Aunque en estos momentos mi estado de ánimo no es el más apropiado para tratar de estos espacios en que la persona distrae sus obligaciones y necesidades para que este valle de lágrimas atenúe las penas que por mor del destino le pueden llegar.
Hay especial empeño en deformar el sentido de la interpretación, con la intención de llevarnos al huerto de los jaramagos, así, desde tiempo inmemorial, el espectáculo se ha convertido en tradiciones para divertir, distraer y vengarse de otros. Ahí quedan los circos romanos, las ejecuciones inquisitoriales en lugares públicos, y para colmo, hasta crucificar a un hombre por defender la justicia, y a otros muchos, ha servido en el transcurrir de los años en una alegre diversión.
Nos tomarían por locos si propusiéramos cambiar el recuerdo de un trágico acto histórico con la celebración interior y reflexiva de algo que tanto se dice creer. Pero nada, con el cuento de la Resurrección hay que “jartarse” de cerveza y ensaladilla. Y más loco aún, si nuestra sugerencia de la Semana Santa se dedicara a homenajear, incluso tapas incluidas, a cuantos héroes, sabios, filósofos etc., han entregado su vida por los demás, a cambio de un nulo reconocimiento por la mayoría que entienden que el cielo se gana con “calentitos” y chocolate.
Existe un convencimiento generalizado de confundir la creencia con la tradición; Cuando una persona o un pueblo llora y se entusiasma por un talla de madera con redobles de tambor, no está creyendo en Dios, sino en el recuerdo de una tradición, de los familiares que ya no están con nosotros, y con ese cúmulo de vivencias que nuestras mentes conservan. Pero se diga lo que se diga, eso nada tiene que ver con la divinidad, y mucho menos con la obediencia ciega a unos señores que eliminan y modifican Evangelios, o convierten a Dios, tras 325 años de historia, en alguien que no han conocido, y lo peor, que ni quieren conocerlo.
Pero debemos estar equivocados, la Iglesia Católica reza (¿a quién?) por la paz, pero facilita las guerras. Lo suyo es pedir por la eliminación de la pobreza, pero ellos siguen acumulando capital. Recomienda no negociar con la fe, pero la fuente de ingreso en el Vaticano y la comercialización de estampitas, libros, recuerdos y el acceso a la casa de Dios, bien que los cobran.
En la actualidad el espectáculo no tiene más objetivo que embrutecer a unas masas que ignoran a Beethoven, o a Fleming, o a Espartaco, (no el torero), o a Antonio Machado, o a Miguel Servet, o a Cervantes, etc., entendiendo que la cultura también debería formar parte de la diversión, el entretenimiento y, de camino, el eterno homenaje a quienes tanto le debemos.
El espectáculo consiste en el personal moderno en perder el tiempo en guardar intensas colas para asistir a una bulla, donde la figura, es un señor promocionado por la publicidad, que nadie escucha, y todos vociferan, adobado en demasiadas ocasiones con drogas, navajazos y otras menudencias. Todo esto se traduce en un gran negocio empresarial y que las masas sigan embruteciéndose.
No nos negamos a los espectáculos y a las tradiciones. El que suscribe siempre ha sido adicto a ello, pero sin meter en el mismo saco el respeto, el abuso y la confusión.





