Este gorigori sabe a carne y membrillo de Puente Genil, centro geográfico de Andalucía, entre los reinos de Sevilla y de Córdoba. Puente Genil, pueblo que se funda en la primera mitad del siglo XIX, durante la regencia de María Cristina, tras la fusión de La Puente de don Gonzalo —de la cordobesa Casa de Aguilar— y Miragenil —perteneciente a Estepa—. El río Genil separaba estas dos poblaciones que decidieron unirse porque así se hace la fuerza, que dice el refranero popular. El margen derecho del río, lo que era El Pontón de don Gonzalo y el izquierdo, Miragenil con su antigua plaza de toros, tendieron puentes y de ahí viene Puente Genil.
En el pueblo del Teatro Circo y del Casino Liceo Mercantil nacieron Antonio Sánchez, el Niño del Genil, que formó compañía flamenca con sus hijos: Antonio El Malagueñito, Adelita Sánchez y Juanito Carne Membrillo; el Maestro Chicano y su cante racial; Pedro Lavado, maestro en los cantes abandolaos; Manuel Jiménez Rejano: y Antonio Fernández Díaz, Fosforito, que ayer cruzó el río de la vida a la muerte en la mítica barca de Caronte, haciendo un cante por seguiriyas.
En Puente Genil vivieron durante mucho tiempo Diego Bermúdez Cala, El Tenazas, —el que se trajo, con setenta y dos primaveras bien cumplidas, el primer premio de Concurso de Cante de Jondo Granada de 1922—; y Antonio Ranchal, magnífico intérprete del Fandango de Lucena, donde nació.
Fosforito se ha ido a los cielos de los flamencos grandes con mil reconocimientos más que merecidos. Señalaremos algunos, que todos no caben en este canto al cante del maestro: ganador absoluto de todas las secciones del I Concurso Nacional de Cante Jondo de Córdoba (1956): Premio Nacional de Cante de la cátedra de flamencología de Jerez en 1968; II Compás de Cante (1985); Premio Ondas de 1998; Premio Pastora Pavón, Niña de los Peines, de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía en 1999; V Llave de Oro del Flamenco en 2005; Medalla de Andalucía en 2006; Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes en 2007. Y un sinfín más de reconocimientos de peñas flamencas y ayuntamientos como el que le tributó la Semana Cultural de Actividades Flamencas de Paradas (Sevilla) en el año 1994.
Antonio Fernández ha sido un maestro en el flamenco. Un maestro en el más amplio sentido de la palabra, pues desde el escenario y desde las grabaciones supo mostrar las variedades de cantes y estilos que componen el flamenco. Fosforito no era gitano, ni falta que le hizo, para regalar a los aficionados una de las discografías más completas de este arte. Así, como el que no quiere la cosa. Y poniendo cada cosa en su sitio y explicando los por qués y los cuándos. Geniales eran sus conferencias ilustradas, tan en boga en los años ochenta y noventa del pasado siglo. Ahí había que entregar la cuchara con Fosforito porque además de hacerte disfrutar de su arte te transportaba al momento exacto de cada tercio, transmitiendo la cultura flamenca como muy pocos.
Se nos ha marchado a los noventa y tres años desde Málaga. Siempre las aguas —del río o de la mar— en su vida de flamenco honrado y por derecho. En Málaga vivió desde su adolescencia y la provincia y la ciudad supieron agradecerlo con reconocimientos y homenajes, que no todos los días tienes de vecino a un maestro del cante eterno.
Sus formas y sus modos son un referente para los flamencos de hoy en día. Un flamenco que trascendió con su obra lo de ser cantaor. Se ha muerto y se irá mirando a la cara a su Jesús Cautivo, el San Pablo, entre olor a cera fundida e inciensos. Y canturreando las cosas que aprendió en Puente Genil de niño y que luego él se encargó de repartir por todo el mundo. El flamenco está de luto. Y Puente Genil. Y Málaga. Y el mundo entero.





