Así de mal se traducen las palabras de Trump. Así perdemos los matices, el sentido – así perdemos en definitiva la lengua española.
En el proceso de deterioro de nuestro lenguaje – este terrible proceso, aquí sí que conviene este adjetivo, que arrastramos desde hace años-, el elemento más peligroso es el que se refiere a palabras en apariencia parecidísimas en inglés y en español, pero que en cada idioma tenían su especial matiz.
“Great people but a terrible leadership”. Esto debe traducirse por ejemplo así: “Un gran pueblo, pero con pésimos gobernantes”. “Terrible” en inglés es un adjetivo muy empleado, que indica algo malo, sí, pero no tan extremo. Se dice: “a terrible idea”, “a terrible plumber” cuando nosotros diríamos: “es una idea pésima” o “es un fontanero malísimo”. En inglés, “terrible” transmite la idea de ineficacia, de torpeza… Se dice por ejemplo “We are terrible at predicting our future”, sin connotación alguna de horror ni de espanto, sino simplemente implicando que el futuro tiene tantas variables que lo solemos predecir muy mal.
En castellano, “terrible” es un adjetivo más fuerte y emocional, más unido a su sentido de “terror” y a su compañera la tremenda palabra “terrorismo”. “He pasado momentos terribles” se referirá a cosas realmente graves, espantosas, a un incendio, una catástrofe, un horror. Para decir que el fontanero ha dejado el lavabo peor que antes no empleamos una palabra tan dura; en todo caso decimos que “lo ha hecho fatal”.
(Y aquí tropezamos con otro vocablo, “fatal” que también existe en inglés pero también con otro significado. La obsesión de la sociedad moderna por “saber inglés”, como sinónimo de primer deber del ser humano, es ya enfermiza; pero siquiera por amor a la lengua inglesa – ya que amor a la propia española hay muy poco – pues debíamos esforzarnos por no perder los matices, pues así vamos a perder el encanto tanto de una lengua como de la otra).
Claro que en el caso que nos ocupa, muchos pensarán, pensaremos, que ciertamente nuestros gobernantes son terribles; eso es cierto. Se merecen el calificativo con toda la carga emocional y catastrófica que tiene en buen castellano. Pero eso es aparte. Aquí nos centramos en que, cuando se traducía bien, pues la expresión “terrible leadership” corresponde a “pésimos gobernantes”.
Y aunque en este caso, el mensaje no cambia demasiado (dadas las circunstancias, dado que muchos creemos que, traducciones aparte, nuestros líderes son terribles en verdad), pues queda manifiesto que las pésimas traducciones actuales pueden tener hasta consecuencias políticas.
Así pues, tenemos que contemplar cómo se pierde otra notable palabra castellana. Siguiendo la senda de “aplicar” (para los jóvenes ya tiene el significado de “solicitar” – un barbarismo rotundo nacido de la ineficacia al traducir), de “honestidad” (por “sinceridad”), de “condición” (por “afección médica”) de “considerar” (por “plantearse” o por “tomar en consideración)… tantas y tantas.
Otras deformaciones tal vez no son tan claras pero, para quien ama las palabras, no menos dolorosas. En castellano se podía decir: “En su discurso manifestó una vigorosa defensa de tales valores”. Ahora, mal traduciendo “robust”, dicen “una robusta defensa”. Es una cuestión de matices; etimológicamente es lo mismo, pero en la lengua castellana la robustez se dejaba para lo físico, y en cambio “vigoroso” admitía aplicaciones en sentido figurado.
Admitimos que la lengua evoluciona. Pero eso hay que dejar que lo haga el pueblo, el uso natural. Es el pueblo el que misteriosamente reviste adjetivos parecidísimos de connotaciones diferentes. Por ejemplo, este adjetivo “fatal” recién mencionado sin querer. Etimológicamente significa lo mismo en inglés y en español, se refiere al “hado”, viene a querer decir “esto es inevitable, lo quiere el destino, no se puede luchar contra ello”. Estrictamente hablando significa eso, sí. Pero resulta que en español, el uso continuado de esta palabra finalmente ha aflojado mucho su carga de fatalismo; ha pasado a ser casi un sinónimo de “mal”. Para decir que un ejercicio está mal hecho, pues nos sale: “Este ejercicio está fatal”. Es el pueblo, en su evolución natural, el que lo ha decidido así. Mientras que en inglés, “fatal” conserva, valga la redundancia, toda su carga plena de fatalismo.
En fin, en español también decimos “un desenlace fatal”, con significado de muerte; aquí la palabra recupera su carga tremenda. Pero no impide su alegre uso cotidiano como sinónimo de mal. “Me encuentro fatal”, comentamos ante un simple resfriado.
Por comparar los dos vocablos, “fatal” y “terrible”: podíamos decir que cada uno ha tenido una evolución inversa, en uno y otro idioma. En español, “fatal” lo hemos aligerado, lo usamos alegremente para todo. Y en inglés, “terrible” es el vocablo que han domesticado y lo emplean hasta para cosas menores.
Pero, ¡cuántas cosas oímos a lo largo del día que nos chirrían! Tal vez no todas estrictamente incorrectas, pero sí raras, forzadas, fruto de una traducción automática de “inteligencia artificial”. De repente una pantalla que sin que se lo preguntemos se obstina en anunciarnos la previsión meteorológica, nos indica oficiosamente : “Calidad del aire: razonablemente buena”. Pero en español eso suena raro, lo lógico es decir “bastante buena” ¿Tan servil hay que ser, copiando esa expresión de “reasonably good”? O “tacón sensato” (por “sensible shoes”), ¿cuándo en español se ha dicho eso? Se habla si acaso de “zapatos cómodos”. O el uso machacón, excesivo, molesto de “significativo, significativo”, cuando en castellano es más habitual decir “notable”, “un notable aumento de peso”.
En fin, con la generalización de la “IA” tristemente podemos decir que este es un alegato sin mucha esperanza. Pero los que defendemos la lengua española (y amando también las otras) tenemos la obligación de presentarlo.





