“Para que a fin de que la Humanidad viva en paz y armonía, los pueblos del mundo dejen de fijarse en aquello que los separa y se centren en lo que los une, roguemos al Señor”.
Los devotos que en el mundo somos hemos de escuchar continuamente estas peticiones al Altísimo, y aun adherirnos a ellas rutinariamente. Son las mismas del milenio anterior; suena herético el cuestionarlas, están ahí desde que podemos recordar, ya evoquemos los años noventa o hasta las profundidades de la infancia: “Fijémonos en lo que nos une, no en lo que nos separa. Lo que nos une, lo que nos une. Por la paz en el mundo, olvidemos nuestras diferencias. Lo que nos une, lo que nos une”.
Pero si de repente, un devoto olvida la rutina y medita un instante en el sentido de esta petición… tan sólo con eso, pues se lleva sorpresas.
“Olvidar nuestras diferencias”, “Centrarnos en lo que nos une (tanto a los miembros de una misma nación, como a los distintos pueblos de la Tierra)”. Vaya, ¿no llevamos demasiados años haciendo justamente eso?
Durante los años 2020 y 2021, la Humanidad estuvo unidísima. Con asombrosa uniformidad, pueblos que parecían la noche y el día (bueno: literalmente para unos es de noche mientras para otros de día; y verano en unos a la vez que invierno en otros) estuvieron plenamente de acuerdo en encerrarse en casa, taparse medio rostro, anular celebraciones religiosas. La peregrinación a La Meca se suspendió no menos que las de Lourdes y Fátima. Nunca fue el mundo más uniforme. Nunca estuvo más “unido”.
Pero ya incluso pasados aquellos años funestos, ¿más uniformidad queremos?
El mundo parece ir en una sola dirección. Las mismas tiendas, muebles, vestimenta. El mismo modo de pensar. Las mismas multinacionales en todas partes.
“Olvidemos nuestras diferencias, pensemos en lo que nos une”. ¿Todavía más?
¿Y si no estamos de acuerdo con la corriente dominante? ¿Y si algo en el fondo de nuestro corazón se rebela ante todo lo que se nos impone – por ejemplo el tener que afirmar, por ley, que un niño tiene dos madres, y mil otras rarezas que, de repente, todo el planeta considera tan normal? Lo cristiano entonces, ¿qué es? Creíamos que era el defender con valentía lo que consideramos la verdad; o al menos, buscar sinceramente la verdad, no la acomodación. Pero si el objetivo es “centrarse en lo que nos une a todos”, bueno, eso es lo fácil, lo acomodaticio, lo que ya tendemos a hacer de todas formas por pura inercia cuando no miedo.
Todos con el mismo teléfono móvil, y haciendo lo mismo, lo mismo unos y otros a todas horas. Ya no son sólo los países europeos, tan cercanos al fin. Cualquier fotografía de cualquier rincón del mundo nos muestra la misma vestimenta, el mismo plasticoso calzado, los mismos teléfonos, los mismos tipos de edificio… y sobre todo el mismo contenido mental.
“Lo que nos une”. Pero si lo que nos une es el ansia de dinero y poder y control; o bien el ansia de tener “mushas experiensias” para publicarlas en redes sociales… ¿qué interés hay en azuzar eso aún más?
Sonaría más lógico, en una iglesia católica, pedir “para que los pueblos se acerquen a Dios” o “para que nos atrevamos a defender la verdad” o cosas así (que afortunadamente, sí, algunas veces esto se hace).
Si lo que nos une es algo malo, ¿para qué fomentarlo? Pero claro, pasaron de moda las palabras bueno y malo. Y perder el concepto de bueno y malo (algo intrínseco al ser humano que empieza a pensar)… eso es literalmente volver loca a la gente. Así están las consultas de los psicólogos y psiquiatras. Y así seguirán, pues con el solo objetivo de “sentirse bien, sentirse bien”, pero borrando toda idea de lo que es bueno y lo que es malo, jamás se podrá hallar la paz mental.
Evidentemente, a lo largo de la historia y de las civilizaciones (cuando las había), se daba que lo que era bueno para unas era malo para otras. Ciertamente. A lo mejor pensando en eso nació aquella petición “fijémonos en lo que nos une”, con un puro sentido pacifista. Pero hoy está desfasada.
Hoy hay en general un único modo de vida, uniforme, planetario, para el que no existe el bien ni el mal. Demasiado nos adherimos ya a él, aun sin querer.
Ojalá las personas, y muy especialmente los cristianos, examinando el fondo de su corazón, se atrevan a discernir lo que los SEPARA de esta forma de vida planetaria que se nos impone; lleguen a darle forma a sus convicciones, y alguno que otro, el más heroico, llegue incluso a defenderlas (que haberlos, háylos, pero no se les ve). Por esta intención habría que pedir. La acomodación llega ya sola.





