Entre los múltiples y gravísimos problemas que tiene planteados la sociedad española -demografía insostenible, baja productividad, encarecimiento energético, sanidad y justicia colapsadas…- uno no menor es el del creciente desapego de gran parte de la población hacia el proyecto común nacional. Las implicaciones de tal fenómeno son colosales en todos los ámbitos. Por ejemplo, en el de la Educación: en más de un tercio del territorio nacional, los alumnos no pueden ser escolarizados en el sistema público en el idioma español, el cual, como es sabido, no solo es la lengua materna de la inmensa mayoría de esos niños, sino que resulta ser una de las más importantes del mundo.
En cambio, esos menores son obligatoriamente “instruidos” en lenguas regionales casi aldeanas y carentes de literatura, dicho sea con todo respeto para esos idiomas minoritarios y asistidos de respiración artificial (que se paga, naturalmente, con nuestros generosos impuestos). Porque una cosa es proteger a esas lenguas y otra muy distinta es imponerlas haciendo experimentos con nuestros hijos. La magnitud del desaguisado es sencillamente brutal.
El fenómeno, además, no ha acabado aún, de forma que no sería de extrañar que pronto veamos inmersión lingüística en fabla aragonesa, en llionés, en asturiano, en castúo y hasta en silbo gomero. El dato de la imposición obligatoria de lenguas regionales es tan surrealista y kafkiano que muchos extranjeros no lo llegan a entender y creen que se trata de una exageración nuestra. Nadie ha calculado aún el daño que se les hace a esos menores en términos de limitación de horizontes culturales y pérdida de habilidades competenciales en un mundo globalizado.
Muchos biempensantes se quieren engañar a sí mismos argumentando que el auge del nacionalismo fraccionario no es tan grave. Culpan a la Ley electoral vigente, que es la que potencia de forma artificial las opciones autonomistas al concederles una sobre-representación exagerada. Pero el hecho innegable es que el crecimiento de tales opciones cada vez más abiertamente separatistas, en términos históricos, resulta imparable, aun contando con ciertas oscilaciones coyunturales. El separatismo catalán, por ejemplo, que había cosechado un sonoro fracaso con su ridículo Prusés de 2017 -a pesar de los ímprobos esfuerzos realizados desde Madrid para amortiguar en lo posible tal fiasco- ha obtenido un resonante éxito en las recientes elecciones de 2023, gracias a la incalificable desfachatez del PSOE de Sánchez.
La fechoría cometida por este sujeto no fue muy diferente de la que perpetró en su época Zapatero, cuando rescató a una izquierda aberchale que se hallaba en la UCI en torno a 2010. No vamos a decir nada acerca de la antaño españolísima Navarra, cuyo panorama electoral en 1975 era diametralmente distinto del actual, y que hoy se halla muy próxima a ser fagocitada por el aranismo más cerril y obtuso. Gracias a ese PSOE de nuestros pecados cuya rapacidad depredadora seduce a tantos compatriotas, hooligans de esas siniestras siglas.
Las barrabasadas recientes del PSOE sanchista, que bordean abiertamente la alta traición, no deben hacernos olvidar la responsabilidad del PP en este mismo asunto. Recordemos cómo este celebró pactos tan abyectos como el del Majestic, por el cual dicho partido entregaba Cataluña a los nacionalistas para poder mandar en Madrid. Recordamos, asimismo, cómo utilizó su responsabilidad de gobierno en comunidades como Baleares o Valencia para comportarse como un partido nacionalista de estricta observancia. De hecho, en Galicia y en Andalucía, en todos aquellos lugares en los que tiene mayoría absoluta, se sigue envolviendo en banderas autonómicas a las que califica de “enseñas nacionales”. En Ceuta, incluso, prefiere aliarse con el islamismo radical antes que sentarse con VOX. No les vayan a llamar fachas, por Dios bendito.
