Las recientes elecciones europeas concluyen con un escenario en el que el modelo heredado de la Segunda Guerra Mundial ha sido liquidado, ya que el bipartidismo ha degenerado en duopolio, y prueba de ello es que, si en España las diferencias entre PP y PSOE se reducen a leves matices, en Alemania, la moderada socialdemocracia y la no menos moderada Democracia Cristiana son indistinguibles. Fruto de este contexto, muchos ciudadanos han visto cómo sus necesidades quedaban fuera de la agenda política fruto de un pernicioso consenso entre los dos grandes partidos, algo que se aprecia en la totalitaria Agenda 2030, el multiculturalismo y la ingeniería social progre.
Ante el contexto antes descrito, muchas naciones europeas han reaccionado, alzándose con la victoria los partidos de la derecha identitaria:
- En Francia, la Agrupación Nacional de Le Pen ha duplicado en votos y escaños a Macron, siendo una situación inédita en la que hay que remontarse a 1974 para encontrar unas elecciones en la que un partido gana con tanto margen, siendo tal el cataclismo político que el presidente centrista ha tenido que convocar elecciones legislativas anticipadas al perder su partido el apoyo de la mayoría de los franceses.
- En Alemania, Alternativa para Alemania se ha convertido en la segunda fuerza política.
- En Países Bajos y Austria, el PVV de Wilders y el FPÖ, respectivamente, se han posicionado como la primera fuerza política.
- Los gobernantes Meloni y Orban han ganado los comicios en sus respectivos países.
La nueva derecha identitaria ha capitalizado el voto joven, de tal modo que, en términos globales, la suma de escaños de los grupos de Identidad y Democracia y los Conservadores y Reformistas en el Parlamento Europeo supera a los socialistas y si se suma aquellas formaciones de tendencia similar que forman parte de los no adscritos (como AfD, el Fidesz húngaro y el Korwin polaco), éstas superan incluso a los populares (que son la primera fuerza política), por lo que se aprecia por vez primera una Eurocámara en la que la derecha soberanista es mayoritaria.
En toda la Unión Europea se puede observar cómo la primera o la segunda posición de dichos países se corresponde con dicha tendencia, siendo la Europa mediterránea la única excepción, lo que la convierte (en palabras de Pedro Fernández Barbadillo) en la reserva progre del continente, lo que hace que España sea el país que tiene más peso en las delegaciones del PPE y el PSE en el Parlamento Europeo, pues al igual que en España, los partidos tradicionales (PP y PSOE) son las dos fuerzas mayoritarias, en Portugal lo son el Partido Socialista y el centro-derecha de Alianza Democrática, seguidos por Iniciativa Liberal (equivalente a Ciudadanos), teniendo que llegar a la cuarta fuerza política para encontrar a CHEGA, el VOX portugués. Un escenario similar al que se da en Grecia, donde Solución Griega es igualmente cuarta fuerza política tras Nueva Democracia, Syriza y PASOK.
Es preocupante que en el contexto más propicio posible, el PP no haya tenido una amplia ventaja sobre Sánchez en el contexto más desfavorable para él, acechado por los escándalos, tanto el caso Koldo como el de su esposa como la amnistía, lo que denota que Feijóo no es el líder adecuado para el PP, debiendo optarse por un perfil combativo que no tienda la mano a un gobierno socio de los enemigos de España y la democracia y se atreve a pactar sin complejos con VOX, que es la única opción que tiene de acceder al gobierno, mientras que Sánchez blanquea a sus extremistas socios, de los golpistas catalanes a los filoterroristas de Bildu. El PP debe hacer una seria reflexión y optar por su mayor activo, que es Ayuso, como su futura jefa de filas.
Un elemento decisivo de estos comicios es la reorganización del espacio a la izquierda del PSOE, visiblemente dividido y con un equilibrio de fuerzas similar, ya que Sumar ha conseguido tres escaños y Podemos, dos, fruto del voto de castigo a la formación de Yolanda Díaz, que ha sido considerada por parte de su electorado como una mera comparsa del PSOE, fruto de su tono moderado y su modo de proceder reformista, siendo mucho más pragmático que Podemos, más radical y rupturista. Por tanto, la consecuencia más evidente de la resurrección de un Podemos al que muchos daban por muerto es que dos formaciones enemistadas, pese a formar parte de la misma parroquia ideológica, tendrán que negociar en igualdad de condiciones si no quieren que sus votos se dispersen.
VOX ha conseguido más del doble de los diputados que tenía hace dos años, pasando de tres a siete escaños, superando a Sumar y revirtiendo el escenario de las últimas elecciones generales, por lo que vuelve a ser tercera fuerza política, y si bien es cierto que el partido de Alvise Pérez le ha restado votos, han compensado dicha perdida de sufragios creciendo a costa de la abstención y de electores jóvenes que votan por primera vez.
