Se ha puesto de moda entre nuestra caterva política felicitar las grandes fiestas religiosas, y otras celebraciones de interés, para aquellos que están lejos de sus raíces. Así, el Ramadán, desde las redes sociales, aquellos lengudos que dije en mi anterior artículo escriben mensajes muy sentidos para que el inmigrante y su comunidad, ya sean de Marrakech o Islamabad, no se encuentren desahuciados en este país del católico rito.
Con gran afecto, o eso parece, puede leerse por ejemplo, Ramadán Mubarak –si es sobre la Fiesta del Cordero– en los perfiles tuiteros. Desde Iglesias a Castejón, y toda pléyade partidista, pasando por Rajoy; no fuera que quedase de menos. A estos, simpatizantes de todo aquello que no huela a incienso y lleve como símbolo una cruz –¡por Dios bendito!–, les ha caído una petalá de zascas, de agravios comparativos, de indignados comentarios de aquellos que se han ofendido.
Puede que tengan razón, no les voy a contrariar, pero son lo que son, miren ustedes; y ahora el voto útil a tanta política inútil es el de estas personas. Trabajadores inmigrantes, o inmigrantes sin empleo, que vean en estos guiños que tendrán en el Gobierno –el que esté o el que en unas urnas se avenga– un amigo, un compañero.
Sin embargo, desde que tengo uso de razón –a mí, al menos– nunca me habían felicitado antes la Cuaresma. Cumplía, desde que recuerdo, con aquella tradición de acudir a misa a que el cura me impusiera la ceniza, y nos recordara que estas fechas son para reflexionar y que habíamos de vivirlas con espíritu austero.
No. A mí no me molesta que no me feliciten la Cuaresma. De hecho, fíjense, casi prefiero que me dejen evocarla en paz. Evocarla, sí. Evocarla. Y que me respeten, sin más. A fin de cuentas, no seamos hipócritas, de esto que alguno llama «fiesta», sacan mucho rédito desde los ayuntamientos hasta el último bar. Lo que me molesta, es que quien vaya por la vida de tolerante profeta, cuando escuche una corneta, le salgan sarpullidos hasta en las orejas.
Permítanme que me ponga como un garbanzo en remojo –esto es, tierno–; lo que de veras me place es ver que, aún con los escaparates vistiendo disfraces, asomen los primeros calores de una primavera soñada en la mente de este cristiano, que para más inri se declara cofrade; y que siendo aún invierno, los naranjos despunten perfumando las calles con aromas de azahares. Que, por si usted no lo sabe, un naranjo o un limonero, es el que da el pregón más hermoso y emotivo de todos los que en este tiempo se hacen. Ni una letra necesita, ni una rima, para que le pongan los vellos como ciriales. Tan solo una flor, incluso cerrada le vale, para que a quien sepa escuchar, a quien sepa leerla, el pulso se le ponga como un redoble de tambor a la Paz por el parque.
En serio se lo digo. Insisto. No tiene relevancia para quien suscribe que me quieran felicitar la Cuaresma o, por ello, crean, se me discrimine.
Me valen cuarenta días de emociones y recuerdos. De revivir momentos. No me duelen, ni me metieron a traición en este mundo cuaresmero. Yo solo iba de la mano, viendo. Iba paladeando cuanto a mi alrededor iba surgiendo. El azahar, de nuevo, primero. Las torrijas de mi madre, los viernes de guisos sin carne; los ensayos musicales, con la tarde amortajada, de alguna banda de percusión y metales; o los de aquellos bajos unas andas que, con una radio con casete reproduciendo marchas, convertían el movimiento de la cintura al son de las partituras en auténtico sentimiento: Virgen del Valle, Cristo de la Presentación, Cristo de la Sangre, Macarena, Saeta, Réquiem, Costalero…
La primera medalla que me colgó sobre el pecho, créanme, me hizo más feliz que cualquier juguete. Salir del colegio –como hoy cuando voy con mis hijos de paseo– y ver carteles con aquella frase que, como aquel del azahar, es un pregón sin versos: «Se hacen capirotes». ¡Ahí queda eso! Entrar en las iglesias que me cogiese de camino a ver si habían trasladado hasta estas los pasos. Recuerdos. Regalos vividos que aún hoy conservo.
Ya lo sé. Me voy por las ramas. Que Cuaresma no es solo eso. Cuaresma, como decía mi recordado padre Pepe Piñero, y me repito, es penitencia y reflexión para el creyente. Pero no puedo evitar expresarme como andaluz que la ha experimentado de esta manera desde pequeño.
Así pues, ¿de qué me sirve que, este año por febrero, vengan los calientasillones de turno a congratularse conmigo por esto mismo que comento? ¡Anda y que les zurzan una túnica de ruán negro! Y si es posible, que la padezcan un Jueves Santo con temperaturas de veraneo.
En fin, Dios mío, pido perdón por tal deseo.
A mí no, qué quieren que les diga. A mí no me incomoda, ni me siento agredido por no ser aludido por lo del saludo-postureo. Pero no es menos triste y cierto ver cómo las toman con el católico; que no por serlo deja de ser ciudadano, como el judío o el mahometano. Que hasta concejales y consejeros hay que pertenecen a hermandades, por ejemplo, y salen vara en mano o cirio enhiesto luciendo cofrade atuendo. A Dios rogando…
Quédense, señores del mal hablar y mucho malmeter, como cito, con sus saludos-postureos. Gástense, como en Madrid con lo del Año Nuevo chino, partidas de mucho dinerito. Pero recuerden, como he escrito, que lo mismo vale un voto mío que el de mi vecino Ahmed, el del quinto.
Disfruten de esta Cuaresma, que ya se va acabando lo bueno.
¡He dicho!





