La muerte del Papa Francisco, y la consiguiente sede vacante, me ha pillado leyendo, cosa que no es rara. Pero me ha cogido leyendo el libro “Los Borgia” de Mario Puzo, última novela que escribió y que se publicó en 2001. Nada de lo que ocurre ahora tiene que ver con lo que ocurría en aquellos tiempos —¿o sí?—. Son otros momentos —¿o no?—. Más de quinientos años separan un instante del otro, lo que cuenta Puzo y lo que estamos viviendo ahora en directo. Pero lo que está sucediendo en la Capilla Sixtina tendrá algo que ver con lo que nos cuenta el autor de “El Padrino”, que la tradición es pieza fundamental en nuestra religión.
La escena transcurre en pleno Renacimiento, cuando “Mientras la peste negra devastaba Europa, los ciudadanos apartaban los ojos de la tierra y miraban hacia el cielo con desesperación. Aquellos fueron tiempos de grandes logros en la filosofía, en el arte, en la medicina y en la música. La cultura floreció con gran poma ceremonial, pero los hombres tuvieron que pagar un precio por cerrar sus corazones a Dios. Entonces, Roma no era una ciudad bendita; era el lugar sin ley. La iglesia y la nobleza se disputaban el poder. Se decía que en Roma todo tenía un precio; con suficiente dinero se podían comprar iglesias, perdones, bulas e incluso la salvación eterna. Así era la vida en el Renacimiento”.
Tres días más tarde de que Cristóbal Colón hubiera zarpado del puerto de Palos de la Frontera con la Pinta, la Niña y la Santa María, para acortar la ruta hasta las Indias Orientales, se celebró cónclave en el Vaticano, tras la muerte del Papa Inocencio. Puzo, con la ayuda del historiador Bertram Fields, nos lo relata de la siguiente manera:
“Fieles a la tradición, los veintitrés miembros del Sacro Colegio Cardenalicio comenzaron las deliberaciones necesarias para nombrar al sucesor de San Pedro, al vicario de Cristo, al nuevo guardián de la fe.
(…)
Entre el selecto grupo de posibles candidatos al solio pontificio, eran pontificio, eran pocos los que podían considerarse merecedores de este privilegio: el cardenal Ascanio Sforza, de Milán, el cardenal Cibo, de Venecia, el cardenal Della Rovere, de Nápoles, y el cardenal Borgia, de Valencia.
(…)
Ahora, rodeado del más absoluto secretismo, el cónclave emprendió su tarea. Aislados en celdas individuales dentro de la amplia capilla, los cardenales no podían tener ningún contacto entre sí, ni tampoco con el mundo exterior. Cada cardenal estaba obligado a tomar su decisión de forma individual mediante la oración y con la única intercesión del Espíritu Santo. En el interior de cada una de las húmedas y oscuras celdas tan sólo había un pequeño altar con un crucifijo y varios cirios encendidos como toda ornamentación, un duro camastro, un orinal, una jarra de agua, sal, y una cesta con almendras garrapiñadas, mazapanes, bizcochos y azúcar. Al no haber una cocina, cada comida era preparada en los palacios de los cardenales y transportada en recipientes de madera que los criados entregaban a través de la pequeña abertura que había en la única puerta de la capilla.
Los cardenales debían ser rápidos en su decisión, ya que, transcurrida la primera semana, las raciones empezaban a reducirse y tendrían que alimentarse exclusivamente a base de pan, vino y agua”.
Ahora no duermen los cardenales en las húmedas celdas de la Capilla Sixtina sino en la Casa de Santa Marta, con sus ciento seis suites. Ni se alimentarán a base de pan, vino y agua. Ni son veinte y tres, sino ciento treinta y tres los cardenales electores. Pero la conciencia que los guía —la verdad del Espíritu Santo— sigue siendo la misma. Igual que la voluntad.
El “Extra omnes” ya resonó bajo los altos techos igual que hace quinientos años. Las deliberaciones y votaciones se van sucediendo entre las pinturas de Miguel Ángel. Pero ya ahora todo distinto. O no.
Postdata: “Boquiabierto y estupefacto me quedo” cuando leo o escucho a hablar al personal que presume de no cristiano y no católico sobre la muerte del Papa Francisco. Una cosa así, más o menos, como si yo me atrevieron a pontificar sobre Mozart o sobre Beethoven sin saber una papa frita de música clásica. Las cosas que hay que ver. Y escuchar.





