Siempre me ha llamado la atención cómo lo fugaz, aquello que se desvanece en muy poco tiempo, puede tener vocación de eternidad, permítanme el oxímoron. El primer beso de la adolescencia, la belleza de la flor del hibisco, aquel acercamiento de las manos entre dos enamorados que comienzan a salir juntos, y, ya en nuestro entorno, el montaje del altar de insignias de una cofradía que va a hacer estación de penitencia… o la vida de los farolillos de la Feria de Abril.
Esta fiesta no se entiende sin su arquitectura efímera, y dentro de ese laberinto de lona y albero, el farolillo reina como el soberano de la luz. No es solo un objeto decorativo; al perderse de vista en la lejanía de las calles del Real, es el cordón umbilical que une la tradición artesanal con el cromatismo de la primavera sevillana.
Si nos remontamos a los orígenes de la Fiesta, originalmente, la Feria nació en 1847 como un mercado ganadero. La iluminación era puramente funcional: candiles de aceite y hachones de cera daban luz al anochecer para que los tratantes pudieran ver el ganado al caer la tarde. Sin embargo, con el paso de los años y la transformación de la feria en un evento lúdico, el papel y el vidrio ganaron terreno. El farolillo de papel plegable, tal como lo conocemos hoy (inspirado en influencias orientales adaptadas al costumbrismo local), se consolidó a principios del siglo XX. Su diseño, obra del gibraltareño afincado en Sevilla Gustavo Bacarisas, miembro activo del Ateneo, permite que, al finalizar la fiesta, se plieguen y «mueran» con la última bombilla, reforzando ese carácter de belleza fugaz que define a nuestra capital.
El farolillo simboliza la alegría que no tiene fin. Mientras que la portada representa la entrada a un mundo de casetas (grupos familiares, peñas de amigos, de empresas…), los farolillos dispuestos en hileras infinitas por las calles del Real se muestran como pequeños fanales ante todos los caminantes, marcando el ritmo del paseo de caballos y del viandante, y de noche, cual techo de luz, crean una sensación de hogar al aire libre que convierte la calle en el salón del hogar de todos los que acuden al recinto.
La conexión entre el farolillo y la ciudad es una cuestión de identidad cromática. Sevilla es una ciudad que vive de cara a la luz, y el farolillo es el utensilio que permite extender el día durante la noche de feria. La unión es tal, que el «montaje de los farolillos» es un rito en sí mismo. Ver a los operarios y socios de las casetas colgando estas esferas de colores, de todas las edades y condición social, es el anuncio definitivo de que la ciudad ha dejado atrás la sobriedad del incienso para abrazar el júbilo del fino y la manzanilla. Aún recuerdo la impresión que me llevé aquella feria de 1990 cuando vi colocando farolillos sobre una escalera en su caseta, al que había sido unas semanas antes pregonero de la Semana Santa: nuestro recordado José Luís Garrido Bustamante.
¡Cuántas sevillanas han recogido en sus letras piropos a los farolillos!: “De la feria las bombillas se ven en los Pirineos, que es la octava maravilla de la gracia y el jaleo” (Marismeños) “Mil bombillas encendidas, en la noche sevillana, y un farolillo que llora, porque se acaba la fiesta, al filo de la mañana” (Cantores de Híspalis), «Bajo un cielo de farolillos, que el viento quiere apagar, Sevilla luce su traje, su traje de fiesta real”, (Los de Doñana) o “Hay que ver lo que parece la Feria cuando termina, que hasta el aire se estremece llorando por las esquinas cuando arranca los farolillos” (Los de la Trocha).
El farolillo es un imán para la lírica. Su fragilidad y colorido han sido cantados por insignes poetas: Manuel Machado utiliza la personificación o prosopopeya en «La noche se vuelve día / en el Real del ferial, / donde los farolillos ríen / con su luz de papel cristal»; Rafael Montesinos se sirve de la metáfora en «Guirnaldas de colores, / farolillos de aire, / que encienden el cielo / con sangre de baile»; Antonio Murciano recurre a la metonimia en «Colgados de un hilo fino, / luceros de mil colores, / los farolillos de seda / son nidos de resplandores», y, finalmente, Federico García Lorca nos regala una bella sinestesia en «Bajo la luna de abril, / los farolillos tiemblan, / racimos de luz de papel / que el viento de oro enreda.»
El farolillo es, en última instancia, Sevilla hecha papel: frágil, vibrante, efímera pero eterna en el recuerdo de cada primavera. ¡Qué arte tienes! No hay nada que defina mejor la estética de la Feria de Abril que ese contraste entre el cielo de lona y la luz de los farolillos, una estampa que todos llevamos grabada en la retina. ¡Que ustedes la disfruten!
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





