Esta parece ser la consigna universal, el principal contenido de todas las ceremonias importantes, aquellas que se retransmiten, aquellas a las que se les supone una trascendencia especial; muy notoriamente las que tienen o tenían o debían tener un sentido religioso o patriótico.
Por ejemplo, el desfile del pasado 12 de octubre (¡oh, parece que hablamos del siglo pasado! ¡Cuán rápido pasa de moda todo, en este mundo de inmediatez que hace obsoleto lo de ayer mismo…!). Cada año el desfile es más corto, más resumido. Este año, “por malas condiciones meteorológicas”, ¡qué casualidad! Y la idea de una familia regia en actitud solemne de pie ha pasado a la historia. Para las que no van de uniforme, la comodidad es lo primero; supone excesivo sacrificio el permanecer una hora de pie.
Todo esto ya lo sabíamos; que respetar el hieratismo consustancial a ciertas ceremonias importantes es algo que ya no está de moda, que se le da primacía a que los que las presiden (en este caso, los reyes) estén muy cómodos; vivimos en la era del confort y la salud, no merece la pena el riesgo de que en una hora de pie le salgan varices a una persona. Y las ceremonias deben acortarse y aligerarse para que no se hagan aburridas. Al fin y al cabo, nadie cree mucho en nada.
Pero lo curioso es continuar observando lo que sucede. Y resulta que después del desfile, los que eran incapaces de permanecer de pie una hora, pues… pues se quedan de pie durante una hora y aún más, estrechando manos, estrechando manos, siendo grabados, estrechando manos… Vale que realizan un pequeño intermedio para descansar, pero luego continúan de pie, estrechando manos, y siguen estrechando manos, y pasan los minutos y siguen de pie y no se mueven del sitio y están de pie y estrechan manos… Pero, ¿y el riesgo de varices? ¿y la salud?¿y la comodidad? ¿Dónde queda la modernidad de ser prácticos y modernos, y no caer en fanatismos, y permanecer sentados que es más cómodo y que es “igual de respetuoso” (esto se dijo un momento dado)…?
Estrechar manos de VIPs es lo crucial. Es lo importante. En esto sí se cree. Ya no representa la coletilla de las ceremonias: ha pasado a ser lo más destacado de ellas, lo que se considera más interesante, aquello en lo que no hay que escatimar tiempo ni esfuerzo.
Pero veamos otros ejemplos. Da cierta tristeza evocar la “entronización de León XIV” así de pasada como un ejemplo más, pero desgraciadamente parece que hoy día todo se asemeja, todo se unifica – pasadas por el baremo igualitario de las retransmisiones espectaculares, se hace difícil distinguir entre un tipo y otro de ceremonias. Ya no es “entronización”, claro, sino Misa de Inicio de Pontificado. Según leemos, hasta hace poquísimo esa misa inicial incluía una parte en la que todos los cardenales, uno a uno, prestaban juramento de fidelidad al nuevo Papa (se supone que ya lo habían hecho en privado justo después de la elección, pero ahora era el momento de repetirlo solemne y públicamente). Sin duda sería algo impresionante, lleno de significado, eso de verlos inclinarse a los ciento y pico, uno por uno… Pero, ¿qué pasó? ¡Ah, que recientemente se ha decidido que eso de pasar a jurar uno por uno es demasiado; sin duda resultará lento, pesado, repetitivo! Así pues, que presten juramento sólo dos cardenales, en “representación” del resto. La comodidad y agilidad es lo primero.
O, ¿lo es? Quiero decir: ¿la comodidad y agilidad es lo primero, y el pensar también en la salud de las personas mayores? Pues no. Sería un ideal triste y reduccionista (la primacía del confort físico), pero es que ni siquiera se cumple. Pues recién terminada la Misa, el Papa permaneció de pie durante mucho, mucho más de una hora (es decir, muchísimo más tiempo de lo que hubiera durado el juramento de todos los cardenales, y además aquella ceremonia de otrora se hacía estando el Pontífice sentado), estrechando manos de VIPs y más manos de VIPs, y siendo grabado y retransmitido, y siempre de pie, y saludando a unos y saludando a otros, y siempre de pie, y con más VIPs… más y más… aún más… más VIPs, más minutos… a pie enhiesto. De repente se acabó eso de pensar que las ceremonias deben ser ligeritas, ágiles, cortas. De repente todo el tiempo y todo el esfuerzo es poco, y qué más da si salen varices.
Los que hubiéramos preferido mil veces ver la ceremonia de ciento y pico de cardenales arrodillándose uno por uno encontramos difícil, en el mundo de hoy, explicar por qué. Acaso lo podrían entender mejor los católicos de poblados humildes africanos; un misionero explicaba cómo allí se deleitan con ciertos pasajes bíblicos que aquí tienden a abreviarse “para no aburrir”, es decir, los que llevan consigo enumeraciones (el Génesis: día primero, día segundo, día tercero…; y luego “este engendró al otro, el cual engendró al otro, el cual…”), y en ellas no ven monotonía, sino una belleza y una trascendencia especial. Hay un algo de inocencia en el mejor de los sentidos, como los niños que nunca se cansaban de oír contar un cuento con las mismas palabras y se quejaban si alguien pretendía cambiárselas. Hay algo arcano, profundo y auténtico en ciertas repeticiones, en momentos solemnes.
Eso arcano, profundo y auténtico es lo que desaparece. Y en cambio, la frivolidad del desfile de VIPs pasa al primer plano.
Los niños exigiendo el mismo cuento con las mismas palabras. Los católicos de un poblado africano escuchando con deleite el principio del Evangelio de San Mateo, con su solemne relación de extraños nombres; escuchando también sin cansarse las letanías de los santos sin abreviar, cuanto más largas mejor. El estandarte de Ur, ese resumen del mundo antiguo, todos en procesión… Todo esto no es pueril: tiene que ver con la infancia de la humanidad pero en su mejor sentido, es decir, cuando se conserva un vínculo con nuestros orígenes, con lo solemne y misterioso. Cuando el alma tiene ese vigor, no se cansa de las repeticiones, no hay lugar al aburrimiento.
Poder saborear siquiera alguna vez lo solemne, arcano y misterioso, sería algo que nos vivificaría. Pero lo suprimen “para no aburrirnos”. Dan por hecho que con el corazón marchito y la incapacidad para paladear lo misterioso (así nos suponen a todos. “Cree el ladrón…” ), pues más entretenido se nos hará el ver un desfile de banales VIPs.
(Si por ventura alguien envidiara la suerte de un VIP por verlo en primera fila en una ceremonia que considera deseable, bien puede dejar de hacerlo. No se trata de personas que gozan de un buen puesto en una ceremonia; es que ellos constituyen la ceremonia. ¿Qué interés tiene eso ya?)