El giro andalucista de Moreno Bonilla en los años que lleva gobernando ha sorprendido incluso a los nacionalistas más recalcitrantes y que habían sido barridos por el electorado, como Rojas-Marcos, dándoles una inesperada nueva oportunidad. En este sentido, el PP no hace más que seguir la corriente cortoplacista y oportunista que impuso en su momento Clavero Arévalo y que acogió alborozada la tontuela derecha mediática oficial de nuestro país. A saber: que si la “derecha” quería rascar bola en esto del “poder andaluz” tenía que tragar con la bandera almorávide, con el himno que pide como máximo ideal de la sociedad una Reforma Agraria colectivista y con el Padre de la Patria que soñaba con una Andalucía reislamizada. Por no profundizar en otros disparates antológicos anhelados por el infortunado notario de Coria.
El sistema que nos hemos dado consiste en una serie de regiones desiguales y ofendidas que juegan a ser pequeñas patrias oprimidas deseosas de pillar cacho. Estas anhelan emanciparse de la maldad madrileña a base de mirarse el ombligo y de reclamar no ser menos que catalanes y vascos, considerados los líderes y máximos beneficiarios del negocio. Este sistema, decimos, ha resultado ser muy lucrativo para las élites políticas, ya que señala un enemigo identitario a quien culpar de las frustraciones; pero muy negativo para el bien común de la sociedad española, ya que pone barreras y fronteras internas físicas y mentales de incalculables consecuencias. No hablamos solo de la quiebra de la unidad de mercado o de las trabas que se imponen a las migraciones internas: se trata del crecimiento exponencial de una burocracia parasitaria y de las tensiones que impiden, entre otras cosas, tener un Plan Hidrológico Nacional.
En los últimos cincuenta o cien años, las naciones que van en el sentido positivo de la historia son aquellas que han fortalecido la unidad en contra de las tendencias centrífugas. Dos países tan diferentes, como Estados Unidos o Suiza, que eran estados confederales en su origen, han fortalecido su poder federal y hoy se presentan como “sólidas uniones”. No digamos nada de Francia o del pequeño Portugal, que no permiten opciones regionales sencillamente para no perjudicar al conjunto de la nación. Italia y Alemania, que hace siglo y medio eran territorios disgregados hoy tienen una sólida integración interregional, más acusada en Alemania, aunque formalmente sea este un Estado federal. En cambio, el modelo autonomista y reivindicativo de las patrias chicas seguido en España ha sido el balcánico y el de la antigua Unión Soviética, y así nos va. Triste destino haber sido la nación más antigua de Europa para acabar liderando el nihilismo disolvente en esta Europa podrida y aburrida que ya no sabe ni lo que es.
La gran excusa de todo el sistema, en nuestro caso particular, ha sido el supuesto amor a Andalucía que los autonomistas dicen tener en exclusividad. Uno se pregunta si Andalucía no existía antes de Blas Infante. Si San Fernando, o Alfonso X, o los Reyes Católicos tuvieron algo que ver con la configuración de nuestra identidad actual. Si la Andalucía soñada por Blas Infante, llena de mezquitas y madrasas, es más apetecible que la que conocemos hoy plagada de cofradías y campanarios, tan despreciados por el ilustre Prócer. Uno se pregunta si amar a Andalucía significa considerar extranjeros a los pacenses, o a los toledanos, o a los zaragozanos. Uno se pregunta si amar a Andalucía significa seguir pagando sueldos millonarios a unos políticos para seguir teniendo los barrios más pobres de Europa y el paro más alto de España.
¡Qué contentos estamos con tener Canal Sur y listas de espera descomunales! ¡Qué satisfechos estamos con no tener ni una sola universidad entre las doscientas más importantes del mundo! Nos consuela saber que somos una “realidad nacional”, como dice el Estatuto… Y qué guay que llegamos a la autonomía por el artículo 151, no como otros pardillos de segunda división que lo hicieron por el 143… ¡Autonomía de primera, oiga!
Llevamos ya más de cuarenta años con el invento y esto está igual que empezó. ¿Abriremos alguna vez los ojos?





