Estas fueron las despectivas palabras de un joven vigilante de la catedral (de los que contratan para prohibir el paso a los no VIPs), lanzadas al aire para humillar a una señora que quería entrar (señora que no es la que suscribe, por cierto; aunque hubiera podido serlo, salvo por el detalle de pertenecer ya a las que han aprendido, frente a los vigilantes prepotentes, a callar).
La meteórica decadencia de la fiesta del Corpus Christi en Sevilla, en cuanto a lo que tiene de auténtico, devoto y popular, no se advierte quizá a primera vista porque se “compensa” con el enorme relieve que hoy se le da, banalizado a través de mil fotos, vídeos y redes sociales, a cualquier evento que pueda tener un aséptico interés turístico exhibicionista (una persona más o menos agnóstica que en el año 2000 se hubiera ruborizado un poco de que la vieran en algo tan ñoño como una procesión religiosa, hoy lo hace con orgullo pues, colgado en redes sociales, cualquier acto es motivo de presunción, hay que estar en todas partes y que se vea…). Es decir, hoy se habla más de cualquier evento, y por supuesto se fotografía y se graba hasta la náusea, lo que oculta el hecho de que se viva infinitamente menos.
Para miles de sevillanos, la procesión del Corpus Christi el jueves era un hito importante del año, algo que no se perdían. ¿En qué consisten las tradiciones vigentes? ¿En disfrutarlo muchísimo, en darle mucho bombo…? Pues no, en eso no. Un español medio se toma las doce uvas en Nochevieja no porque el sabor de las mismas le deleite gastronómicamente, ni porque supersticiosamente piense que le van a “dar suerte”, ni por nada en particular; es algo que se hace sin más. No se le da mucha importancia acaso, pero no se cuestiona el dejar de hacerlo. Mientras más auténtica y vigente es la costumbre, menos se cuestiona ni se teoriza: simplemente se sigue. En una época individualista, disgregada, en la que nada es nada (todo está en crisis, las naciones, la misma existencia de hombres y mujeres), las migajas de alguna tradición con cierto arraigo, sea cual sea, son tesoros de oro puro. Y la de la procesión del Corpus en Sevilla era una de ellas (no diré para todos los sevillanos, claro, pero sí para muchos miles).
Hasta hace unos años, muy pocos. Acaso la pandemia la acabó de rematar (sonará contradictorio, lo sé. Pues nunca antes se habían hecho tantas fotos de esta procesión, ni circulaban por las redes sociales tantos vídeos. Como también circulan los de los viajes a Tailandia, con la misma autenticidad). Remató, digo, lo que tenía de costumbre, de tradición, de cosa que se hace sin cuestionárselo.
La prueba más fehaciente, el estado de las capillas de las hermandades más señeras en los cultos previos, especialmente en la víspera, es decir, el miércoles. Estos eran de los pocos días al año en los que faltaba el espacio; ahora, ya anuncien cultos igual de solemnes que antes o más (casi más, pues en años recientes se ha perdido un poco el “complejo” que llevaba a ocultar las casullas bordadas, las capas pluviales antiguas… ahora las vemos, algunos por primera vez sin estar detrás de una vitrina), pues las capillas de esas hermandades están casi vacías. Hasta los hermanos más notables prefieren irse de puente.
Faltaba el remate del anuncio de la cancelación de la procesión el día de antes. ¡El día de antes! (Sí, ciertamente luego el jueves llovió. Los meteorólogos hoy día son como los echadores de cartas que todos los años anuncian un magnicidio; si por desventura sucede, entonces recuerdan que lo habían predicho. El que lleven anunciando lluvias todo el año sin haber caído una gota no les baja de su pedestal, como tampoco se quedan sin clientes los adivinos).
La secular procesión se canceló el día previo “por razones logísticas”. ¿Acaso les mueve alguna otra?
Esa cancelación terminó de rematar –“rematar” otra vez, dirán, ¿pero no lo estaba ya? Eso creíamos, pero resulta que las cosas siempre pueden ir a peor, hasta quedarnos sin palabras – el especial encanto de ese Jueves del Corpus. Sin el anuncio previo, los que participan en la procesión hubieran madrugado de todas maneras (los hay que se levantan a las seis de la mañana, si viven en el Aljarafe, para acicalarse ellos y a los niños, y luego venir a Sevilla y aparcar, y estar a las ocho de la mañana en el Patio de los Naranjos. Y nadie les obliga ni les paga por ello. Son cosas que se hacen, que no tienen una recompensa material ni social… y que acaso sean las mejores de la vida. No sabrían explicar su sentido y a lo mejor son sus únicas actividades que de verdad lo tienen. Entre los que desfilan en la procesión la crisis no ha hecho tanta mella como entre los que la contemplan), y hubieran acudido expectantes, aun bajo la lluvia, por si amainaba; y en el caso de anunciarse la suspensión, hubieran participado en el acto alternativo, o incluso si se volvían a casa, pues hubieran regresado con cierta sensación de haber participado, de haber hecho todo lo posible ese día del Corpus. El anuncio de suspensión el día de antes acaba con todo eso.
Ya entonces, ¿quién acudirá? Sí, se celebrará seguramente una misa y una procesión dentro de la catedral, pero de eso ya no trascienden detalles; y el pueblo llano (el escasísimo que se mantiene fiel), ya sabe por experiencia que no le dejan entrar. La política de “seguridad”, vallas y vigilantes, actúa ante tres nonagenarias devotas lo mismo que si viera una multitud inmensa de gamberros: Prohibido el paso. Las naves del inmenso templo, ese construido tan grande “para que nos tengan por locos”, permanecen vacías, pero el vigilante de la valla se crece en prohibir el paso a dos señoras con paraguas que le triplican la edad…
La televisión retransmitía generosamente la escena de los tres obispos con antiguas capas pluviales saludando uno por uno a un VIP detrás de otro. (Con la de veces que expresábamos muchos, años ha, el deseo de que semejantes exornos no estuvieran bajo vitrinas, sino que se usaran, que se emplearan para lo que fueron creados… ¿No tendríamos entonces que alegrarnos…? Bueno, es que la idea es que semejantes capas se emplearan para acompañar al Señor cuando desfila solemnemente ante el pueblo, no para saludar banalmente a una interminable fila de VIPs).
Y a la vez, el jovencito de la valla no sólo frenaba la entrada a los tres o cuatro incombustibles (no VIPs) que, pese a la lluvia, pese a todo, se habían molestado en acercarse a la catedral; sino que encima los ridiculizaba.
Pero la psicología del vigilante prepotente merece capítulo aparte.





