Permítanme por una vez que me salte mi propia norma para con este medio de no tocar la política, pero voy a hacerlo. Y lo voy a hacer porque yo sí tengo el recuerdo vivo de una etapa de nuestra historia, y no me da la gana que sea olvidada. Leerán muchas veces, muchas, estas mismas palabras: historia, recuerdo, olvido, España… No es un defecto de quien les escribe, es que son de manera intencionada recalcadas.
Lo pienso y no quiero creerlo. La moralidad histórica de España en manos de buenistas, por llamarlos así, que borran de su memoria lo que les interesa. España es el país donde su recuerdo está siendo prostituido; chuleado por proxenetas que, como tales, viven del abuso al que someten a su meretriz.
Dicen que ETA, como aquel famoso comunicado de noviembre de 1975, ha muerto. Dicen que ya está. Que ahora –¡ahora!– toca dialogar. Ahora toca olvidar. Sí, sí… ¡Olvidar! Pelillos a la mar. De verdad, poco importa qué dijeran los terroristas en su carta de despedida; porque lo que de verdad interesa, lo que de verdad tiene miga, es que existe una sociedad que está enferma, carente diría, de eso que en Psicología se conoce como memoria primaria; esto es, la memoria a corto plazo. Porque no hace tanto que ETA asesinaba; de verdad, créanme, no hace tanto.
Vivimos desde hace unos años –insisto, créanme, no hace tanto– en un bucle de historia de la memoria. Una lemniscata. Un ocho por el que se circula en infinitas vueltas de odio guerracivilista. Hasta ahí llega nuestra historia. Retirar condecoraciones, calles, plazas, nombres de parques y hasta descabalgar de ecuestres piedras y bronces a todo aquél que, según le parezca al político cateto de turno –sí, también en Madrid, Barcelona, Sevilla, etc., hay de estos–, le parezca, y no siempre comprobado de manera fehaciente, vinculante al franquismo. ¡Fíjense que hasta el escudo de los Reyes Católicos era facha!
Sarcasmo, sí. Sarcasmo es lo que utilizo para desenfrascarme del sarcasmo en el que vivimos. Memoria para unos, pero para otros olvido. Olvido miserable. Aquí la memoria es cosa de unos que otros, cobardes en el Gobierno, apoyan por miedo a señalarse. Aquí la memoria es la gasolina; la que hace arder la convivencia pacífica que logró una España valiente que dijo que ya era hora de la armonía. Aquí la memoria es el hacha de guerra. Aquí la memoria es conjurar a algunos muertos, con todo el respeto por ellos lo digo, echándoles a otros más tierra. Aquí la memoria es escupir a la historia.
Puro sarcasmo, díganme que no. Ahora la memoria que nos quieren implantar en un chip es aquella del «todo tuvo un por qué y está justificado». Quieren convencernos de que, como dijo Julio Anguita, la culpa fue de Franco; también después de muerto. Después de muerto el Caudillo, con la democracia renaciendo, secuestrar, torturar y matar era culpa del ferrolano. ¿Y esa es toda la justificación? Pues no lo sé. Sí recuerdo, por ejemplo, cómo ciertos partidos políticos de entonces echaban la vista al suelo cuando se trataba de condenar los atentados de los criminales etarras estos.
Sociedad enferma la que pretende relegar la tragedia; unos porque no la vivieron, otros porque no la recuerdan y, más grave, los que la quieren ocultar para vivir con una verdad histórica, a base de remiendos, impuesta. ¿Nadie se acuerda de las manos blancas que surgieron de Érmua? ¿Nadie se acuerda de los zulos inhumanos donde morían las esperanzas? ¿Nadie se acuerda de los informativos despertándonos, dándonos el almuerzo o la cena con coches-bombas o tiros en la nuca? ¿Nadie se acuerda de las familias destrozadas sin derecho ni opción a recuperar nada? ¿Nadie se acuerda de los políticos, los periodistas, los señalados por los fanáticos nacionalistas haciendo con guardaespaldas su vida? ¿Nadie se acuerda?
¿Ahora toca olvidar? ¿¡Para esto sí!? ¿Olvidar en nombre de la paz? ¿De la misma paz que pedía España entera cuando se echaba a la calle a reclamarla? ¿Ahora hay que llorar por las familias de los presos etarras? ¿Ya se ha llorado bastante por las asesinadas?
Con la disolución de ETA, que no ha logrado nadie más que el trabajo de las Fuerzas de Seguridad del Estado, la clase política más estrafalaria, mendaz, oportunista, incierta, lenguaraz, absurda y pueril que hoy, por desgracia, nos acontece, nos dice que es el momento de alzar al cielo palomas blancas; y hay quienes les aplauden. No se trata de vivir en el rencor constante devenido por el horror, también incesante. No se trata de eso, para nada. Ya no hay ese tipo de terrorismo en este país, a Dios gracias; al menos, leído lo leído con algún que otro exaltado del nacionalismo más abyecto, de momento. Se trata de hacer justicia y de que se pague por la opresión, la manipulación –¿recuerdan el impuesto revolucionario?–, el crimen planificado y ejecutado, que durante décadas ha sembrado de pánico y muertos la historia más reciente de España.
Reitero lo que dije un poco más arriba. Desde hace unos años, no tantos, aquí, la memoria, es escupir a la historia. La historia de este país que, si no se actúa en consecuencia, seguirá pagando a quien la maltrata, la utiliza, mientras esta es constante y vilmente vejada.
Hay quien está empecinado en que olvidemos nuestra historia, pero parece haber olvidado que si un pueblo olvida tal cosa, está condenado a caer en los mismos errores y reiterarla.





