Sí, esta mujer fue mi madre. En realidad sigue siéndolo, pues aún después de muerta me reconozco en ella más que en ninguna otra persona a la que haya querido. No digo que me parezca, ¡ya quisiera yo tener su inteligencia, valentía y carácter!, lo que digo es que aspiro a ser como ella. Algún día, quizás.
Sé que voy con mucho retraso, pues a sus 57 años Lucía ya había estudiado 3 carreras, criado a 2 hijos (uno de ellos yo, torpísimo con los estudios) y alcanzado la cima profesional en cuantos trabajos había desempeñado.
Nunca nada ni nadie, impidió a Lucía desarrollar su carrera o ser admirada por algunos de los hombres más brillantes que he conocido, el primero de los cuales fue mi padre. Eran tal para cual, sin que su sexo fuese un lastre o un motor. Eran grandes, bellos y espléndidos, aunque Lucía – mi madre- destacaba con luz propia. En una de las imágenes que ilustran estos recuerdos, mi mirada de niño expresa mejor que estás líneas lo que quiero decir.

Ya sé que los tiempos eran duros y las mujeres de su generación (nació en 1933) estaban abocadas a las ‘tareas del hogar’, pero del mismo modo que siendo niña en 1940 mordió al falangista que vigilaba a su padre en prisión, siendo ya adulta la vi plantando cara al director de mi escuela para que yo no cantara el ‘Cara al sol’ (esto sería en 1970) con ocasión de no sé qué evento. Nunca lo canté. También la vi defender a algún cura o al Dios en que creía cuando algún progre sobrevenido se venía arriba. Todo esto hay que decirlo, pues Lucía no encajaba en moldes prefabricados.
Y ella, a pesar de todo, jamás nos inoculó ni odio, ni resentimiento por un pasado irreversible y tóxico, acaso porque siempre fue consciente de ser dueña de su vida y su destino y también de que el amor no es incompatible con la competencia profesional. Y cuando sabes que eres responsable de tus actos, no sueles buscar enemigos externos para delectarte en el agravio. Aunque exista, pues negarlo sería no ver la realidad. Y soy consciente de que no todo el mundo puede ser como fue Lucía.
Mi amor por la lectura se lo debo a ella, y haber terminado mis estudios fue gracias a ella y sus noches y veranos de repasos interminables, y sentirme menos culpable de algunos errores cometidos también se lo debo a ella, y haber aprendido a amar mi profesión se lo debo a ella, y también le debo a ella saber detectar en las personas la chispa de grandeza que cada uno de nosotros oculta sin quizás saberlo. Es esta una virtud que siempre tuvo Lucía. Sabía extraer lo mejor de cualquiera que se aproximara a ella y lo hacía sin necesidad de paños calientes ni equidistancias cuando estaba frente a sus enemigos – que alguno tuvo- sino encarándolos directamente con la fuerza de una verdad despojada de odio. Su sonrisa desarmaba y su humanismo cristiano sin alharacas hubiera convertido a Diocleciano.
Murió un 19 de marzo de 2014, sin enemigos y sabiéndose querida por los niños de antaño transformados en adultos agradecidos, murió siendo amada por su esposo y por sus hijos que en tal día como hoy vemos en su rostro la imagen de tantas madres trabajadoras.





