Pasan a la historia de la literatura las obras maestras, las que destacan por su originalidad y brillantez. Pero, como sucede también en la historia de las artes plásticas, pues las obras secundarias (las producidas por pintores o escritores más bien convencionales, hijos de su tiempo), no son de desdeñar: es más, resultan casi más útiles que las “geniales” a la hora de constatar las costumbres, los valores vigentes en una época.
Esto sucede con los varios libros de memorias que publicó en su ancianidad la princesa Victoria Luisa (digámoslo a la española), la hija del emperador Guillermo II de Alemania. No ofenderá a nadie el decir que no presenta una prosa brillantísima, ni un gran sentido de análisis histórico, lo que tampoco pretende. Pero su lectura resulta interesante para quien siente curiosidad por un tema fascinante. ¿Cómo pudo cambiar tanto Alemania? ¿Cómo esas calles de Berlín que conocimos en los años noventa tan destartaladas, desangeladas, pudieron ser no hace tantísimo escenarios de un esplendor imperial, como de verdadero Antiguo Régimen…? La autora defiende a ultranza a su padre y a su patria (esa lealtad la hace simpática, sin necesariamente creerse sus razones). Y difiere de otras memorias de princesas (como por ejemplo en España las de la Infanta Eulalia hija de Isabel II – contemporánea suya, y por ende, huésped frecuente del propio Guillermo II) en que por una vez no hallamos aquí el conocido refrán, supuestamente original pero ya cansino, de “no le agradaba la pompa regia, era rebelde, hubiera querido ser una persona anónima…”. La princesa Victoria Luisa se identificaba con el papel que le tocó vivir; en sus libros describe con añoranza el esplendor imperial, dándole el valor que tenía.
“Im Glanz der Krone” es el título original de unos de sus libros, ilustrado orgullosamente con todas las fotografías que pudo hallar, “Glanz, Krone”, ¿no traslucen estas mismas palabras el esplendor de una época? Describe aquella corte brillante sin complejo alguno, sin pedir perdón, creyendo firmemente en su valor representativo. Por otro lado, nadie hoy día se hubiera cambiado por ella en aquella corte de 1910. La corte prusiana era aún más notable que otras por el contraste entre esplendor externo y total, total y absoluta incomodidad física dada la rigidez protocolaria extrema, y la pasmosa indiferencia hacia cosas como frío, calor, higiene o salud (¿Alguien soportaría hoy esas continuas cenas y presidencia de desfiles que podían durar como diez horas, cargadas de joyas sin ausentarse si un momento, erguidas y a la vista del público…?). El espíritu tenía algo de espartano, aun consumiendo veinte platos en un salón de estilo rococó.
Luego describe su matrimonio, de nuevo su feliz adaptación de princesa imperial a duquesa consorte de Brunswick (y de nuevo, sin rebeldías, sin “oh cómo odio el protocolo”, no, ella se identificaba con el protocolo. ¡Cuán refrescante y hoy novedoso, ese punto de vista!).
La derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial, el fin del imperio, el advenimiento de la segunda guerra, todo lo narra con una inmutable lealtad patriótica. Cualquier historiador le pondrá diez mil peros a su narrativa, y no digamos si es británico; pero la autenticidad de su testimonio es innegable, en el sentido de que decía lo que realmente pensaba (no se atenía, ¡oh, aprendamos, mundo contemporáneo!, a ningún guión establecido). Pero fijémonos en concreto en este punto:
Los cuatro hijos varones de Victoria Luisa, así como sus seis hermanos, eran todos, como no podía ser de otra manera en ese contexto, hombres de armas. Bajo un sistema de gobierno o bajo otro, les resultaba inconcebible otra ocupación que no fuera la de estar prestos a defender a su patria. La principal queja de Victoria Luisa hacia Hitler era el modo en que “discriminó a los príncipes”, es decir, cómo los apartó del ejército, los licenció, los mandó a casa, no les permitió tomar parte activa en la guerra (¡menuda queja, desde la perspectiva actual!).
Estas son sus palabras literales, después de explicar cómo uno a uno, fueron retirando a todos sus hijos del servicio activo: “Cuando los miraba sentados a la mesa, no podía por menos que menear la cabeza: tenía allí un general, un comandante, dos capitanes de caballería y un alférez… retirados. ¡Y eso en medio de una guerra!” (el quinto militar retirado a la fuerza era su esposo). Se lamenta de la humillación, el desperdicio existencial, que no se les permita defender a su patria que es para lo que han sido formados… Y no es que a los comandantes y capitanes príncipes se les reservara una función decorativa: la narradora evoca cómo cayeron, en acciones de guerra, algunos de sus hermanos y sobrinos; y si se lamenta, es de cosas como esta: “Al caer mi hermano Eitel-Fritz, Hitler decretó que el entierro de aquel bravo soldado tuviera lugar sin honores militares. Fue vergonzoso. Los fieles amigos de mi hermano en la Wehrmacht, entre ellos dos generales muy conocidos, tuvieron que asistir al funeral vestidos de paisano”.
Desde el punto de vista actual y en la vieja Europa… pocos se sentirán identificados con estos párrafos y acaso no podrán ni comprenderlos. “¿Se queja de tener a sus hijos en casa bien resguardados? ¿Se muere su hermano y sólo le preocupa que los asistentes al funeral vayan de paisano?”. Pero en su mentalidad, la coherencia de la duquesa de Brunswick es manifiesta. Si se identificaba con su papel representativo de presidir cenas de gala cargada de joyas, también con el concepto que esto implicaba de que sus hijos en el Ejército estaban para servir a la patria, y si esto se les negaba, esto suponía el quitarles la identidad, el anularlos totalmente. Más grave que perder la vida (al fin y al cabo hay que morirse – obviedad que olvidamos hoy día), era perder el sentido de la misma.
Con esta mentalidad, bien se podía hacer la guerra (no diré ganarla, pues no la ganaron evidentemente. Pero al menos, así sí se pueden dar batallas).
Y, ¿qué diremos del lado británico…? Recurriendo de nuevo a la literatura popular, ¡cuántas veces sale, por ejemplo, la figura del “desertor” como de lo más deshonroso que cabe, un auténtico baldón en cualquier familia! En “Se anuncia un asesinato”, de Agatha Christie, aparece esta figura abyecta, de pasada en un personaje secundario. Menos mal que acaba “bien”: el desertor muere al intentar salvar a un niño de morir atropellado, y esto lava un poco el deshonor y permite a su viuda e hijo levantar la cabeza…
¡Qué ajenos nos sentimos a estas cosas!
Pues el tener mentalidades así es el único modo de hacer la guerra (eso que de repente se ha convertido en el increíble afán de las élites europeas). No compartimos ese deseo. Pero si los líderes quieren hacerla… que empiecen por sus casas. Que empiecen por considerar deshonroso el ver a sus hijos sentados tranquilamente a la mesa, en vez de en el frente de batalla.
El dinero sólo no hace nada. Ellos lo toman como concepto mágico (la solución a todo es “más gasto”. Como en la enseñanza, como en todo, ¡qué espejismo!).
Extrañísimo todo, suena raro el estar hablando en estas cosas. Después de toda una vida de pacifismo y buenismo institucionalizado…





