¡Buenos días! Mi mujer me sorprendió al decirme:
-Los sevillanos pierden la fe en Semana Santa.
-¿Cómo?, le respondí al escucharle una cosa así.
-Pues eso, lo que has oído, que los sevillanos perdemos la fe en Semana Santa. Que en Semana Santa tenemos todas las certezas sobre la existencia de Dios, que nada queda en la duda, que nuestras vidas escapan de la confianza en alcanzar un cielo, para arribar a la evidencia de pisarlo en la misma tierra. En la Semana Santa de Sevilla ya no somos los que íbamos a creer sin haber visto, porque lo vemos todo, se nos revela todo.
Su asombroso y original argumento, valiente, que nadie se había atrevido a pronunciar desde la ortodoxia, me hizo encontrarme con Beatriz en una más de tantas de nuestras coincidencias, como cuando escribí aquello que dediqué al Cristo de la Victoria cruzando el Parque en la tarde del Domingo de Ramos:
«Puedo atravesar por mil días de preguntas o cargar con veinte siglos de misterios. Pero apareces Tú y desvaneces mi ignorancia. Los dogmas no resisten tantos meses como hay entre los albores de una primavera y otra. Es demasiado tiempo para soportar la vida sin una brizna del aire azul y fino de Sevilla. Pero llegas Tú y surges de un Evangelio escrito en surtidores, proclamado en la verdad del agua luminosa y manando de la llaga sonora de las fuentes. También Sevilla es palabra de Dios. Y se puede tocar el manto del Maestro».
¡Feliz Domingo de Pasión!





