La pandemia que estamos padeciendo ha puesto de manifiesto nuestra vulnerabilidad, dando lugar a algo tan natural como el miedo: a contagiarse, a quedarse sin empleo, a perder a un ser querido, al sufrimiento de vernos en una UCI,… al fondo de todo, a la muerte.
Desde antes de mi etapa como estudiante de Psicología, me he interesado por todo lo relacionado con el miedo: su origen, su activación, su regulación, cómo sus motivos van cambiando con la edad, cuándo se vuelve patológico, las estructuras orgánicas donde reside, los tipos de respuestas fisiológicas, su consideración como eximente de responsabilidad criminal en un juicio cuando se trata de un miedo insuperable, y cómo no, su tratamiento.
Hoy quisiera reflexionar sobre una patología clasificada dentro de los trastornos de ansiedad: La fobia, temor fuerte e irracional de algo que representa poco o ningún peligro real. Su interés clínico radica en que puede resultar muy incapacitante para algunas personas, que ven limitada su libertad a la hora de tomar decisiones, por lo que les afecta a su calidad de vida.
Normalmente la fobia es un temor desproporcionado, incontrolable, persistente en el tiempo, no asociado con el desarrollo evolutivo de la persona y que le lleva a adoptar conductas de evitación.
Las fobias se encuentran divididas en tres tipos: Agorafobia, Fobia social y Fobias específicas. La primera es el temor a verse en una situación en la que pedir ayuda pueda resultar difícil o embarazoso. La Fobia social es el temor o ansiedad a las situaciones de interacción social en las que la persona pueda sentirse analizada por los demás. Por último, la Fobia específica es el miedo o ansiedad circunscrita a objetos o situaciones concretas, y es de esta última de la que quiero hablarles.
De todos son conocidas las fobias a los animales (zoofobia), a las alturas (acrofobia), a la sangre (hematofobia), a estar encerrados (claustrofobia, no todos los que evitan subir en un ascensor lo hacen por amor al ejercicio físico), a las tormentas (brontofobia), a volar (aerofobia), a estar solos (eremofobia),… En todos los casos, el miedo no lo suele producir directamente el estímulo fóbico, sino la supuesta consecuencia que tendría exponerse a él, donde juega un papel crucial el factor hereditario, porque, casi siempre, la fobia es heredada. La persona que la sufre es consciente de la desproporcionalidad de su reacción, pero no puede evitar sentir temor, y, por consiguiente, ansiedad.
Sin embargo, en mi modesta opinión, hay dos mal llamadas fobias que no encajan en estos parámetros: La xenofobia o rechazo hacia las personas extranjeras, y la aporofobia, o temor irracional a las personas indigentes o muy pobres, ya que en estos dos casos lo que prima es un rechazo social basado en un juicio de superioridad que lleva a la discriminación de otra persona.
Tanto el xenófobo como el aporófobo no se ven a sí mismos como tales, sino como personas en posesión de una verdad irrefutable que no admite debate. Por cierto, si de verdad se tratara de un trastorno de ansiedad, ¿conocen a alguien que haya solicitado tratamiento profesional a un psicólogo o psiquiatra para “curarse” de alguna de estas dos “fobias”?
En relación con los extranjeros, muchos se sorprenderían si conocieran las cifras reales de personas que vienen y se quedan a residir en nuestro país, sus orígenes, su formación, lo que pueden aportarnos, las historias familiares que dejan atrás, las condiciones laborales que aceptan. Extranjeros también son nuestros jóvenes cuando deciden buscar un empleo acorde a su formación fuera de España, y lo dice alguien con un hijo casado con una francesa residente en Francia, y una hija prometida con un italiano residente en Nueva York.
En cuanto a los pobres e indigentes: ¿de quiénes estamos hablando? ¿Cómo podemos ser capaces de juzgar a alguien sin conocer las causas de haber llegado a ese estado de humillación que le lleva a pedir de comer? ¿Es que no nos ha enseñado la pandemia que podíamos ser uno de nosotros?
Por si resulta de utilidad, traigo a colación una de las frases de Teilhard de Chardin, religioso jesuita, paleontólogo y filósofo francés, que más me ha ayudado a cambiar mi mirada sobre el otro cuando lo veo muy diferente a mí: “No somos seres materiales con una dimensión espiritual, sino seres espirituales con una dimensión temporal humana. El ego está abocado a morir. El ser espiritual permanece”.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Que razon llevas, Alberto, creo que nadie nos libramos de padecer algunn tipo de fobia y mas, en este tiempo de pandemia.. las fobias te cohartan y te hace la vida mas dificil en detrimiento a veces de la convivencia, pero la xenofobia y la fobia a los mas pobres, esas no son admisibles por el daño coleteral que puede producir en estos. Muy buen articulo, Alberto. Felicitaciones.