En medio de esta situación indescriptible, presenciando hechos que, si constaran en un libro de Historia, nos horrorizarían (criticaríamos acerbamente la maldad de unos, la necedad de otros, la indiferencia de tantos… lo haríamos con ese tufillo de superioridad con el que tan a menudo se juzga todo lo del pasado), pero que, al ser contemporáneos, actuales, directos… pues no terminamos de captarlos, los apartamos de la mente; en fin, en medio de esta desolación, con asombro observamos la existencia de un espécimen noble de ser humano que creíamos extinguida.
Alguien considerará arriesgado el cantar la loa de quien, técnicamente hablando, es algo tan desprestigiado como “un político del PP”, y por ende sólo tras haberlo oído hablar unas cuantas veces, y sin haber sabido de su existencia hasta hace tres semanas… Pues será arriesgado, pero en ocasiones límite como esta, el exceso de prudencia y de considerar pacatamente sólo la propia salvaguardia es algo que “del rey abajo, ninguno”, mejor dicho, es algo que del rey al último, todos debemos olvidar.
Como se dice en el final del “Julio César” de Shakespeare (aquello de “la Naturaleza, irguiéndose, pudo decir al mundo: Este fue un hombre”, en la traducción de Luis Astrana Marín que casi emula al original) pues… aquí no hablamos de políticos ni de gobernantes, sino del asombro de constatar que aquí hay un hombre. “Ecce homo”, ¡y hasta de eso trae connotaciones! Una especie de enamoramiento espiritual hacia esta persona alivia algo el drama, o, ¿lo intensifica tal vez? Seguramente esto último, lo intensifica. Porque de ser un fantoche más, podríamos irnos al cinismo, decir “Ahí os quedáis, que se hunda España, yo ya paso de todo, sálvese el que pueda”. Pero al verlo ahí esa actitud se hace imposible…
Cuando lo vimos, modoso y digno, correctísimo en su baja estatura, respetuoso con su traje y su corbata (aunque no le correspondan en la cortesía- ¡ah, ese pueril miedo de los hombres dizque importantes a ponerse corbata si temen que otros no la lleven, por temor a parecer subalternos! Amigos, ya tenéis subalterna el alma. Los libres son los que se esmeran por puro respeto a la ocasión), cuando lo vimos, “sereno, dulce, firme” como el ciprés de Silos, aun en los días de los setenta mil ocupantes, comenzando con “Lamentamos profundamente las muertes…” para luego hablar de los ceutíes… pues era para conmoverse el corazón. Este no es “un político”, es un gobernante con el espíritu de un rey a la antigua en su mejor sentido – cuando el rey era uña y carne con su pueblo, se pertenecían el uno al otro, eran partes de una misma cosa cada uno con distintas funciones.
Imposible hablar con mayor cortesía y compostura enunciando al mismo tiempo, de manera diáfana, “con salada claridad”, la lista de agravios en toda su realidad descarnada. “Sólo nos queda el naufragio o luchar por la supervivencia, y haremos esto último”, dijo sin pomposidad alguna, con increíble sencillez.
(¿Resonará su voz? Porque a veces el mantener serenidad en la tormenta, lo que antaño se consideraba gran virtud, pues en estos tiempos primitivos no se aprecia. Me consta que una vez el 112 ignoró una llamada advirtiendo de un incendio porque la persona que llamaba mantenía la calma. “¡Tenías que que haber fingido histeria, gritar, llorar…!”, le explicaron luego sus amigos más mundanos).
Pues este es el presidente de Ceuta, al que estamos viendo envejecer por horas.
Tanto hay que decir que una tiende a dejarlo, a aplazarlo para para cuando se vea con capacidad. Pero eso no llegará nunca. Aún no han nacido historiadores que le hagan justicia a lo que está sucediendo, esto frente a lo cual las capitulaciones de Bayona se quedan chicas.
Pensemos sólo en un “detalle”: los cadáveres que ahora Marruecos dice que “no acepta”. Los han tirado a la ciudad sitiada como alguna vez se hacía en lo que se considera preludio de la guerra biológica (y no es que esta barbaridad se practicara mucho, era demasiado contraria al ancestral respeto a los muertos).
