Hoy vamos a cambiar de tercio y para ello les traigo, con todos los respetos del mundo, una receta de mi pueblo, Paradas, y que es ideal para estos días de fríos y lluvias. Se llama ajo molinero y es, básicamente, un gazpacho caliente para tomar en los meses de invierno. Lo he comido muchas veces cuando era niño. Su sabor, ligero e intenso a la vez, me lleva a la infancia y a mi pueblo. Lo que hoy les traigo es una receta típica de nuestras madres y nuestras abuelas —pues hoy en día son pocos los que se atreven con ella y ha quedado en el recuerdo—. Además, como usted puede suponer, es una comida muy económica, que antes en los pueblos, ni en las ciudades, no se estaba para excesos ni para comidas de empresa-amigos-grupo de WhatsApp un fin de semana si y al otro también. En definitiva, una comida de pueblo en la que se aprovechan los productos que da el campo, siempre tan presente en nuestras vidas.
Como hemos apuntado, el ajo molinero es fundamentalmente un gazpacho, pero para tomar en invierno y poder combatir el frio. Una sopa, en definitiva. Y con su permiso, querido lector, paso a relatarle cómo se prepara y cómo debe comerse, que también es importante esto último.
Lo primero que nos hace falta para cocinar esta receta es un paraguas con mango curvo. Si, si, no me mire usted así… un paraguas —de mango curvo, muy importante— y salir a la puerta de la calle para coger un par de naranjas agrías de alguno de los naranjos. Nos valen los de la calle Olivares, los de la calle Larga, los de la calle La Puebla o los del Porche, rincones de Paradas, el pueblo en el que nací y en el que espero rematar la faena.
Tomamos pan blanco de hogaza —que la calle Horno huele a eso, a tahona y a pan recién hecho en la sangre que corre por mis venas— y lo remojamos en agua clara y abundante. A la hora de ponerlo en un lebrillo de barro cocido lo escurrimos para que quede lo más seco posible. A continuación añadimos un diente de ajo —para los que les gusten los sabores más fuertes, también le caben dos— y pimiento de ñora —que en Alicante y Murcia aprendieron a secar los pimientos al sol—, que si lo hemos remojado previamente desprenderá todo su sabor más fácilmente. En el lebrillo añadimos un poco de sal y un chorreón generoso de aceite de oliva, que por estas tierras vamos bien de este producto que el olivo nos regala. Y a machacar se dijo, a majar con la machacadera de madera el majado, que aquí sí vale la redundancia.
Cuando tenemos todos los condimentos bien finos y mezclados lo llevamos al fuego, al perol. Aquí hay una tecla importante y tenemos que estar muy atentos de que no hierva, pues tenemos que apartarlo antes de que llegue a su punto de ebullición.
Lo servimos en un plato hondo acompañado de pan tostado, que hay que empezar a comerlo con sopones y terminarlo a cuchara. En el entre tanto es cuando le añadimos un poco de zumo de naranja agria. Aquí hay que tener especial cuidado con no chuparse los dedos tras exprimir la naranja, pues las morisquetas pueden ser de antología. Recomiendo que en caso de hacerlo, que no haya nadie delante, porque si no, ya tiene la conversación del almuerzo y el cachondeíto del personal.
Para acompañarlo, ¿qué le digo? Yo siempre lo tomé o con un vaso de agua o con uno de Konga, pero un tinto potente le tiene que venir como anillo al dedo.
Ya solo queda que usted se ponga manos a la masa y cocine un plato típico de Paradas —el ajo molinero—, lo prueben y me cuenten qué tal les ha ido la experiencia.





