Son días —de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos— en los que la cal trabaja en los cementerios blancos. Se limpian lápidas, se friegan tumbas y se llevan flores a los que nos han precedido en el último viaje. Por eso hoy, quiero traer un ramito de violetas en la voz de Luis de la Pica —“¿Quién…?”— a los toreros que dejaron vacío, hueco, el redondel.
Nos acercamos al torerísimo barrio de San Bernardo, arrabal de la Puerta de la Carne, a llevarle claveles rojos, salpicados de lirios morados, a Curro Cúchares, el que le dio el nombre a este arte, “la fiesta más culta que hay en el mundo”, “riqueza poética y vital de España”, en palabras de Federico García Lorca.
Luego, cogeremos el tranvía número 13, con su placa negra, para acercarnos al cementerio del Rey don San Fernando. Allí está José —junto a su hermano Rafael y a su cuñado Ignacio— petrificado en el bronce que talló el valenciano Mariano Benlliure. Y El Espartero, con la columna del toreo partida en dos —que “Nació para el arte” y “murió por el arte”—, entre los versos de Fernando Villalón —“Giralda, madre de artistas, / molde de fundir toreros, / dile al giraldillo tuyo / que se vista un traje negro. / Malhaya sea Perdigón, / el torillo traicionero”—. Y El Pasmo de Triana en un mausoleo cubista de mármol negro, tras su cita con el anochecer en los campos de Utrera y el plomo. Y Francisco Rivera Paquirri, dándole el pecho al toro de la muerte. Y Manolo González, mármol y bronce, con un niño sujetando para los restos un estoque torero. Y el rubio Pepe Luis, con su eterno cartucho de pescao. Y Manolo Vázquez, citando de frente y con los pies juntos en el tercio de la Maestranza.
En el mundo del toreo, la muerte y la vida se dan la mano, como el cloroformo y la gloria, como la camilla y el hule y el descerrajar la puerta grande. La profesión más bonita y más difícil del mundo. El arte más mejorado de cuantos hay, porque aquí todo es verdad rotunda de clarines y oles al viento.
En Córdoba, dejada atrás Écija, tenemos que presentar nuestros respetos al Monstruo, a Manuel Rodríguez Sánchez, Manolete, que reposa en mármol blanco a los pies de un cristo crucificado. Crucificado, como hicieron con él. Y a Rafael Guerra Guerrita —y es que “lo que no pué sé, no pué sé y además es imposible”—, segundo Califa del Toreo y Llaverito de apodo cuando empezó a torear novillos por los pueblos. Y a Rafael González, Machaquito, maestro supremo en la suerte suprema. Y a Rafael Molina, Lagartijo, con una columna clásica, como su toreo y su forma de entender la vida.
Madrid hay que recorrérsela de pitón a rabo, como los buenos pases de pecho. En el carabanchelero cementerio de San Isidro reposan los restos de Frascuelo, llevado en último viaje por un coche fúnebre con ocho caballos negros. José Cubero, Yiyo, Príncipe del toreo de los madriles, en el de la Almudena, alzando el vuelo de su mano derecha junto a una paloma, que “Pali, este toro me ha matao”. También en la Almudena podemos rezar a los pies de Juanita Cruz, pionera de las mujeres toreras. Allí, en una fosa común, se encuentran los restos —ya ilocalizables— de Fernando Villalón, el ganadero que quiso encastar, poéticamente, toros con los ojos verdes.
En el cementerio municipal de Torrejón de Velasco, provincia de Madrid, nos topamos con la tumba de la torera Ángela “pionera en igualdad”. En la Sacramental de Santa María, parque de San Isidro, podemos visitar el panteón de los Bienvenida, todos juntos, como si fuera su finca La Gloria.
En Valencia reposa Granero, con el ángel recogiendo en sus brazos al héroe caído en los pitones de Pocapena. Y Julio Aparici, Fabrilo, con una montera y un capote custodiando su cuerpo. En Alicante, el novillero Ángel Celdrán es tomado en los brazos de una mujer tras la mortal cornada en la Plaza de Toros de Inca. En Albacete, Juan Montero se pasa los pitones del toro muy cerca, en un paso de frente y por detrás. En Huelva, en el cementerio de La Soledad, nos encontramos con un mausoleo en mármol blanco dedicado a Miguel Báez, Litri, fundador de una estirpe de toreros valientes.
Y bajo el albero de la Plaza de Toros de Ronda, “la de los toreros machos”, los restos de Antonio Ordóñez Araujo, el torero de Ronda que encandiló al mundo entero con la majestuosidad de su toreo. Tanto, que hasta Orson Wells ordenó que llevaran sus cenizas al Recreo de San Cayetano, donde pasó sus “mejores días” entre vinos e historias de toreros eternos.
“Un hombre no es de donde nace, sino de donde elige morir”. Y los toreros eligen morir en la plaza, entre la muerte y la vida, entre la gloria y la herida del fiero animal.