La gravedad de este rechazo a los restos mortales de sus propios ciudadanos, esto es algo que no somos capaces de calibrar bien, ya que en Occidente se ha diluido muchísimo la idea de sepultar a los muertos como cosa sagrada e importantísima. Pero en otras culturas (y justamente a la que pertenecería Marruecos), pues se mantiene.
Agatha Christie en su libro “Come, tell me how you live” de recuerdos de sus temporadas de excavaciones arqueológicas “en Oriente” (los actuales Siria, Irán, Irak, etc) describe las costumbres locales, observando sobre todo a los muchísimos trabajadores que contrataban. Con su habitual estilo amable, sin el menor aire de superioridad tan frecuente en sus compatriotas, pero sin caer tampoco en el extremo opuesto, tan frecuente también, de afirmar que los de otras culturas “son mucho mejores que nosotros”, simplemente lo observa y describe, con admirada curiosidad. Al fallecer uno de los trabajadores, se originó entre sus compañeros una conmoción gigantesca; pronto se vio que “el que hubiera fallecido no tenía la menor importancia, nadie se lamentó de eso”. Lo grave era que por motivos familiares y religiosos debía ser sepultado bastante lejos de donde se hallaban (en pleno desierto), lo que requería una enorme cantidad de formalidades, tiempo y gastos. Sabiamente, la expedición británica financió y realizó todos los trámites necesarios, y el difunto pudo recibir digna sepultura. Agatha Christie se quedó admirada: lo de recibir sepultura en su sitio era para ellos lo único realmente importante. Nadie comentó el hecho de que hubiera muerto joven ni menos joven, ni cómo fue el accidente, ni de quién fue la culpa… todo esto eran minucias. Pero tenía que ser enterrado con sus antepasados.
Si repasamos la historia de Occidente, vemos que parte de un concepto similar. “Era cosa muy dura para los antiguos el negar una sepultura”, indica una nota a pie de página del Evangelio, refiriéndose al permiso de las autoridades a que sus discípulos recogieran y sepultaran el cuerpo de Cristo. “Podemos torturar y crucificar a un hombre, sin pestañear, pero no le vamos a negar que lo sepulten dignamente”. Esta era la mentalidad.
Poco a poco, precisamente con el Cristianismo, esta idea se fue matizando. Importaba morir y ser sepultado cristianamente, pero el lugar concreto, no tanto. Santa Mónica ya en el siglo IV, indicó: “Poned mi cuerpo en cualquier sitio sin que os dé pena, pero encomendadme a Dios”. Y San Francisco en el siglo XIII pidió que arrojaran su cuerpo en la fosa común de los ajusticiados.
Y a los fallecidos durante una travesía en el mar, se les “enterraba” en el mar: se los arrojaba, pero no de cualquier modo, sino con su ceremonia, amortajado y con pesas para que se fuera más dignamente al fondo, con sacerdote si lo había, y con la misma solemnidad que en un cementerio. Importaba más el espíritu, la ceremonia y la fe que el lugar preciso donde acabaran los restos.
Pero en el mundo islámico, el que describe A. Christie, esta insistencia primaria y concretísima en el lugar geográfico preciso sí se mantenía y se mantiene. Es algo fortísimo; necesitamos un esfuerzo de imaginación para comprenderlo.
A lo que vamos: que poniéndonos en su mentalidad, que el rey de Marruecos no valore en absoluto la vida de sus ciudadanos… pues todavía “vale”.
Pero que se niegue a darles sepultura, a que expresamente rechace sus restos mortales, y los “devuelva” a otro país… eso es otro nivel de abyección, monstruoso e inaudito.
Y al frente de toda esta abyección, cargando con los vivos y los muertos de otros, y velando también por los suyos propios a los que ve que despojan de todo a cada minuto, tenemos a este hombre, un señor, bajito de estatuta y de altura moral gigantesca, llamado Vivas.
Pediría una cosa: que lo oyeran hablar. No oigan “las noticias”, sino sus palabras directamente.
Pocas veces un ser humano habrá representado a otros ochenta mil con más verdad.