Los dos espacios que siguen sin representación en las instituciones son el centro político y la izquierda nacional. En el caso del centro se puede constatar que desde el principio de la democracia ha tenido una presencia tan ocasional como efímera, siendo el caso de UCD, el PRD, el CDS, UPyD y más recientemente Ciudadanos, que en estas elecciones ha quedado por detrás del PACMA (la primera formación extraparlamentaria), pese a contar con un buen candidato como Jordi Cañas, que junto a Javier Nart ha demostrado una gran decencia política y personal, pues pudiendo unirse al PP (como ha hecho el número dos del partido Adrián Vázquez) e incluso a VOX (como ha hecho Girauta) se han quedado al frente de un barco que sabían que se hundía.
El otro espacio vacante es el de la izquierda nacional, que rechaza los pactos de Sánchez con el separatismo, que tenía opciones como Izquierda Española, de la que además formaba parte una histórica del PSOE como Soraya Rodríguez, así como la izquierda anti-woke del Frente Obrero, que sería claramente el VOX de la izquierda, y que considero que de cara a un futuro puede tener serias opciones de conseguir representación.
El vencedor moral de los comicios es “Se acabó la fiesta”, la opción liderada por Alvise Pérez, que verdaderamente no es un partido sino una agrupación de electores, y de la que sólo se pueden encontrar semejanzas con los partidos de Jesús Gil y Ruiz-Mateos, siendo el del presidente de Rumasa con el que guarda más semejanzas, ya que ambos se presentaron a unas europeas para conseguir el aforamiento, algo que el propio Alvise no oculta, aunque lo intenta presentar como un acto altruista para protegerse del sistema y “defender la verdad y la libertad”, cuando la realidad es mucho más ruda, ya que su propósito es evitar los juicios y las multas por los numerosos bulos que difunde, teniendo un largo historial de los mismos a sus espaldas.
No hay una formación equiparable a SALF (Se acabó la fiesta) a nivel internacional y mucho menos, europeo, pudiendo ser una alt-right antisistema, teniendo sus votos una procedencia diversa: un 20 % del PP, un 40 % de VOX y un 40 % de la abstención y de jóvenes que han votado por primera vez, siendo en no pocos casos un voto de protesta y de la anti-politica, ya que Alvise no es más que un caradura vendehúmos que es el verdaderamente el Podemos de la derecha, y prueba de ello es que habla de manera similar al Pablo Iglesias de 2014, de hecho, en la misma noche electoral ha hablado de “sistema parasitario”.
El ascenso del nuevo populismo de SALF ha sido impulsado por una jugada tan inteligente como maquiavélica del PSOE, que, consciente de que VOX no da tanto miedo como antes, ha tenido que impulsar a un nuevo actor que divida el voto de derechas y reactive al electorado de izquierdas por medio de un personaje más radical, de formas soeces y exaltadas, cuando no directamente barriobajeras. No deja de resultar paradójico que este pretendido antisistema que se lamenta de que todos los medios lo silencien, sea citado en un mitin por el propio presidente del gobierno, del mismo modo que la encuesta que mejores resultados le daba era la del CIS, es decir, la elaborada por el propio gobierno, circunstancias que no responden a la mera casualidad.
Si bien es cierto que SALF y VOX tienen líneas ideológicas semejantes en cuestiones como la seguridad, la lucha contra la inmigración ilegal y el feminismo radical, hay diferencias importantes, ya que Alvise propone un referéndum para la salida de la Unión Europea, algo que VOX no plantea, de modo que diferencia fundamental estriba en que VOX es un partido más reformista y moderado, siendo una formación que actúa desde las instituciones, mientras que SALF es una formación radical que quiere destruir el sistema desde fuera.
VOX es un partido legalista comprometido con la Constitución y el Estado de Derecho, mal que le pese a algunos, ya que ha sido el único que defendió los derechos de los españoles frente a un gobierno que confinó a los españoles durante la pandemia, restringiendo de manera inconstitucional derechos fundamentales como la libertad religiosa y de circulación por medio de un estado de alarma que no era más que un estado de excepción de encubierto. Por el contrario, Alvise es un ególatra y un narcisista que, como el mismo ha dicho, está dispuesto a saltarse la ley, que es la garantía de nuestras libertades. En este sentido, el líder populista ha manifestado que encarcelaría a aquellos que lleven tatuajes de bandas, así como a su familia si se beneficia del dinero que procede del narcotráfico, por mucho que digan los organismos internacionales. En definitiva, ha dicho abiertamente que pretende violar incluso los tratados internacionales suscritos por España, lo que, unido a sus características personales, crea la combinación letal perfecta para que pueda convertirse en un autócrata al estilo de Putin.
Alguien que ha hecho de la amenaza y el señalamiento su modo de proceder habitual como periodista, vanagloriándose de que sus seguidores llenen de insultos y amenazas las redes sociales de aquellos a los que señala, una vez como eurodiputado, ¿qué no hará con de esa actitud matonil propia de la Venezuela chavista?





