Mientras que en muchas ocasiones el lenguaje políticamente correcto obliga a redundancias (“todos y todas”) para visibilizar una cierta comunión con los nuevos dogmas laicos, en determinados casos, y siempre para no molestar a los que podrían privarles de su voto, la mayoría de los cargos políticos suelen acudir al uso de nombres genéricos para disimular creencias y/o convicciones personales.
Tal es el caso de la expresión “Fiestas Primaverales”, donde cabe desde una cruz de mayo, hasta la peregrinación al Rocío; desde una estación de penitencia hasta la feria de los patios en Córdoba, aunque en ciudades andaluzas como por ejemplo Málaga y Huelva (con ferias en agosto) o Cádiz con carnavales en invierno, la única gran fiesta de la primavera sea la Semana Santa.
¿Hay fiesta más multitudinaria, que se celebre en más metros cuadrados, que acoja a más personas de distinta edad y condición social, que ésta? ¿Alguna que se pueda vivir desde las primeras horas de la mañana hasta la madrugada? Sin embargo, creo que no hace falta decir que todos hemos escuchado a políticos felicitar el Ramadán y omitir cualquier referencia a la fiesta más importante de los cristianos, como es la Pascua de Resurrección. Allá ellos con sus omisiones y sus complejos, no seré yo quien los juzgue.
Pero no iba por ahí el motivo de esta columna sobre nuestra Semana Santa, sino por el uso que hacemos de las palabras, tratándolas como sinónimos cuando no lo son: Fiesta, festejo, festividad, celebración, conmemoración, … o pueblo, público y espectadores.
Las palabras no son conceptos fríos catalogados en un diccionario; vienen cargadas de fuerza y despiertan emociones en nosotros. Pueblo nos habla de unidad y duración, existe algo que vincula con permanencia a todos sus componentes: pueblo de Sevilla, pueblo cristiano, mientras que público es multitud efímera, agrupación en torno a un elemento extraño a él, que hoy está y mañana no. El pueblo de Sevilla, cuando acude a su Semana Santa, por encima de las miradas particulares, tiene una vida ideal y un ideal de vida.
Anónimo es el pueblo, pero con el sublime anonimato de los que hacen posible que nuestras cofradías tengan más de cinco siglos de existencia en algunos casos, de las horas de trabajo derramadas en favor de una hermandad, de la talla de sus imágenes y sus pasos, de un gusto sin par en la colocación de las flores que los adornan, del bordado con hilos de nobles metales, en definitiva, de las almas sencillas y buenas, merced a las cuales la historia de nuestra Fiesta Mayor es algo más que la de una fiesta primaveral.
El pueblo de Sevilla lo forman todos los sevillanos que aman a su Sevilla, con ella sueñan, y por ella trabajan, sin pregonarlo públicamente, porque no necesitan hacerlo. Público es la masa informe de todos aquellos espectadores que toman a Sevilla como un espectáculo en sus días de vacaciones, y bien que lo disfrutan, porque en Sevilla se recrean todos los sentidos: vista, oído, tacto, olfato y gusto.
No obstante, deberíamos dejarles claro a nuestros visitantes, que nuestra fiesta no es un festejo, pues no se hace con la finalidad de que disfruten los que vengan a contemplarla. Es un error en el que pueden caer quienes se olvidan de que nuestra Semana Santa arranca de una Celebración litúrgica, pues hace referencia al acto de conmemorar, alabar o reverenciar un acontecimiento representativo e identitario de la comunidad cristiana, para la que su legado resulta ser muy valioso.
Festejar implica siempre alegría, consumo, diversión, y no se me escapa que son muchos los turistas, y también sevillanos no educados en entornos cofrades, que van en busca de ello. En cambio, celebrar invita a conectarse con la energía, tomar plena conciencia del mensaje que se conmemora, para tenerlo presente en nuestra memoria. Entre fiesta y festejo hay la misma relación que entre pueblo y público.
