Hace tiempo que buscaba un momento para dedicarle a esta pasión del articulismo que, qué curioso, han sido precisamente las letras quienes, de alguna forma, me lo han estado vetando. Primero, presentaciones y nuevos formatos para sacar de las páginas a la voz viva los versos de mi último libro, después compromisos y nuevos proyectos que enlazaron con mi ingreso en la Academia Norteamericana de Literatura Moderna y, a posteriori, la pretensión de implicarme más aún en la defensa del legado cultural español a través de la Hispanic Society of America de Nueva York. La cultura –siempre la cultura–, la literatura y el ansia de querer ser útil en esa herencia que se nos ha ido dejando a través de los siglos por parte de aquellos que la hicieron rica hasta lo incontestable, ha sido lo que me ha llevado embarcado por los mares, siempre interesantes y profundos, de nuestro acervo.
Y hete aquí que este humildísimo defensor de nuestro común idioma se encuentra con las noticias de lo absurdo y lo patético en lid con la cordura lingüista. Desde la implosión del todas, todos y todes de doña Carmen Carmena, a la pelota que el Gobierno de España ha dejado en el tejado de la Real Academia de la Lengua sobre que la supuesta inclusividad –toma neologismo– (feminización) de algunas palabras esté refrendada por tan docta casa.
A mí lo que de verdad me da es que aquello del «limpia, fija y da esplendor» hay quien se cree que fue un anuncio de Patrico, aquella gomina ochentera; y que la escasez de inteligencia para estas cosas no es tal, sino una maniobra en grado astuta para, a través de las redes sociales y determinados medios, inyectar el veneno de la perversión –por manipuladora y usurpadora– lingüística. Una inmersión más. Confundir la pluralidad con la mala praxis solo resta valor a uno de los mayores tesoros que tenemos los españoles y que, hoy por hoy, está en alza; pero aquí somos expertos en devaluarnos.
El uso de la letras e, equis o los os/as como significativo de ese lenguaje inclusivo que tanto anhelan y que, sin embargo, ya poseemos con la voz masculina como unitaria, así como las necesarias duplicidades, no hacen más que crear una torpe comprensión de lo que, hasta ahora, era de sencilla interpretación, amén de cansar a los propios usuarios con tal carga improductiva, ya sea como redactor, lector o simple vocero de esta disrupción del lenguaje. Porque, y así lo veo, sus promotores son meros charlatanes de charlotadas.
«Queridas, queridos, querides (queridxs) queridas/os todas, todos, todes (todxs) todas/os…». Sé que parece exagerado, sin embargo, es esta la caricatura que se nos presenta en pos de no sé qué igualdad. Igualdad de identidad dicen algunos. Sin duda estamos representados por auténticas camionetas sin luces, por socavones, por adoquines mal fijados, por mojones kilométricos con errores indicativos, por doctores liendres, por bombillas sin filamento, que solo logran crear una sociedad de un léxico vulgarizado, adoctrinada, rayana en lo inculto y mal hablada si hacemos caso a estos cascaterrones que se cargan el provechoso caramelo que es el español.
Valiente país donde las minorías pretenden imponer, que no compaginar, sus lenguas creando comunidades etnicistas, endogámicas y, al final, reducto para vanagloria de unos pocos. Valiente país donde sus propios gobernantes se arroban al pitoflautismo de las ideologías que promueven lo contrario de lo que venden: un lenguaje exclusivo y arrojadizo que aleja más que acerca, ¡que discrimina! Un lenguaje trucado a conveniencia.
Se leen enormes barbaridades atacando a la RAE misma y, por ende, a la lengua española calificándola de machista, de retrógrada he llegado a leer; ¡precisamente al español!, que es uno de los idiomas con más capacidad de absorción y adaptación de voces foráneas y otras nuevas formas concitando uno de los más completos y diversos diccionarios; sus veintidós academias así lo atestiguan. Empero, al igual que existen jueces sin haber estudiado Derecho, existen lingüistas cum laude por la Universidad de Twitter, por ejemplo, y así nos va. O lo que es peor. Actores sociales de primer orden que menosprecian y deshojan una de las más importantes formas de expresión a nivel mundial. Lo dicho: unos caciques.
Con la de cosas que hay por arreglar en este país –o eso decían desde la oposición los que hoy son gobierno–, y las de tonterías que pretenden imponernos y con la que nos ocupan. Y para colmo, los señores de la renombrada Academia tienen ahora que sacar del fuego las castañas milongas de sus inclusivas señorías y sus revueltas lenguas y hacer un español para inclusivos, ¿o será, como he dicho, para exclusivos?





