El triste caso del pequeñín británico Alfie Evans que, por padecer una enfermedad diagnosticada como incurable, ha sido condenado a morir por los jueces, los políticos y hasta los médicos del hospital donde lo retienen contra la voluntad de sus padres, nos enseña que -desgraciadamente- a veces son necesarios terribles episodios, para abrirnos los ojos sobre el futuro que nos espera de seguir al paso que vamos.
Los Estados, erigidos en señores absolutos sobre la vida, dictan las condenas a muerte de sus súbditos más inermes e inocentes, por encima de cualquier otra autoridad; incluida la patria potestad de unos jóvenes y valientes padres. Y para mayor escarnio, la condena es bendecida por un alto Tribunal que pomposamente se presenta como «Europeo de Derechos Humanos».
Pero, aunque sólo fuere desde una perspectiva egoísta, el caso de Alfie Evans debería alertarnos. Pues si eso sucede con el árbol verde de un bebé de veintitrés meses y contra la activa oposición de unos combativos padres, temblemos al pensar qué pasará con la seca arboleda de unos viejos, cuya sola presencia molesta incluso a muchos de sus familiares.
Todo esto debería servirnos para aprender de qué va la película cuando nos hablan de eutanasia… No nos preocupemos por el futuro de las pensiones. La vieja Europa, donde apenas ya nacen niños, tampoco será país para viejos.