No es una fiesta cualquiera: estamos ante algo solemne (del latín sollus annus, lo que se celebra una vez al año) que requiere de formalidad y majestuosidad. Es por ello por lo que se organiza con anticipación y se lleva a cabo de acuerdo a determinadas reglas preestablecidas, respetando un protocolo, que conduce a ritos que se remontan a siglos atrás. Es tan grande, que incluye dentro de ella fiestas tan importantes como el Domingo de Ramos (procesión de palmas para conmemorar la entrada de Jesús en Jerusalén), Jueves Santo (Día del Amor Fraterno), Viernes Santo (Expiración de Cristo) y, la mayor de todas, el Domingo de Pascua de Resurrección (lo de resucitó al tercer día viene de que, al no existir para los romanos el cero, el Viernes se consideraba el primer día de muerte de Jesús).
Así lo entiendo y así lo he querido expresar, sin ánimo de dar respuesta en estas breves líneas a cuantas interrogantes se planteen quienes vienen de fuera, porque, como escribió nuestro insigne Antonio Machado:
En preguntar lo que sabes,
el tiempo no has de perder,
y a preguntas sin repuestas,
¿quién te podrá responder?
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






2 Comments
Nadie lo podría haber explicado mejor. Como cada semana un placer leerte.
Un saludo,
Pedro
En cierta ocasión, asistí a una conferencia impartida por Francisco Robles, Manuel Jesús Roldán y Nicolás Salas ( q.e.p.d. ), sobre las cofradías en la II República. Creo que fue Paco Robles el que explicó que en marzo de 1932, quizá el mismo Domingo de Ramos, se celebró en Sevilla el IV Congreso del PCE. Se hizo con el estricto control directo, y participación de la Internacional Socialista; intervinieron varios asesores soviéticos llegados desde Moscú respecto a técnicas de subversión, propagación y captación de la ideología, y uno de ellos pronunció la siguiente frase: “ Mucho cuidado con meterse con la Semana Santa, porque la Semana Santa es una cosa del pueblo y con las cosas del pueblo no podemos luchar”
Luego ocurrieron muchas cosas totalmente contrarias a este comentario, pero el sentido en aquel momento, tenía su razón.
También muchos años más tarde, en la década de los 80, un recuadro de Antonio Burgos, un Domingo de Ramos, terminaba con esta frase: “ La verdadera fiesta de Sevilla es la que hoy comienza “
Entendida la expresión fiesta no como algarabía festera o al menos no sólo eso. Ya numerosos autores sevillanos del siglo XX han remarcado que en la Semana Santa es imposible separar el elemento espirirtual del hecho profano como religiosidad popular manifestada a la vista de todos. Incluso algún religioso he oído decir que, al fin y al cabo, las imágenes sagradas siguen siendo un vehículo para que muchas personas poco practicantes tengan acceso a “ lo divino “ o una idea “ lo sagrado “.
Porque la Semana Santa es la fiesta que entronca con tu historia personal, con tu primera vez viendo cofradías de la mano de tu padre o en los brazos de tu madre, de tu primera comunión en tu hermandad, tu primera Cruz de Mayo. La primera vez que tus padres te dejan salir solo, etc etc todo ello unido a tu evolución en tus creencias religiosas y tus vivencias cofradieras crean un poso en las personas que poco tienen que ver con la idea de “fiesta”.
Atravesamos la bulla en busca del paso misterio, pero, en realidad buscamos con añoranza aquella esquina donde una vez fuimos felices contemplando una portentosa chicotá o nos asustamos ante la presencia de un gigante vestido de negro delante de la Cruz de Guía mientras apretabas con fuerza una mano amada.
Pero también la Semana Santa es hija de su tiempo, y para bien o para mal, hoy, prevalece lo festero, la multitud presentada como “ público “, el culto externo concebido como espectáculo, ignorando o postergando la relevancia religiosa de los ritos y cultos de estos señalados días. Creando una Semana Santa que no tiene sitio dentro de nosotros.
Baste recordar cuantas veces hubo que remarcar en 2020 que la Semana Santa no se suspende, se suspenden las procesiones, pero la Semana Santa permanece y se celebra en cualquier caso.
Sea como sea, y por no abundar demasiado, destacar que todo esto, como ya sabemos, es culpa de los propios cofrades. El mal dela Semana Santa no está fuera, sino dentro de nosotros mismos.