¿Quién es capaz de conocer Sevilla en una sola visita o con un solo libro? Como el sediento que bebe de una fuente, al hacerlo, es mucho más lo que dejamos que lo que tomamos. Nuestra ciudad presenta muchos aspectos, según la diversa capacidad de los que se acercan a ella, pero la multiplicidad de sus facetas hace que todo el que la estudie o visite vea en esta urbe algo que le maravilla.
Considere quien a Sevilla se acerque, que no puede abarcarla toda, pero que es de agradecer haber podido siquiera vislumbrar cualquiera de sus tesoros sin entristecerse por lo que aún le queda por conocer. Ya habrá otra ocasión, que no debe beberse de un sorbo lo que no puede ser sorbido de una vez, ni se debe desistir de lo que debe tomarse poco a poco.
Andaba yo en estas reflexiones mientras leía “Los cielos que perdimos” de Joaquín Romero Murube, y quedaba prendado de la descripción que el insigne autor palaciego hace de algunos viajeros franceses por el sur de España, mientras pensaba que hubo además otros personajes nacidos en las Galias en el siglo XIX y que influyeron sobremanera en el devenir de nuestra ciudad
El primero de ellos, Jean de Dieu Soult, mariscal de Francia, destacado combatiente en las guerras napoleónicas, enviado a España a finales de 1807, nombrado por el corso comandante general de las fuerzas francesas en nuestro país y general en jefe del ejército en Andalucía. Fue durante esta época cuando reunió una valiosa colección de cuadros españoles, robados a sus legítimos propietarios durante las campañas militares, de autores como Alonso Cano, Murillo (algunos de los frescos que contemplamos en la iglesia del Hospital de la Caridad son copias) y Zurbarán (tres pintores nacidos en el reino de Sevilla), entre ellos la Inmaculada “de Soult” de Murillo (Museo del Prado). Tras su muerte fue vendida al Louvre en 1852 por 615.000 francos, precio récord en la época, si bien terminó retornando a España en 1941 gracias a un acuerdo de canje entre los gobiernos español y francés.
Importantes museos franceses, ingleses y americanos, además de coleccionistas privados, poseen actualmente una enorme cantidad de obras españolas cumbres del arte, cuyo origen está en el expolio sistemático que realizó dicho mariscal francés en iglesias y conventos españoles, principalmente en Sevilla. Más preocupados por la supervivencia que por la conservación de nuestro patrimonio, no tenemos conocimiento de que hubiera resistencias heroicas ante tamaño desaguisado, lo cual, unido a la proverbial indolencia del sevillano, favorecieron estas pérdidas para nuestra ciudad.
Un segundo personaje francés, Teophile Gautier, uno de los autores más importantes del Romanticismo, en su visita a Sevilla durante el verano de 1840 dejó escrito que “quien no ha visto Sevilla, no ha visto maravilla”. “Sevilla – dice – es una ciudad grande, difusa, toda moderna, alegre, riente, animada y que debe, en efecto, parecer encantadora a los españoles”, curiosos calificativos emitidos por un hombre que había viajado por toda la Europa de su tiempo.
Gautier describe el sentido de la vitalidad hispalense exaltándola hasta la exageración, siendo admirable su visión psicológica sobre Sevilla cuando afirma que “El ayer no le preocupa; el mañana, menos todavía: ella es sólo presente”, penetrante, agudísima y certera visión del escritor galo sobre nuestra ciudad.
Desde un subjetivismo apasionado como buen romántico, afirma de nuestra catedral que es “una montaña excavada, un valle boca arriba”, y de las mujeres sevillanas que “justifican su reputación de belleza, con ojos rasgados hasta las sienes, rodeados de largas pestañas negras, que producen miradas como relámpagos insostenibles”. Imagínense los lectores el efecto que estos escritos, leídos en toda Europa, produjo en el afán por visitar Sevilla.
El tercero de los personajes franceses que merece la pena considerar es Alexandre Dumas. El autor de “El conde de Montecristo” visita la ciudad de la Giralda en 1854, precedido de su fama como literato y se le agasaja con bailes, fiestas y hasta una corrida de toros.
En sus memorias refiere una experiencia inolvidable: el disfrute de un patio sevillano en plena noche, con plantas, flores, mármoles, un fondo de silencio y un cielo lleno de estrellas, “tan cercano, tan inmenso, que nos da la sensación de que nunca hemos visto un cielo tan hermoso, tan al alcance de nuestras manos”. Dumas descubre una profunda, desconocida e intensa voluptuosidad ente flores, sombras, luceros y perfumes, la misma que aún buscan nuestros visitantes ya entrado el siglo XXI.
Por limitaciones de espacio, remito al artículo de la semana que viene unas breves reseñas de otros tres personajes franceses decimonónicos, dignos de tener en cuenta: Prosper Mérimée, Antoine d’Orleans (duque de Montpensier) y Auguste Peyré.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Cada día me gustan más tus artículos.
¿Cómo dedicándose toda una vida a las finanzas se puede ser tan polifacético?
Gracias por compartirlo.