¡Buenos días! Años llevo oyendo, somo si fuera una acusación a la ciudad, que Sevilla celebra mucho la Semana Santa, pero muy poco la Resurrección. Estas son las cosas que dicen los que nunca se enteran de nada, esos que hoy, de nuevo, no habrán captado aún a estas horas lo que acaba de pasar desde el pasado Domingo de Ramos. Cada cual es muy libre de sus liturgias y catolicismo, absolutamente respetables; pero tan respetables como que yo personalmente me siento ajeno a todo eso. En 1982, presentando en el Ateneo la tercera edición de la revista Sevilla Nuestra, bajo mi dirección, afirmé algo que hizo fortuna y se ha venido pronunciando de unos a otros, incluso por mi admirado y querido amigo Carlos Herrera: que los sevillanos conocemos el final de la historia. La Semana Santa se vive desde esa conciencia y feliz certeza de la Resurrección. ¿De dónde si no nuestra alegría con su llegada? ¿De qué si no los vítores y aplausos a nuestras vírgenes, vestirnos con nuestras mejores galas, poblar los bares disfrutando del tapeo, gozando de un ambiente incomparable que se ha hecho universal y fuerte atractivo de turistas? ¿Cómo explicarnos que de las marchas fúnebres se pasara a composiciones como «Estrella Sublime» o «Virgen de las Aguas», incontestables sones triunfales para mecer los palios? Cuando «Pasa la Macarena», ya es la Resurrección y la Vida de su Hijo, del Verbo hecho carne que habitó entre nosotros. ¡Feliz Domingo de Resurrección!





