El inaudito caso de esta publicitada “gestación subrogada”, que luego resulta ser (¿cómo podemos estar escribiendo estas cosas, y no es Kafka, no es ciencia ficción, está ocurriendo?) un hijo biológico (otra expresión sorprendente, pero ya normalísima) de alguien que falleció hace tres años… pues este caso, sí, ha generado alguna polémica, hay muchos que expresan su rechazo (junto a otros muchísimos que manifiestan su agrado, su apoyo, su aplauso), pero incluso entre los críticos se echa en falta un poco de ¿visceralidad?
Me dirán que eso no es deseable, que hay que argumentar de manera mesurada y con delicadeza, que justo la visceralidad es algo precisamente a evitar, en una sociedad ya tan tensa, agria y dividida. Un ejemplo de argumentación serena, ejemplar, luminosa, es la del obispo Monseñor Munilla, (que reflexiona impecablemente sobre este caso… antes de conocerse la segunda parte).
¿Hay que argumentar con serenidad? Pues sí. Sí y no. Porque el instinto y la visceralidad no siempre son tan malos. Si nos invade el impulsivo instinto de darle un puñetazo a alguien que nos cae mal, bueno será el reprimirlo, controlarse y actuar con racionalidad. Pero en otras ocasiones, un instinto atávico de lo bueno y lo malo, pues… debilitada la moral y las religiones, puede ser lo único que nos salve de ser gusanos.
Tomemos el único caso sobre el que parece haber consenso social: que el abuso sexual a niños es algo horrible. Sobre este tema no suelen oírse reflexiones serenas de psicólogos, de filósofos ni de obispos: es algo tan obviamente espeluznante que se rechaza de plano, da horror incluso ponerse a analizarlo. No hacen falta argumentos. En este asunto, afortunadamente, sí se da ese movimiento de temblor, de repugnancia instintiva. El caso es que echamos de menos esa capacidad de temblor en todos los otros temas que también lo requieren.
Dejemos lo de la “gestación subrogada”, algunos no podemos ni asimilar que eso esté realmente ocurriendo; tenemos la loca esperanza de despertarnos y ver que era una pesadilla.
Vayamos a un tema que parece blando, banal, una pura cuestión médica totalmente asentada y que jamás suscitó en España polémica alguna: los trasplantes de órganos. Algunos supimos de estas cosas en torno a los doce años, y nos entró lo que familiarmente se llama “un repeluco”. Tomar un cadáver, sacarle un ojo, colocárselo a una persona vida; entonces el vivo ahora ve, gracias a los ojos de uno que ha fallecido… A una persona ingenua y sensible, ¿no le trastorna algo ese hecho, no rompe los pilares fundamentales, atávicos, de todo ser humano, sobre la vida, la muerte, las sepulturas…?
Luego los años pasan, se ve que los trasplantes prolongan vidas, que hay que aceptar nuestra parte animal (igual que se dona sangre, pues un ojo, un hígado, no es sino algo material, no es incompatible con la creencia en un alma individual, subraya la necesidad de solidaridad entre humanos…todo lo que quieran), y, también observando el hecho de que a NADIE parecía producirle el menor temblor (la Iglesia hablaba de los trasplantes con más entusiasmo que de la Eucaristía, el mismo Cardenal Ratzinger afirmaba, en el libro “Dios y el mundo” que él era donante… todos de acuerdísimo), pues ese repeluco inicial adolescente quedó enterrado.
Y ahora en 2023, en pleno boom de barbaridades rocambolescas y vientres de alquiler y banqueteo de vidas, al intentar responder a la obvia pregunta, “¿cómo hemos llegado a esto?”, pues recuerdo aquel temblor, necesariamente silenciado, y oso decir:
¿No será que hace mucho hemos perdido la capacidad de estremecernos?
En el mundo actual no son tan preocupantes los casos llamativos que llenan las noticias, sino la reacción del público. La límpida, inmediata, instantánea aceptación de lo grotesco sin dudar pero ni un minuto.
A lo mejor había que haberse estremecido desde mucho antes. Que a un cadáver le saquen su hígado y se lo coloquen a un vivo – vale que al final, al término de una reflexión, un debate, mil consideraciones, pues se considere que esa posibilidad médica deba permitirse (y obviemos aquí el hablar del tráfico de órganos de países pobres, etc – no es el tema); pero, a lo que voy, lo que oso decir después de pasado un cambio de milenio es, ¿cómo a nadie, a nadie, le produjo esta idea un “repeluco”? ¿A nadie le trastocó algo su cosmovisión? ¿O es que ya no hay cosmovisión, no hay nada, nada en nuestras mentes, nada atávico visceral que nos una a lo que fue el ser humano de hace cuarenta mil años que ya enterraba a sus muertos?
No estoy lamentando los trasplantes de órganos. Estoy sugiriendo que su aceptación automática, inmediata, entusiasta, sin sombra de debate alguno, pudo crear un precedente para todos los subsiguientes “avances científicos” relacionados con el cuerpo humano: había que aceptarlos de manera automática, acrítica; de manera que los ultrasensibles se sintieran hasta acomplejados por haberse estremecido.
Recuperemos la capacidad de estremecernos. Prestemos atención cuando algo nos produce un íntimo “shock”, antes de enterrarlo, silenciarlo hasta para nosotros mismos, con el afán de ir con la corriente, de no quedar como atrasados o que se diga, ¡ay horror! que “nos escandalizamos”.
El instinto gregario parece ser el único que nos queda.
Afinemos el oído para escuchar a otros instintos mucho más nobles.





