como si lo hubieran inventado ellos.
Un ejemplo notable es el concepto del luto. Ridiculizado e incluso estigmatizado desde que podemos recordar (hasta el punto que si se decía “Pues voy de luto por mi madre”, la respuesta segura del sabihondo de enfrente, lanzada como cosa dogmática, era: “Pues yo el luto lo llevo por dentro” – o sea: “Soy más listo que tú. Qué desgraciada eres, que además de haber perdido a tu madre, eres tonta y atrasada”), pues resulta que en el siglo XXI el mundo de los psicólogos-autoayudas… ¡descubrió el concepto del duelo! “Hay que hacer un duelo, hay que hacer el duelo”, no se les cae de la boca. Después de unos cuarenta años de insistir en el optimismo a ultranza y en el pensar en positivo, de repente se dieron cuenta de que “hay que darse permiso para estar triste”, y que ante una pérdida “hay que hacer un duelo” (no emperrarse en la felicidad a ultranza –como ellos mismos fomentaron durante años- sino aceptar un período de dolor). Pero a lo que íbamos: a nadie se le ocurre reconocer que la tradición cristiana tenía razón. Y que la costumbre de vestir de luto era de una enorme sabiduría y eficacia. Hasta psicológicamente se comprende: exteriorizar el dolor es un modo de descargarlo, de encauzarlo, de no asfixiarse en él. También es como una petición de respeto. Decir “el luto lo llevo por dentro” es un absurdo lingüístico; por dentro se lleva el dolor. Hasta los límites que se fijaban para ir de luto (un año, tres meses), al canalizarlo, resultaban sanísimos. Desde el punto de vista actual, sobrecargado de coaches y de terapeutas, podían reconocer que la Iglesia Católica se les adelantó en enseñar a sobrellevar la muerte de los seres queridos. Y sobre todo: la propia Iglesia podía empezar a valorar sus propias tradiciones ancestrales, y dejar de desecharlas como cosa anticuada ¿no ven que, costumbre que desechan, costumbre que adoptan otros, y encima como erigiéndose en sus inventores?
Y ahora llegamos a las velas. Pero, ¿no ven dónde están hoy día las velas? En las consultas de coaches y terapeutas (donde a menudo también hay incienso), y en los lugares de masajes y meditaciones orientales, en los estudios de fotógrafos… en toda esta rebujina artístico- espiritualista, de bienestar, de meditación, adoptan la belleza de las velas. Aparte, las cadenas de tiendas extranjeras, los Ikeas, las tiendas de decoración centroeuropeas, han puesto de moda algo que no se daba en España en el siglo XX: las velas en las casas particulares (lo más peligroso de todo).
Si las velas son tan peligrosas, ¿por qué no se eliminan de todos esos lugares? Porque las que puedan quedar en una iglesia son residuales.
En la catedral de Westminster, en Londres, un español cuarentón muy bien educado en que “el cristiano moderno tiene que ser mú mohéhno y dejarse de velitas y tonterías”, puede sorprenderse al leer en un lateral, un letrerito instructivo junto a las velitas, donde se explica su sentido. “Se enciende una y se hace una breve oración; luego uno se va, pero la luz de la vela sigue brillando. Como símbolo de devoción, es hermoso que haya un recordatorio físico, palpable, de nuestra fe en la misericordia de Dios…” viene a decir. Puede que ese español al volver a casa, deje de reírse de “las velitas de San Judas”, e incluso que las mire con respeto.
Si las dejan.
No se decreta la eliminación de lo peligroso, sino de lo que se considera superfluo (si no, todo estaría prohibido, pues no hay objeto que no pueda salir ardiendo, especialmente todo tipo de electrodomésticos y más aún los nuevos dispositivos. Por cierto, el mayor peligro de ese tipo de velas es el plástico que las cubre, bastaría con quitárselo).
No se prohíben los deportes de riesgo, ni los viajes de aventura; ni queremos que se prohíban, ¿quién decide lo que es superfluo o necesario para el corazón de una persona?
Si alguien se cree con autoridad para decretar que las velas, velas de verdad, ante el altar de un santo, son cosa superflua… pues que lo piense un poco. Yo no me atrevería.
Los coaches y psicólogos y masajistas orientales, ellos las van a seguir teniendo.





